Kafka y El castillo: el sistema perfecto que no tiene sitio para ti
Hay una escena muy
curiosa en El castillo de Kafka.
El protagonista, K.,
ha llegado a un pueblo porque dice haber sido contratado para trabajar como
agrimensor. Después de muchas dificultades y gestiones consigue hablar con el
alcalde. El alcalde revisa los archivos del castillo y, efectivamente,
encuentra una carta en la que se menciona al agrimensor.
Pero añade algo importante: en realidad no se necesita ningún agrimensor.
Seguramente se trata
de un error administrativo. Pero entonces añade algo aún más inquietante: en el
castillo no se admite la posibilidad de errores. Si hay un problema, no es del
castillo. No es del sistema. Es de K., es del individuo.
Y este es el mundo de
Kafka. Y, en cierto sentido, también el nuestro.
Un mundo que funciona
perfectamente, pero que no tiene sitio para nosotros.
Un hombre llega a un pueblo dominado por un castillo
La historia comienza
de noche. Un hombre llega a un pueblo cubierto de nieve. Sobre el pueblo domina
un castillo.
El hombre se llama K.
Dice que ha sido convocado para trabajar allí como agrimensor. Pero desde el
principio ocurre algo curioso: nadie reconoce su encargo. Nadie valida su
llegada. Nadie lo expulsa, pero tampoco nadie lo acoge.
Desde ese momento todo
el esfuerzo de K. consiste en intentar ser reconocido por el castillo.
El castillo gobierna
la vida del pueblo. Todo depende de él. Los cargos, los nombramientos, las
relaciones… incluso el propio pueblo es, en cierto sentido, el pueblo del
castillo.
Y sin embargo el
castillo es inaccesible. Nadie llega directamente a él.
Entre el castillo y
los habitantes del pueblo hay una red de mediadores: funcionarios, mensajeros,
cartas, notificaciones. Todo parece perfectamente organizado, aunque nadie
entiende exactamente cómo funciona. Cada intento de K. por aclarar su situación
termina igual: explicaciones contradictorias, trámites interminables, errores
que nadie reconoce como errores.
El castillo es
omnipresente, pero siempre inalcanzable.
El problema del reconocimiento
K. no quiere escapar
del sistema ni destruirlo. Al contrario: quiere integrarse. Quiere trabajar,
ser útil, formar parte del pueblo. Quiere tener un lugar dentro de la comunidad
y ser reconocido como agrimensor.
Pero cree que ese
reconocimiento puede conseguirlo por sí mismo: mediante su esfuerzo, su
iniciativa, su capacidad de trabajo.
Y en el mundo del
castillo eso no funciona así.
K. puede trabajar,
puede esforzarse, puede demostrar su competencia. Pero no tiene un encargo. Y
sin encargo no hay reconocimiento.
Puede vivir en el
pueblo, relacionarse con sus habitantes, trabajar… pero no está integrado en la
comunidad. No pertenece al orden que organiza su vida.
Está dentro y, al
mismo tiempo, fuera.
Los habitantes del
pueblo sí pertenecen a la comunidad. No comprenden del todo el funcionamiento
del castillo, pero viven dentro de ese orden. Su pertenencia no nace de su
iniciativa personal, sino de su vínculo con el castillo.
Por eso la situación
de K. es tan extraña: vive en el pueblo, pero no pertenece realmente a él.
La libertad absurda
Hay un momento muy
revelador en la novela.
K. se encuentra en un
lugar donde no puede ser controlado. Por un instante se siente completamente
libre. Pero esa libertad le produce una sensación extraña: una libertad
absurda, casi desesperada.
Es como si estuviera
fuera de todo vínculo, fuera de toda dependencia, como si no perteneciera a
ninguna parte.
Y entonces se entiende
algo importante.
K., que representa al
individuo moderno, no busca libertad. Busca pertenecer.
La pertenencia no se conquista
Kafka murió antes de
terminar la novela. Su amigo y albacea, Max Brod, explicó cómo pensaba
concluirla.
K. nunca conseguiría
llegar al castillo. Al final recibiría una comunicación: podría quedarse en el
pueblo. No sería integrado. Sería simplemente tolerado.
Por eso El castillo
no es sólo una historia sobre la burocracia moderna, aunque también lo sea. Es
una reflexión mucho más profunda sobre el individuo moderno.
El individuo moderno
aspira a la autonomía, a decidir por sí mismo, a construir su vida desde su
propia iniciativa. Pero esa autonomía puede conducir a algo inesperado: la
soledad.
K. intenta abrirse
camino por sí mismo, con su trabajo, su esfuerzo y su iniciativa. Y entonces
descubre algo inquietante: la pertenencia no se conquista.
No es fruto del
esfuerzo.
No se obtiene por
iniciativa individual.
Tiene que venir de
otro lado.
