¿Eres un cisne o sólo un pato raro?
Hay pocas historias tan conocidas como El patito feo.
Todos creemos saber lo que significa. La hemos escuchado desde niños y solemos interpretarla de la misma manera: quien es rechazado por los demás no debe preocuparse demasiado porque, en realidad, es superior a quienes lo rodean. El patito feo resulta ser un cisne.
La moraleja parece sencilla: si no encajas, quizá seas mejor que los demás.
Pero las cosas no son tan simples.
Y probablemente Hans Christian Andersen tampoco pretendía decir exactamente eso.
La interpretación cómoda
La lectura habitual del cuento funciona casi como una terapia de autoestima.
Si te sientes incomprendido, si los demás no te valoran, si te consideran extraño, puedes consolarte pensando que algún día descubrirán quién eres realmente. Entonces aparecerá tu verdadera naturaleza y todos reconocerán tu valor.
Es una interpretación atractiva porque responde a una experiencia frecuente.
Todos hemos vivido situaciones en las que nos hemos sentido fuera de lugar. Todos hemos tenido la impresión de que quienes nos rodean no comprenden nuestras inquietudes, nuestros intereses o nuestras aspiraciones.
Y, ciertamente, algunas veces ocurre así.
Existen personas que poseen cualidades excepcionales que pasan inadvertidas durante mucho tiempo. Existen individuos que encuentran dificultades para integrarse porque son distintos en algún aspecto relevante. Existen auténticos cisnes entre patos.
Pero la pregunta incómoda permanece.
¿Y si no siempre fuera así?
La posibilidad más difícil
Porque también existe otra posibilidad.
Puede ocurrir que una persona no encaje porque sea inmadura.
O porque sea arrogante.
O porque tenga un carácter difícil.
O porque sus defectos le impidan convivir adecuadamente con los demás.
Y puede ocurrir además que esa persona interprete cualquier crítica como una prueba de su supuesta superioridad.
Es decir: puede existir el pato raro que se cree cisne.
La cuestión es importante porque la interpretación simplista del cuento puede convertirse en una excusa para evitar el examen de uno mismo.
Si toda dificultad con los demás confirma automáticamente que somos especiales, entonces dejamos de preguntarnos si quizá debamos corregir algo en nuestra manera de actuar.
Y eso no ayuda ni al individuo ni a quienes conviven con él.
Andersen conocía bien la exclusión
La historia adquiere mayor profundidad cuando recordamos la vida de Andersen.
Tuvo un origen humilde.
Poseía un aspecto físico peculiar.
Fue una persona insegura durante buena parte de su vida.
Conoció el ridículo, la incomprensión y la sensación de no pertenecer plenamente al mundo que lo rodeaba.
Sabía perfectamente lo que significa sentirse fuera de lugar.
Pero precisamente por eso el cuento resulta más complejo de lo que solemos imaginar.
No parece escrito desde el resentimiento ni desde la simple reivindicación personal.
Más bien plantea una pregunta sobre la identidad.
Una pregunta que sigue siendo actual.
¿Quién soy realmente?
La cuestión central del cuento no consiste simplemente en saber si los demás nos aceptan o nos rechazan.
La pregunta más importante es otra:
¿Quién soy?
Porque el reconocimiento exterior puede equivocarse.
Pero también puede equivocarse la imagen que tenemos de nosotros mismos.
A veces nos infravaloramos.
Otras veces nos sobrevaloramos.
En ambos casos vivimos alejados de la realidad.
El patito feo no descubre su identidad porque decida sentirse mejor consigo mismo. No se transforma mediante un ejercicio de autoestima.
Descubre quién es cuando contempla con claridad lo que realmente es.
Y esa diferencia resulta decisiva.
Entre la soberbia y el desprecio de uno mismo
Nuestra época oscila con frecuencia entre dos extremos.
Por un lado, el desprecio de uno mismo.
Por otro, la exaltación permanente de la autoestima.
Sin embargo, ninguno de los dos caminos parece especialmente fiable.
La alternativa quizá consista en algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: buscar la verdad sobre nosotros mismos.
Aceptar nuestras capacidades.
Reconocer nuestras limitaciones.
Aprender.
Corregir errores.
Desarrollar aquello que merece desarrollarse.
Ni creernos menos de lo que somos.
Ni creernos más.
El valor de la realidad
Tal vez por eso El patito feo sigue siendo un cuento tan poderoso.
No porque nos diga que somos especiales.
Ni porque nos garantice que algún día los demás reconocerán nuestro valor.
Sino porque nos recuerda la importancia de descubrir quiénes somos realmente.
Y esa tarea exige algo más que autoestima.
Exige honestidad.
Exige paciencia.
Exige capacidad para escuchar.
Exige aceptar que, a veces, tendremos razón y otras veces serán los demás quienes la tengan.
Porque la pregunta decisiva no es si somos cisnes o patos.
La pregunta decisiva es si estamos dispuestos a conocer la verdad sobre nosotros mismos.
Y quizá ahí comienza toda vida verdaderamente humana.
