jueves, 18 de junio de 2026

Todos bailamos

Existe una idea muy extendida según la cual la libertad consistiría en no seguir a nadie. El individuo libre sería aquel que no se deja influir, que no admira, que no depende de ninguna tradición, comunidad o autoridad. Pero la experiencia cotidiana desmiente esa imagen. Los seres humanos aprendemos por imitación, vivimos en comunidad, buscamos modelos y organizamos nuestra vida en torno a ideales que consideramos valiosos. Nadie crece completamente solo. Nadie se orienta sin referencias. Todos seguimos alguna música.

La cuestión decisiva no es si seguimos una melodía, sino cuál. Hay músicas que elevan y músicas que degradan; músicas que nos ayudan a desplegar lo mejor de nosotros mismos y músicas que nos dispersan. Y hay también músicas para bailar solos y músicas para bailar acompañados. Algunas nos encierran en nosotros mismos; otras nos permiten encontrarnos con los demás, compartir un horizonte común y construir juntos una vida significativa.

La madurez no consiste en dejar de bailar, sino en aprender a reconocer qué melodías merecen ser seguidas. Al final, nuestras elecciones revelan mucho más sobre nosotros que nuestros discursos. Decimos muchas cosas sobre quiénes somos, pero es aquello que admiramos, aquello que perseguimos y aquello por lo que estamos dispuestos a sacrificarnos lo que muestra realmente al compás de qué música estamos viviendo.

1 comentario:

  1. Estuve pensando mucho en sus textos todos estos días ... necesitaba procesarlos.
    Aun cuando creo en la utilidad de la inclusión, pienso también en las pertenencias que uno elige pasada la primera infancia, que son básicamente por afinidad, me refiero a los amigos. Esta afinidad no equivale necesariamente a la similitud y menos a una caja de resonancia, en todo caso, a la unión por alguna sensibilidad compartida.
    Estas relaciones a diferencia de la familia, se buscan y en última instancia, se opta por construirlas ...uno podría ceder fácilmente a este tipo de relaciones por sobre las “familiares”, y más cuando se piensa en las veces que se ha sospechado o ya se ha resuelto del todo: que uno no sería amigo de algún familiar, por elección propia o ajena.
    Pese a todo ello, en la familia, el vínculo, te permite continuar queriendo pese a la diferencia...y en términos prácticos, te enseña a gestionarla, con mayor o menor fortuna. Lo que encuentro discrepante en mi posición, es que no necesariamente arraigas en ella...
    Leía sobre Margaret Buber Neumann y los cantos de sirena que ofrece alguna pertenencia sobre todo por afinidad, y la tranquilidad que procura la camaradería en relación con la certeza... esa integración que no admite disenso, además… ese “apartarse de lo esperado”, como señala.
    Y sin embargo, para algunos existen relaciones por afinidad que se convierten en vínculos... en familia. La combinación de notas que te estremecieron y arrollaron, por fugaz y efímera que haya sido, incluso agobiante y dolorosa, permanece en la memoria, o lo que queda de ella, pero, sobre todo: te constituye...y de pronto ¡milagro!: aquellas relaciones te dan la vida, te preservan y enrocan, aunque no continúes y arraigues en ella...casi diría una familia como cualquier otra.

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