domingo, 17 de mayo de 2026

¿Discutir con Dios?

 




¿Discutir con Dios?

 

 

 

Nos vinculamos afectivamente a muchas cosas: a un equipo, a una tradición política, a una sensibilidad cultural, a una religión. Ahí hay implicación, pertenencia, identidad.

No todo lo que sostenemos pertenece al mismo plano. Hay afirmaciones que formulamos como verdaderas y sometemos a examen; y hay creencias, convicciones que nos sostienen y a las que estamos vinculados afectivamente.

Una opinión, en sentido estricto, es una afirmación con pretensión de verdad. No es un capricho ni una ocurrencia: aspira a acertar. Precisamente por eso puede ser verdadera o falsa. Puedo opinar que hubo vida en Marte o que el PIB de un país duplica al de otro. Tal vez acierte. Pero si se demuestra lo contrario, no puedo seguir manteniendo mi opinión como si nada. La opinión pertenece al ámbito de lo discutible: se ofrece a las razones y acepta su veredicto.

Las conclusiones, cuando están bien fundadas, son el resultado de ese examen. Se sostienen por las razones que las apoyan.

La creencia es distinta. También quien cree aspira a la verdad. Pero la creencia no se ofrece primariamente al examen; se vive antes de examinarse. No se percibe como una hipótesis revisable, sino como una certeza incorporada. Está ligada a la voluntad, a la identidad, al sentimiento de pertenencia. Por eso, cuando se la cuestiona, no se experimenta simplemente la posibilidad de estar equivocado, sino una amenaza. El otro no es alguien que argumenta; es alguien equivocado —o incluso malintencionado.

Aquí aparece un desplazamiento decisivo.

Mientras una afirmación permanece en el plano de la opinión, puede ser verdadera o falsa. Puede discutirse. Pero cuando, tras una refutación, alguien responde “esa es tu opinión”, retira la cuestión del terreno racional. Lo que se presentaba como idea susceptible de verdad o falsedad se repliega ahora como identidad. Ya no se trata de examinar razones, sino de defender una pertenencia.

En ese momento la discusión se ha terminado. No porque se haya alcanzado la verdad, sino porque se ha abandonado el plano donde la verdad puede buscarse.

Cuando discutimos, entramos en el ámbito del logos. Y en ese ámbito no cuentan las pertenencias ni las intensidades afectivas, sino las razones. Allí las afirmaciones no son “mías” o “tuyas”; son verdaderas o falsas.

Si lo que yo he presentado son razones, y tú las reduces a “mi opinión”, estás haciendo una de dos cosas: o bien reconoces que la cuestión es meramente opinable —y entonces tu propia posición queda también reducida a opinión—, o bien pretendes mantener la tuya como verdadera mientras desactivas la pretensión de verdad de la mía. En ese caso, ya no discutimos; simplemente afirmamos.

Y si todo son opiniones, también lo es la afirmación “todo son opiniones”. La verdad queda disuelta. No hay ya nada que cribar, nada que examinar, nada que demostrar. Solo quedan posiciones: se ha convertido, de facto, la opinión en una creencia, en una expresión no racional de pertenencia… a un grupo identitario, que es lo que siempre fue una tribu.

Los griegos advirtieron muy pronto el problema. Observaron que cada ciudad consideraba justas sus propias costumbres y ridículas o perversas las ajenas. Si todo depende del lugar, del grupo o de la perspectiva, no hay discusión posible. Cada cual defenderá lo suyo porque es suyo. Y cuando el conflicto se intensifica, el otro deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo.

Pero Grecia no se detuvo ahí.

La genialidad griega consistió en afirmar que existe el logos. Que la razón no es propiedad de una facción. Que no depende de la pertenencia. Que es común.

Sócrates muere porque cree que la verdad no se decide por mayoría ni por adhesión afectiva. Cree que el diálogo es posible porque existe algo que no depende de “lo mío” y “lo tuyo”.

La cultura occidental nace de esa convicción.

Esa convicción se tradujo en una disciplina intelectual concreta. La Edad Media la sistematizó en el método de la lectio y la disputatio. Antes de responder a una posición, había que exponerla con precisión, presentar sus argumentos con claridad y sólo después examinarlos críticamente. No se refutaba una caricatura, sino una tesis formulada en sus propios términos.

Caricaturizar no es refutar. Es expulsar al otro del logos. Y al hacerlo, me expulso yo también.

Por eso adquiere tanta fuerza el gesto de Job, que osa situarse en el mismo plano racional frente al poder absoluto. Se recordará que Job es un hombre bueno, justo. Pero pierde todo: sus bienes, su familia, su salud. Se burlan de él sus enemigos. Sus amigos le espetan que, si sufre, es porque algo habrá hecho.

Entonces pronuncia aquella frase extraordinaria: Cum Deo disputare cupio. “Quiero discutir con Dios” (Job 13, 3).

Cree que no merece lo que le ocurre. Como justo podría haber considerado su situación como algo “querido por Dios”.