Puedes verlo en otro formato en mi canal de YouTube:

Hace poco le comentaba sobre la identidad, sobre su constitución inevitable a partir de nuestra percepción y la percepción de los demás. Y aunque me he quedado atraída y algo atorada en la construcción que hace el otro de uno, y en como a veces es tan difícil escapar de esa mirada que todo el tiempo además necesita reafirmarse … para, finalmente, requerir cual sentencia previa, la verosimilitud de nuestros actos, y en este caso concreto, de nuestras palabras, una identificación sencilla que le permita a ese otro, situarnos.
ResponderEliminarRecuerdo ahora un hecho del trabajo de hace unos años, cuando le daba la razón a una especialista sobre un asunto que ahora no importa, en ese taller que además era público, ella corrió al otro extremo de la discusión, y me colocaba siempre como adversario, yo procuraba en la conversación, acercar posiciones, pero no me lo permitió… no me lo permitieron… y le puedo prometer con total sinceridad que mi afán nunca fue ser polémica o contradictoria, ni menos condescendiente. Quizás ingenuamente, mi actitud en el trabajo en general, fue señalar inconsistencias en las temáticas porque me enseñaron el valor de la autocrítica también de los míos, o los que creía míos… en fin.
Si como K del cuento anterior, admitimos que queremos pertenecer, nos esforzamos en pertenecer, porque consideramos que esa comunidad, sea cual sea, es valiosa…pero no existe tregua, ¿qué se supone que debes hacer? ¿renunciar?, finalmente lo hice, pero fue muy doloroso. Ahora que lo pienso, es muy difícil, y debe haber una explicación biológica, sobre la incertidumbre que ocasiona no identificar y colocar a las personas en un determinado lugar de nuestra estructura mental…por eso, pienso en la verosimilitud como uno de los valores al que aspiramos hoy con más fuerza, no es necesario siquiera ser coherente, y vaya uno a saber que se entiende por tal cosa, si es una sincronía de pensamiento, palabra y acción, pues ya reprobé…y por eso, volviendo al tema, la identidad no es permanente, la identidad es un principio, ni siquiera lo ubicaría como derecho, es un principio de libertad, quizás una de las libertades más importantes que existen… lo mismo con la autoestima, con su exaltación o su carencia, pese a que su permanencia puede ser incluso más necesaria para actuar y más permanente en el tiempo, no es indestructible.
Le puedo asegurar y le debe suceder a muchas personas en igual situación, que me he sentido miserable mucho tiempo, que podría pensar en cosas espantosas, pero al final del día, siempre actuaba lo mejor que podía. Puede uno no saber muy bien quien es, pero puede querer pertenecer, en un mundo como el nuestro es recomendable ubicarte sólo entre iguales, si eres un cisne, ¿debes vivir entre cisnes?, o si eres un pato raro, o simple y sencillamente un pato feo ¿cuál es tu destino?
P.
Gracias por el comentario. Me ha parecido especialmente interesante la relación que estableces entre identidad y pertenencia.
EliminarQuizá una de las cosas más difíciles de aceptar es que no siempre somos nosotros quienes decidimos el lugar que ocupamos en la mente de los demás. A veces intentamos acercar posiciones, explicar mejor lo que pensamos o corregir una impresión equivocada, y sin embargo seguimos ocupando el papel que otros nos han asignado. Supongo que algo de eso le ocurre también a K. en El castillo.
Respecto a la pregunta final, no estoy seguro de que nuestro destino consista en vivir únicamente entre iguales. De hecho, las comunidades humanas más profundas no suelen construirse sobre la semejanza. La familia es quizá el ejemplo más evidente: padres e hijos, hombres y mujeres, generaciones distintas. No pertenecemos porque seamos iguales, sino porque estamos vinculados.
Sin embargo, también es verdad que existen comunidades que se constituyen sobre la afinidad. Compartir determinados intereses, ideas o sensibilidades puede unir mucho, pero también puede hacer más difícil la convivencia con quien se aparta de lo esperado. En esas comunidades, el "pato raro" suele sufrir.
Por eso me parece que la cuestión no es tanto si somos cisnes o patos, ni siquiera si estamos entre cisnes o entre patos. La cuestión es si encontramos lugares donde la diferencia no nos convierta automáticamente en extranjeros.
Necesitamos comunidades de pertenencia que nos arraiguen a la vida, algo parecido a las raíces de una planta. Y esas raíces no siempre crecen entre personas iguales a nosotros. A veces crecen precisamente entre personas muy distintas, pero capaces de reconocerse mutuamente.
No sé si eso responde a tu pregunta. Sospecho que es una de esas preguntas que merece ser habitada más que resuelta. Pero me parece una pregunta importante.
Olvide colocar la interrogante, ¿es recomendable...? Porque entiendo el esfuerzo de la inclusión, pero sobre todo por lo que sé que aporta. Igual me consta que es muy difícil para todos los involucrados, patos y cisnes... Gracias.
ResponderEliminarQuizá depende de lo que entendamos por "vivir entre cisnes". Creo que todos necesitamos encontrar personas con las que compartimos algo importante y que pueden comprender ciertas dimensiones de nuestra experiencia. Pero si reducimos nuestra vida únicamente a los semejantes, corremos el riesgo de empobrecernos.
EliminarLa afinidad ayuda. La pertenencia es más profunda. Y no siempre coinciden.