La espera
Quizá por eso Kafka no
terminó la novela. Porque el centro del libro no está en el desenlace, sino en
la espera.
La espera de una
señal.
De una invitación.
De una llamada que
venga desde fuera.
La esperanza de recibir
aquello que K. no puede darse a sí mismo: el reconocimiento, el encargo, el
lugar en la comunidad y en el mundo.
Es esa situación tan
humana en la que uno se pregunta:
¿Hay un lugar para mí?
¿Seré llamado alguna
vez a formar parte de ese orden al que aspiro?
¿O estoy condenado a
vivir siempre en la antesala de algo que nunca se abre?
Quizá por eso El
castillo sigue siendo una de las novelas más inquietantes del siglo XX.
Porque plantea una
sospecha muy profunda: que el mundo puede estar perfectamente organizado… pero
que nuestro lugar en él no depende solo de nosotros.
Si prefieres otro formato, puedes ver el vídeo:

Me gusta más este formato, parece más íntimo y menos convulsivo.
ResponderEliminarSi pasa por aquí, pensaba en la identidad individual, ya no como la autopercepción sino como su construcción a través de la percepción del otro, y cómo irremediablemente te moldea esa mirada...con el malestar que entraña, muchas veces...y puede que uno se resista, comprobando siempre lo agotador que es y sin embargo, no deja de ser parte constitutiva de una identidad ... quizás más que nunca ahora con las redes sociales y una publicidad feroz, tan contradictoria entre sí, que esa identidad se concentra en la mirada del otro.
Si bien la búsqueda de pertenencia, es parte de otra dimensión de la identidad, me preguntó ¿cuándo se habría resignado K a no tener respuesta? cuándo y cuánto tiempo se resigna uno a vivir así...supongo que después de insistir, de suplicar, de rebelarse, de la impotencia absoluta ... como Job, no queda otra cosa.
K era un hombre moderno, todo tendría una explicación y podría rebatirla o simplemente entenderla, aceptar lógicamente una decisión seguramente burocrática, en fin... todo se ajustaría... como lo señalan hoy todavía algunos modernos quienes defienden la nueva "tecnología" ...al margen del mientras tanto... sigo pensando en la existencia de la intencionalidad, del origen, como la absolución y si no, al menos un remanso a la incertidumbre, al absurdo...al mal, aunque devenga en tragedia... lo otro sería sólo encontrar desde el otro lado, como argumento de defensa el acatamiento de lo establecido por el sistema, personas perteneciente a una comunidad eficientes e irreflexivas, que sólo cumplen con su tarea, sea cual sea la que se les haya encomendado.
Si, como lo creo, y ya para no cansarlo, en un sistema como este, todos nos equivocamos, debe existir alguna manera de remediarlo, y lo encuentro en su último párrafo, incluso si el sistema estuviera perfectamente organizado, nuestro lugar en él no depende sólo de nosotros… Su turno.
Muchas gracias por este comentario. Y lo primero, una disculpa: se me había pasado entre otros avisos y lo he leído sólo ahora, una semana después. Lamento el descuido, porque el comentario merece mucha más atención que una lectura apresurada.
EliminarMe ha interesado especialmente que desplaces la cuestión desde la pertenencia hacia la identidad. Sin embargo, sospecho que ambas están más unidas de lo que parece. Una parte importante de nuestra identidad se construye precisamente a través del reconocimiento. No sólo nos preguntamos quiénes somos; también necesitamos descubrir para quién somos alguien. Quizá por eso K. no busca simplemente una función administrativa. Busca un lugar, una palabra de acogida, una pertenencia que confirme su identidad.
También me ha llamado la atención tu referencia a Job. Yo no diría que Job termina resignándose. Más bien hace algo mucho más audaz. Cuando todo se derrumba, pronuncia aquella frase extraordinaria: “Cum Deo disputare cupio”. Quiero discutir con Dios. No abandona la búsqueda de sentido; la lleva hasta el extremo. Sigue creyendo que la realidad debe ser inteligible, aunque ya no consiga comprenderla.
Y eso me lleva a Tolkien. A veces pensamos nuestra vida como si cada uno fuera un verso suelto que debe inventarse a sí mismo. Tolkien sugiere algo distinto: que somos parte de un poema más grande. No conocemos todos sus versos ni vemos la obra completa, pero intuimos que existe una música que los sostiene. Quizá por eso la esperanza no consiste en controlar el sentido, sino en confiar en que existe.
Por eso me parece especialmente acertada tu observación final. Incluso si el sistema estuviera perfectamente organizado, nuestro lugar en él no depende sólo de nosotros. Añadiría: tampoco depende sólo del sistema. Y tal vez ahí se abra precisamente la posibilidad de la esperanza.
Gracias por la lectura y por la reflexión.
Gracias a usted
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