A veces necesitamos estar solos. Que nadie nos llame, que nadie nos pida nada, que durante un rato desaparezcan las obligaciones, las expectativas, el ruido de los demás. Cerramos la puerta y sentimos cierto alivio: por fin nadie ocupa nuestro tiempo ni nuestro espacio. Por fin somos libres.
Pero hay una pequeña dificultad: cuando conseguimos que todos se aparten, nosotros seguimos ahí. Podemos silenciar el teléfono, alejarnos de la gente e incluso marcharnos al desierto y descubrir que hemos llevado con nosotros nuestros deseos, preocupaciones, recuerdos, resentimientos y fantasías. El silencio exterior no garantiza el silencio interior. Hay soledades que están llenas hasta arriba de uno mismo.
Quizá por eso haya dos maneras muy distintas de buscar la soledad. Una consiste en retirar el mundo para hacer sitio al yo: quiero que me dejen en paz, disponer de mi tiempo, hacer lo que quiera. La otra comienza precisamente cuando sospechamos que también nosotros podemos estar ocupando demasiado espacio. Entonces el silencio ya no sirve para escucharnos mejor a nosotros mismos, sino para hacer posible que escuchemos algo que normalmente nuestra propia voz no nos deja oír.
Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si estamos solos o acompañados, sino qué hacemos con la soledad cuando llega. Podemos llenarla de nosotros mismos o dejarla abierta: a los demás, al mundo, a una pregunta, a una presencia, al misterio. Quizá una soledad empiece diciendo «déjame en paz» y otra, mucho más difícil, diciendo «quiero escuchar».
He intentado pensar sobre estas dos formas de soledad —con Diógenes, los ermitaños del desierto, Siddhartha y san Jerónimo como compañeros de camino— en el último vídeo de Tinta y Caos:
https://youtu.be/Kt00UK1wzyw