Es curioso lo fácilmente que reconocemos los errores ajenos y lo difícil que nos resulta descubrir los propios. Cuando alguien nos advierte de que estamos equivocados, nuestra primera reacción no suele ser preguntarnos si tiene razón, sino defendernos. A veces ni siquiera escuchamos lo que nos dice: nos basta con saber que contradice lo que pensamos.
Los niños tienen una
ventaja sobre nosotros. Como todavía no conocen bien el mundo, preguntan por
qué las cosas son como son. Nosotros, en cambio, hemos aprendido tantas
respuestas que a menudo hemos dejado de hacernos las preguntas. Confundimos lo
acostumbrado con lo razonable y lo que todos creen con lo que es verdad.
Por eso puede resultar
tan incómoda la mirada de quien viene de fuera. El extranjero, o simplemente
alguien que piensa de otra manera, nos obliga a contemplar como extraño lo que
siempre nos había parecido natural.
Y ahí aparece una
dificultad mayor. No basta con descubrir que estábamos equivocados: tenemos que
aceptar que alguien ha visto algo que nosotros no supimos ver. Y eso puede
resultar especialmente doloroso cuando ese alguien es una persona a la que
consideramos menos preparada que nosotros.

