Se repite a veces que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Hay algo verdadero en la frase: no elegimos muchas de las cosas que nos ocurren, pero sí podemos aprender a afrontarlas de maneras diferentes. Sin embargo, basta pensar en alguien a quien queremos para descubrir que la fórmula necesita algún matiz. Si a un hijo le va mal, sufrimos. No porque hayamos decidido equivocadamente nuestra actitud ante el dolor, sino porque su vida nos importa. Podríamos protegernos, ciertamente: tomar distancia, no implicarnos demasiado, procurar que lo que le ocurra no nos afecte. Quizá sufriríamos menos.
Pero pagaríamos un precio. Porque no solo nos hace vulnerables el dolor; también el amor. Querer a alguien significa aceptar que lo que le ocurra puede alegrarnos o herirnos, precisamente porque hemos decidido que su vida forme parte de la nuestra. La cuestión quizá no sea conseguir una existencia en la que nada pueda hacernos sufrir, sino aprender qué hacer con el sufrimiento cuando llega. Hay dolores que pueden evitarse cerrando puertas. El problema es que, a veces, al otro lado de esas mismas puertas estaba también el amor.