Pero Job pretende disputar con Dios. Job no enfrenta su creencia a la de Dios. Ni contrapone opinión a opinión. Da un paso distinto: se sitúa en el terreno de la razón. Quiere discutir. Quiere que lo que sucede sea inteligible. Quiere que su caso sea examinado.

En ese gesto hay una convicción decisiva: que la verdad no depende del poder. Que ante la razón no cuentan los rangos, sino los argumentos. Que lo que está en juego no es quién habla, sino si lo que se dice es justo.

Job no abandona el plano racional cuando todo se derrumba. No se repliega en la pertenencia herida. Permanece en el ámbito donde las razones pueden ser expuestas y examinadas.

Y precisamente por eso su frase no es insolencia, sino confianza: en que la razón no es patrimonio de una parte, en que el diálogo es posible porque existe algo común.

La disputatio medieval presupone exactamente esto: que la verdad existe y que el interlocutor participa del mismo logos que yo. Sin esa presuposición, no hay discusión; hay agregación.

La alternativa es exigente pero clara.

Primero: existe la verdad.

Segundo: la razón humana participa de ella.

Y precisamente por eso discutir exige comprender. Comprender no significa aceptar sin más; significa reconstruir la posición del otro en su mejor versión posible, detectar sus puntos débiles donde realmente están y argumentar sobre ellos.

Eso es lo que hace la razón: no caricaturiza, analiza.

Quizá la pregunta decisiva ya no sea si es legítimo discutir con Dios, sino otra:

¿somos todavía capaces de discutir —con razones— entre nosotros?


Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XIV (II Etapa), nº 97 (Abril 2026), ISSN 2387-1601, pp. 48-49:


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sábado, 16 de mayo de 2026

Más libertad… y menos criterio: el problema silencioso de nuestra época

 




Más libertad… y menos criterio: el problema silencioso de nuestra época

Vivimos en una época extraña.

Nunca habíamos tenido tanta información, tantas opiniones disponibles y tanta capacidad individual para decidir sobre la propia vida. Y, sin embargo, muchas personas tienen una sensación creciente de desorientación.

No saben exactamente en qué creer.
No saben cómo orientar su vida.
Y muchas veces ni siquiera saben ya desde qué criterios deberían pensar las grandes preguntas humanas.

De eso hablamos en el último Encuentro de Tinta y Caos con Joaquín Jareño, profesor de filosofía y especialista en Wittgenstein.

La conversación giró alrededor de cuestiones aparentemente abstractas —la verdad, la felicidad, el relativismo, la dignidad humana o el sentido de la vida—, pero que en realidad aparecen continuamente en la vida cotidiana.

Porque detrás de muchas decisiones aparentemente prácticas hay siempre una determinada idea del ser humano.

jueves, 14 de mayo de 2026

¿Se lee igual en Kindle que en papel?

El Kindle y los ebooks tienen ventajas evidentes. Permiten llevar una biblioteca entera encima, acceder a libros difíciles de encontrar y leer con enorme comodidad. Y eso no es poca cosa.

Sin embargo, sospecho que existe una diferencia importante entre leer un libro y simplemente visualizar texto.

El libro físico no sólo contiene palabras: también nos sitúa corporalmente dentro de la lectura. Sabemos intuitivamente dónde estamos, cuánto hemos avanzado, cuánto queda. Recordamos que una idea aparecía “hacia la mitad”, que cierta escena estaba “casi al final”. Incluso el peso del libro cambia mientras avanzamos.

Todo eso construye una relación espacial y temporal con la obra.

En el Kindle, en cambio, el texto aparece más homogéneo, más abstracto, más desligado de un lugar concreto dentro del libro. Y quizá por eso ocurre algo curioso: volvemos a la lectura y descubrimos que faltaban apenas dos párrafos para terminar el capítulo sin que lo hubiéramos percibido.

No es una crítica al ebook. Yo mismo reconozco que hay libros imposibles de conseguir en papel y que el acceso digital resulta extraordinario. Pero sospecho que la experiencia de lectura profunda no es exactamente la misma.

Tal vez ocurre con los libros algo parecido a lo que sucede con los lugares: no es igual habitar un espacio real que desplazarse por una representación funcional del mismo.

Y quizá por eso, en una época de aceleración y dispersión, el libro físico sigue ayudándonos a entrar en esa disposición extraña y cada vez más rara que exige la buena lectura: atención, lentitud y permanencia.

La IA y la soledad

En El Principito hay una frase que siempre me ha parecido terrible:

«Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente».

No dice que el aviador estuviera aislado. Ni que no conociera gente. Ni siquiera que le fuera mal en la vida. De hecho, tiene una profesión prestigiosa, viaja, se mueve por el mundo.

Y, sin embargo, está solo.

Porque una cosa es hablar. Y otra muy distinta hablar verdaderamente.

Pienso a veces que el problema de la inteligencia artificial se parece bastante a esto.

La IA puede ayudarnos muchísimo. Puede resumir textos, corregir errores, ordenar información, sugerir ideas o incluso mantener conversaciones sorprendentemente fluidas. Y probablemente todo eso seguirá creciendo.

Pero hay una cuestión más honda.

