Hay fracasos que nos amargan y fracasos que nos enseñan. La diferencia no está siempre en lo que ocurre, sino en cómo respondemos a ello.
A veces descubrimos que habíamos juzgado mal la realidad. Otras veces descubrimos que nos habíamos juzgado mal a nosotros mismos. Quizá perseguíamos algo que no era tan valioso como imaginábamos. Quizá simplemente no teníamos las capacidades que creíamos tener. Aunque resulte doloroso, ese descubrimiento puede acercarnos a la verdad.
El problema aparece cuando utilizamos el fracaso para ocultar la realidad en lugar de comprenderla. Cuando despreciamos aquello que no hemos conseguido o construimos una imagen falsa de nosotros mismos para proteger el orgullo. Entonces el fracaso deja de ser un maestro y se convierte en una forma de engaño.
¿El fracaso y la realidad?
ResponderEliminarParecería lógica la relación causal, que, aunque no colocó en el título, expone en el texto, y por supuesto, debería haberla. A ver, es lógico que uno fracase o triunfe frente a una realidad, no hay mucho más que agregar de importancia sobre el fracaso sino todo lo que ya señaló.
Y sin embargo, ¿qué se supone que haces cuando no hay realidad donde enfrentar tu fracaso? ...No, no crea que es una justificación, se admite que uno, yo, que me culpo de tantísimas cosas, puedo mirar de frente al fracaso, pensar de forma obsesiva en un recuento de acontecimientos y martillar en el qué y dónde podría estar el error: sostener y no hacerlo, decir, callar, tener mejores reflejos, dejarlo pasar, ser capaz o ser inútil ... finalmente ser tanto como no ser... pero ese aprendizaje del que se ocupa, no resulta de someter al alma a la permanente sospecha, al azar o la interpretación y percepción de alguien más, incluso de la propia...eso es tramposo y no es verdad.
Y más porque ¿no tiene uno derecho a saber la verdad? ¿Reconocer su fracaso con dignidad suficiente y procurar aprender?
Y aunque no puedo presentar al fracaso como consistencia residual de todo lo que me ha pasado, porque no es verdad y no es justo básicamente, puedo decir con un temor tenue y permanente acerca de mañana, y algo, a la vez, de incredulidad frente a sus efectos... que he caminado entre la niebla, con aquella libertad cimentada en el pasado, para bien o para mal... fracasé, seguro, pero mi error tuvo argumentos, y no lo digo para proteger mi orgullo o legitimar tarde alguna conducta. No voy a decir que hay que valorar el proceso, que la meta es secundaria, no lo es, y no básicamente por quienes has querido y a quienes has perjudicado...Finalmente, la niebla es peligrosa, desdibuja cosas, hechos y sobre todo personas.
Gracias por el comentario. Me parece muy sugerente la imagen de la niebla.
EliminarQuizá añadiría un matiz a lo que escribí. A veces hablamos de "nosotros" y "la realidad" como si fueran dos cosas separadas, pero nosotros también formamos parte de esa realidad. En ocasiones descubrimos que habíamos juzgado mal las circunstancias; otras, que nos habíamos juzgado mal a nosotros mismos. Y muchas veces ambas cosas a la vez.
También creo que tienes razón en algo importante: la niebla no es una ilusión. Forma parte de la realidad. Hay aspectos decisivos de nuestra vida que no controlamos y que nunca llegamos a comprender del todo. El azar, las decisiones de otros, los límites de nuestra propia perspectiva... todo eso existe.
Por eso no siempre es posible extraer una lección clara de un fracaso. A veces no obtenemos una explicación completa. Pero quizá aceptar esa limitación ya sea una forma de acercarnos a la verdad. No disipa la niebla, pero puede ayudarnos a caminar en ella con algo más de paz y algo menos de resentimiento.
Gracias por compartir la reflexión.