¿Discutir con Dios?
Nos vinculamos
afectivamente a muchas cosas: a un equipo, a una tradición política, a una
sensibilidad cultural, a una religión. Ahí hay implicación, pertenencia,
identidad.
No todo lo que sostenemos pertenece al mismo plano. Hay afirmaciones
que formulamos como verdaderas y sometemos a examen; y hay creencias,
convicciones que nos sostienen y a las que estamos vinculados afectivamente.
Una opinión, en sentido estricto, es una afirmación con
pretensión de verdad. No es un capricho ni una ocurrencia: aspira a acertar.
Precisamente por eso puede ser verdadera o falsa. Puedo opinar que hubo vida en
Marte o que el PIB de un país duplica al de otro. Tal vez acierte. Pero si se
demuestra lo contrario, no puedo seguir manteniendo mi opinión como si nada. La
opinión pertenece al ámbito de lo discutible: se ofrece a las razones y acepta
su veredicto.
Las conclusiones, cuando están bien fundadas, son el
resultado de ese examen. Se sostienen por las razones que las apoyan.
La creencia es distinta. También quien cree aspira a la
verdad. Pero la creencia no se ofrece primariamente al examen; se vive antes de
examinarse. No se percibe como una hipótesis revisable, sino como una certeza
incorporada. Está ligada a la voluntad, a la identidad, al sentimiento de
pertenencia. Por eso, cuando se la cuestiona, no se experimenta simplemente la
posibilidad de estar equivocado, sino una amenaza. El otro no es alguien que
argumenta; es alguien equivocado —o incluso malintencionado.
Aquí aparece un desplazamiento decisivo.
Mientras una afirmación permanece en el plano de la opinión,
puede ser verdadera o falsa. Puede discutirse. Pero cuando, tras una
refutación, alguien responde “esa es tu opinión”, retira la cuestión del
terreno racional. Lo que se presentaba como idea susceptible de verdad o
falsedad se repliega ahora como identidad. Ya no se trata de examinar razones,
sino de defender una pertenencia.
En ese momento la discusión se ha terminado. No porque se
haya alcanzado la verdad, sino porque se ha abandonado el plano donde la verdad
puede buscarse.
Cuando discutimos,
entramos en el ámbito del logos. Y en ese ámbito no cuentan las pertenencias ni
las intensidades afectivas, sino las razones. Allí las afirmaciones no son
“mías” o “tuyas”; son verdaderas o falsas.
Si lo que yo he
presentado son razones, y tú las reduces a “mi opinión”, estás haciendo una de
dos cosas: o bien reconoces que la cuestión es meramente opinable —y entonces
tu propia posición queda también reducida a opinión—, o bien pretendes mantener
la tuya como verdadera mientras desactivas la pretensión de verdad de la mía.
En ese caso, ya no discutimos; simplemente afirmamos.
Y si todo son
opiniones, también lo es la afirmación “todo son opiniones”. La verdad queda
disuelta. No hay ya nada que cribar, nada que examinar, nada que demostrar.
Solo quedan posiciones: se ha convertido, de facto, la opinión en una creencia,
en una expresión no racional de pertenencia… a un grupo identitario, que es lo
que siempre fue una tribu.
Los griegos
advirtieron muy pronto el problema. Observaron que cada ciudad consideraba
justas sus propias costumbres y ridículas o perversas las ajenas. Si todo
depende del lugar, del grupo o de la perspectiva, no hay discusión posible.
Cada cual defenderá lo suyo porque es suyo. Y cuando el conflicto se
intensifica, el otro deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo.
Pero Grecia no se
detuvo ahí.
La genialidad griega
consistió en afirmar que existe el logos. Que la razón no es propiedad de una
facción. Que no depende de la pertenencia. Que es común.
Sócrates muere porque
cree que la verdad no se decide por mayoría ni por adhesión afectiva. Cree que
el diálogo es posible porque existe algo que no depende de “lo mío” y “lo
tuyo”.
La cultura occidental
nace de esa convicción.
Esa convicción se tradujo en una disciplina intelectual
concreta. La Edad Media la sistematizó en el método de la lectio
y la disputatio. Antes de responder a una posición, había
que exponerla con precisión, presentar sus argumentos con claridad y sólo después
examinarlos críticamente. No se refutaba una caricatura, sino una tesis
formulada en sus propios términos.
Caricaturizar no es
refutar. Es expulsar al otro del logos. Y al hacerlo, me expulso yo también.
Por eso adquiere tanta
fuerza el gesto de Job, que osa situarse en el mismo plano racional frente al
poder absoluto. Se recordará que Job es un hombre bueno, justo. Pero pierde
todo: sus bienes, su familia, su salud. Se burlan de él sus enemigos. Sus
amigos le espetan que, si sufre, es porque algo habrá hecho.
Entonces pronuncia
aquella frase extraordinaria: Cum Deo disputare cupio.
“Quiero discutir con Dios” (Job 13, 3).
Cree que no merece lo que le ocurre. Como justo podría
haber considerado su situación como algo “querido por Dios”.
Pero Job pretende disputar con Dios. Job no enfrenta su creencia a la de Dios. Ni
contrapone opinión a opinión. Da un paso distinto: se sitúa en el terreno de la
razón. Quiere discutir. Quiere que lo que sucede sea inteligible. Quiere que su
caso sea examinado.
En ese gesto hay una convicción decisiva: que la verdad no
depende del poder. Que ante la razón no cuentan los rangos, sino los
argumentos. Que lo que está en juego no es quién habla, sino si lo que se dice
es justo.
Job no abandona el
plano racional cuando todo se derrumba. No se repliega en la pertenencia
herida. Permanece en el ámbito donde las razones pueden ser expuestas y
examinadas.
Y precisamente por eso su frase no es insolencia, sino
confianza: en que la razón no es patrimonio de una parte, en que el diálogo es
posible porque existe algo común.
La disputatio medieval presupone
exactamente esto: que la verdad existe y que el interlocutor participa del
mismo logos que yo. Sin esa presuposición, no hay discusión; hay agregación.
La alternativa es
exigente pero clara.
Primero: existe la
verdad.
Segundo: la razón
humana participa de ella.
Y precisamente por eso
discutir exige comprender. Comprender no significa aceptar sin más; significa
reconstruir la posición del otro en su mejor versión posible, detectar sus
puntos débiles donde realmente están y argumentar sobre ellos.
Eso es lo que hace la
razón: no caricaturiza, analiza.
Quizá la pregunta
decisiva ya no sea si es legítimo discutir con Dios, sino otra:
¿somos todavía capaces de discutir —con razones— entre nosotros?
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XIV (II Etapa), nº 97 (Abril 2026), ISSN 2387-1601, pp. 48-49:
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