Hay algo indudablemente cierto en la idea de que toda historia lleva el tinte de quien la cuenta. Narrar es ya mirar, seleccionar, ordenar. Dos personas pueden atravesar acontecimientos semejantes y contar historias muy distintas. Pero de ahí no se sigue que la vida pueda decirse a sí misma. Nos pasan cosas, muchas cosas, y podemos llegar al final sin haber comprendido qué significaban, qué tenían que ver unas con otras ni hacia dónde nos estaban llevando.
Quizá por eso contamos historias desde hace miles de años. No solo para conservar el recuerdo de lo ocurrido, sino para intentar comprenderlo. Y quizá por eso también la imagen de la vida como viaje necesita algo más que movimiento: necesita origen y destino. Volver a uno mismo podría ser una buena manera de nombrar ese destino, siempre que recordemos que, al regresar, no encontraremos a un individuo solitario. Encontraremos también a quienes nos dieron un nombre, nos cuidaron y nos abrazaron antes de que pudiéramos emprender ningún viaje. Porque uno puede estar solo en una habitación; lo que resulta más difícil es imaginar un hogar de uno solo.

