Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas
Midas no pidió ser el
hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una
montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se
convirtiera en oro.
¿Por qué tocar?
Tocar es una de las
formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad.
Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera
dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos
ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.
La piel señala
precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta
curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas.
Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también
heridos.
El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.


