El sentido común: lo que mantiene unido el mundo
Decimos con
frecuencia: “eso es de sentido común”. Lo decimos como si el sentido
común fuese algo evidente, estable, casi incuestionable. Sin embargo, basta
mirar un poco hacia atrás para descubrir algo curioso: el sentido común cambia.
Lo que parecía
evidente hace cincuenta años hoy puede resultarnos extraño. Y lo que hoy nos
parece indiscutible quizá dentro de unas décadas ya no lo sea. Entonces surge
la pregunta: ¿qué es exactamente el sentido común?
¿Es lo que piensa la mayoría?
¿Es una especie de
hábito colectivo?
¿O se trata de algo
más profundo?
El sentido común según Aristóteles
Para aclarar la
cuestión conviene retroceder hasta Grecia. Aristóteles utiliza la expresión koiné
aisthesis, que solemos traducir como “sentido común”. Pero en el filósofo
griego esta idea no se refiere todavía a opiniones o comportamientos humanos.
Tiene que ver con la percepción.
Nuestros sentidos
captan datos distintos de la realidad: el color lo percibimos con la vista, el
sonido con el oído, el movimiento con otros sentidos. Pero en nuestra
experiencia cotidiana esos datos no aparecen aislados. Hay algo que los
integra.
Gracias a esa
integración podemos decir: esto es un perro.
El sentido común, en
este primer nivel, es precisamente esa capacidad de unificar los datos
dispersos de la experiencia.
Los datos por sí solos
son fragmentos. El sentido común construye con ellos un mundo coherente.
El saber que sostiene el juicio
Pero hay un elemento
más.
Para poder integrar
esos datos necesitamos un saber previo. Si vemos un animal desconocido
quizá podamos describir su tamaño o su color, pero no sabremos qué es
exactamente.
El sentido común se
apoya en la experiencia acumulada.
Por eso ocurre algo
muy interesante: quien sabe más ve más.
Donde unos ven
simplemente un perro, otros ven un perro amistoso o un perro peligroso. Los datos
son los mismos. Lo que cambia es la comprensión que los integra.
El sentido común, por
tanto, no es sólo una facultad psicológica. Es también una sabiduría
heredada, una sedimentación de experiencia que recibimos de quienes nos
precedieron.
Aprendemos a movernos
en el mundo porque alguien nos ha enseñado antes cómo hacerlo.
El sentido común cambia con el tiempo
Esa sabiduría
compartida no es idéntica en todas las épocas.
Pensemos en Telémaco,
el hijo de Ulises. Para un joven griego de la Antigüedad, formarse significaba
prepararse para combatir, gobernar y hablar en la asamblea. Ese era el modo
razonable de convertirse en adulto.
Hoy aconsejamos algo
distinto a nuestros hijos: estudiar, formarse, encontrar un trabajo, situarse
en la vida.
En ambos casos hablamos
de sentido común. Pero es evidente que el contenido del sentido común ha
cambiado.
El sentido común
evoluciona lentamente, al ritmo de la experiencia histórica de las comunidades
humanas.
Cuando el sentido común se queda corto
Sin embargo, la modernidad
introduce una dificultad nueva.
El sentido común
actual suele decirnos que una vida lograda consiste en estudiar, trabajar,
integrarse en la sociedad y cumplir nuestras responsabilidades.
Pero la literatura a
veces revela que esa integración puede ser insuficiente.
Kafka lo muestra de
manera magistral en La metamorfosis. Gregor Samsa ha hecho todo lo que
se espera de él: trabaja, sostiene a su familia, cumple con su deber. Y, sin
embargo, un día despierta convertido en un insecto.
La imagen es brutal,
pero apunta a algo inquietante.
Quizá una vida
puramente funcional —trabajar, producir, sostener el sistema— no basta para ser
plenamente humano. Quizá el sentido común de nuestra época ha reducido la vida
a un mecanismo eficiente, pero incompleto.
La batalla por el sentido común
Hay todavía un
problema mayor.
Durante siglos el
sentido común cambió de forma orgánica, lentamente, a través de la experiencia
colectiva. Pero en el mundo moderno se ha descubierto que ese marco puede ser
diseñado.
Antonio Gramsci habló
de la hegemonía cultural: el lugar donde se decide qué es lo que la sociedad
considera razonable.
George Orwell imaginó
en 1984 un mundo donde incluso las evidencias más básicas podían ser
alteradas. Allí el poder podía obligar a aceptar que 2 + 2 son 5.
No porque los datos
hayan cambiado, sino porque el marco desde el que los interpretamos ha sido
manipulado.
En ese momento el
sentido común deja de brotar de la experiencia compartida y pasa a ser administrado, manipulado.
Y cuando eso ocurre el
mundo empieza a fragmentarse.
Recuperar el contacto con la realidad
¿Hay salida?
Quizá la tarea no sea
inventar un nuevo sistema de ideas. Quizá sea algo más sencillo y más exigente:
volver a la realidad.
Volver a escuchar a
quienes saben de aquello sobre lo que hablan. Distinguir entre quien tiene
experiencia y quien sólo repite consignas.
Si el sentido común es
lo que mantiene unido el mundo, entonces nuestra tarea consiste en reconstruir
esa unidad a partir de la experiencia real.
Porque cuando esa
unidad se pierde, el mundo no desaparece. Siguen existiendo palabras,
opiniones, discursos.
Pero ya no hay mundo
compartido.
Ya no hay sentido.
🎥 Este artículo desarrolla las ideas del
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