Ahí no hay nadie.

Y esto no convierte automáticamente a la IA en algo malo. Un libro tampoco es una persona. Ni un martillo. Ni un telescopio. La cuestión decisiva no es sólo qué puede hacer una herramienta, sino qué tipo de vida organiza quien la utiliza.

Si uno utiliza la IA para comprender mejor la realidad, aprender, pensar, escribir o construir una vida más rica y más humana, probablemente eso mismo le ayude también a encontrarse de verdad con otros.

Pero si el horizonte de la vida queda reducido a lo puramente práctico —eficacia, entretenimiento, comodidad, producción inmediata— entonces la máquina acabará ocupando cada vez más espacio. Porque precisamente ahí es donde funciona mejor que nosotros.

Y quizá entonces aparezca una paradoja inquietante: rodeados de conversaciones, respuestas, estímulos y palabras… pero “sin nadie con quien hablar verdaderamente”.

Por eso sospecho que el problema decisivo no será técnico sino humano.

Antes incluso de decidir qué lugar ocupa la inteligencia artificial, tendremos que decidir qué vida queremos vivir.

martes, 12 de mayo de 2026

La técnica progresa; el hombre, no necesariamente

Un estudiante medio de física del siglo XXI sabe muchas más cosas sobre física que Newton. Aprende directamente resultados, fórmulas, leyes y demostraciones elaboradas durante siglos. Empieza desde ahí, a hombros de gigantes.

Nadie tiene que volver a descubrir el teorema de Pitágoras.

Pero la comprensión de la vida humana funciona de otro modo.

Nadie supera automáticamente a Homero, Shakespeare o Dostoievski simplemente por vivir después. Porque los grandes asuntos humanos siguen siendo los mismos: el amor, la amistad, la ambición, el miedo, la soledad, la muerte, el sentido de la vida, la esperanza, el fracaso, la dignidad.

La técnica progresa; el hombre, no necesariamente.

Por eso seguimos necesitando hablar de la vida.

Y quizá por eso seguimos leyendo novelas escritas hace siglos. No acudimos a ellas porque desconozcamos datos modernos, sino porque seguimos intentando comprender qué significa ser humano.

En El principito se dice que “los mayores adoran las cifras”. Pero añade algo todavía más importante: “los que comprendemos la vida nos burlamos de los números”.

Las cifras son importantes. Naturalmente. Son necesarias.

Aristóteles decía que todas las ciencias son más necesarias que la filosofía; mejor, ninguna.

Porque hay saberes imprescindibles para construir puentes, curar enfermedades o enviar naves al espacio. Pero hay otros saberes que no sirven para fabricar cosas, sino para comprender qué merece la pena hacer con nuestra vida.

Y ahí siguen esperándonos Homero, Shakespeare, Cervantes o Dostoievski.

lunes, 11 de mayo de 2026

La nostalgia y el regreso

Hoy entendemos la nostalgia como una especie de melancolía dirigida hacia el pasado. Echamos de menos una época, una persona, una situación que ya no está. Y eso es cierto. Pero quizá no sea exactamente el sentido originario de la palabra.

“Nostalgia” viene de dos términos griegos: nostos y algia. Algia significa dolor. Nostos, regreso. Más exactamente: regreso al hogar.

La nostalgia sería entonces el dolor del regreso.

Y esto cambia bastante las cosas.

Porque en Homero —que es donde el asunto adquiere una dimensión decisiva— la cuestión no consiste simplemente en recordar tiempos mejores. Ulises no vive atrapado en una especie de sentimentalismo retrospectivo. La Odisea no es la historia de alguien que añora el pasado, sino la de alguien que intenta volver a casa sin perderse por el camino.

Volver a Ítaca.

Regresar al hogar, a los suyos, a sí mismo.

Por eso quizá la nostalgia puede adoptar dos formas muy distintas.

Puede convertirse en refugio paralizante. Hay personas que viven instaladas en el recuerdo, comparando continuamente el presente con un pasado idealizado. Y entonces la nostalgia deja de orientar la vida para sustituirla. Uno deja de caminar y empieza simplemente a habitar el recuerdo.

Pero existe también otra posibilidad.

viernes, 8 de mayo de 2026

La trampa que parece salvarte: Hansel y Gretel explicado

 




La trampa que parece salvarte: Hansel y Gretel explicado

 

 

Cuando un mundo se derrumba, nuestras primeras salidas suelen ser migas de pan en un bosque lleno de trampas.

1. Cuando la vida se quiebra

No basta querer a los hijos, hay que sostenerlos.

Imagina que de la noche a la mañana todo lo que daba sentido a tu vida desaparece: el trabajo, el hogar, la identidad. Te quedas sin rumbo y sin referencia, como Hansel y Gretel cuando su padre y su madrastra deciden abandonarlos en el bosque porque ya no pueden alimentarlos. No actúan por maldad sino porque, en esa crisis, los niños se han convertido en una carga insoportable. Es una imagen brutal, pero realista: hay momentos en los que el mundo que debía protegerte se rompe, y el amor ya no basta para sostenerlo.