La historia del flautista de Hamelín contiene una intuición profundamente inquietante: quienes pagan las consecuencias últimas de la degradación moral de una sociedad no son siempre quienes la provocaron. Los adultos rompen el pacto, traicionan la palabra dada y actúan movidos por la codicia; pero quienes desaparecen son los niños. El cuento parece recordarnos así que nadie vive aislado y que las decisiones morales nunca afectan sólo a quien las toma. Heredamos mucho más que bienes o deudas económicas: heredamos también un clima moral, una determinada relación con la verdad, el deseo, la responsabilidad o la confianza.
Quizá por eso las crisis culturales más graves tardan generaciones en mostrar plenamente sus efectos. Los hijos respiran el aire espiritual creado por sus mayores. Crecen dentro de una atmósfera hecha de ejemplos, silencios, renuncias y fidelidades. Y cuando una sociedad pierde firmeza interior, cuando deja de distinguir entre lo valioso y lo simplemente atractivo, el problema ya no afecta sólo al presente: queda comprometido también el futuro. Por eso en Hamelín desaparecen precisamente los niños. Desaparece aquello que garantizaba la continuidad de la ciudad.
