El Principito: el error que destruye el amor
No hace falta
perder a alguien para que todo se rompa.
Basta con dejar
de verlo como único.
Blog de Manolo Ballester. Literatura para todos los bolsillos intelectuales
No hace falta
perder a alguien para que todo se rompa.
Basta con dejar
de verlo como único.
Hay una forma de mentira que no necesita engañar a nadie.
Basta con que nos convenza a nosotros mismos. Y eso es lo inquietante, porque
aquí no hay nadie más a quien convencer.
Y sin embargo, el engaño ocurre.
Pocas historias lo muestran con tanta claridad como una fábula bien conocida: La zorra y las uvas.
Hay situaciones
curiosas que todos hemos experimentado alguna vez. Algo ocurre delante de
nosotros, todos lo vemos, es evidente… y sin embargo nadie dice nada. No porque
sea complicado, sino porque nadie quiere ser el primero en señalarlo.
Los ingleses tienen una expresión muy gráfica para describir esto: the elephant in the room, el elefante en la habitación. Un problema enorme, visible para todos, pero del que nadie habla.
En una conversación
reciente en Tinta y Caos, el filósofo Juan Manuel Burgos abordó una
cuestión fundamental de la antropología filosófica: la diferencia entre individuo
y persona.
A primera vista puede parecer una distinción menor. Sin embargo, de ella depende en gran medida cómo entendemos al ser humano, la libertad, la sociedad y el sentido de nuestras relaciones.
Decimos con
frecuencia: “eso es de sentido común”. Lo decimos como si el sentido
común fuese algo evidente, estable, casi incuestionable. Sin embargo, basta
mirar un poco hacia atrás para descubrir algo curioso: el sentido común cambia.
Lo que parecía
evidente hace cincuenta años hoy puede resultarnos extraño. Y lo que hoy nos
parece indiscutible quizá dentro de unas décadas ya no lo sea. Entonces surge
la pregunta: ¿qué es exactamente el sentido común?
¿Es lo que piensa la mayoría?
¿Es una especie de
hábito colectivo?
¿O se trata de algo
más profundo?
Para aclarar la
cuestión conviene retroceder hasta Grecia. Aristóteles utiliza la expresión koiné
aisthesis, que solemos traducir como “sentido común”. Pero en el filósofo
griego esta idea no se refiere todavía a opiniones o comportamientos humanos.
Tiene que ver con la percepción.
Nuestros sentidos
captan datos distintos de la realidad: el color lo percibimos con la vista, el
sonido con el oído, el movimiento con otros sentidos. Pero en nuestra
experiencia cotidiana esos datos no aparecen aislados. Hay algo que los
integra.
Gracias a esa
integración podemos decir: esto es un perro.
El sentido común, en
este primer nivel, es precisamente esa capacidad de unificar los datos
dispersos de la experiencia.
Los datos por sí solos
son fragmentos. El sentido común construye con ellos un mundo coherente.
Pero hay un elemento
más.
Para poder integrar
esos datos necesitamos un saber previo. Si vemos un animal desconocido
quizá podamos describir su tamaño o su color, pero no sabremos qué es
exactamente.
El sentido común se
apoya en la experiencia acumulada.
Por eso ocurre algo
muy interesante: quien sabe más ve más.
Donde unos ven
simplemente un perro, otros ven un perro amistoso o un perro peligroso. Los datos
son los mismos. Lo que cambia es la comprensión que los integra.
El sentido común, por
tanto, no es sólo una facultad psicológica. Es también una sabiduría
heredada, una sedimentación de experiencia que recibimos de quienes nos
precedieron.
Aprendemos a movernos
en el mundo porque alguien nos ha enseñado antes cómo hacerlo.
Esa sabiduría
compartida no es idéntica en todas las épocas.
Pensemos en Telémaco,
el hijo de Ulises. Para un joven griego de la Antigüedad, formarse significaba
prepararse para combatir, gobernar y hablar en la asamblea. Ese era el modo
razonable de convertirse en adulto.
Hoy aconsejamos algo
distinto a nuestros hijos: estudiar, formarse, encontrar un trabajo, situarse
en la vida.
En ambos casos hablamos
de sentido común. Pero es evidente que el contenido del sentido común ha
cambiado.
El sentido común
evoluciona lentamente, al ritmo de la experiencia histórica de las comunidades
humanas.
Sin embargo, la modernidad
introduce una dificultad nueva.
El sentido común
actual suele decirnos que una vida lograda consiste en estudiar, trabajar,
integrarse en la sociedad y cumplir nuestras responsabilidades.
Pero la literatura a
veces revela que esa integración puede ser insuficiente.
Kafka lo muestra de
manera magistral en La metamorfosis. Gregor Samsa ha hecho todo lo que
se espera de él: trabaja, sostiene a su familia, cumple con su deber. Y, sin
embargo, un día despierta convertido en un insecto.
La imagen es brutal,
pero apunta a algo inquietante.
Quizá una vida
puramente funcional —trabajar, producir, sostener el sistema— no basta para ser
plenamente humano. Quizá el sentido común de nuestra época ha reducido la vida
a un mecanismo eficiente, pero incompleto.
Hay todavía un
problema mayor.
Durante siglos el
sentido común cambió de forma orgánica, lentamente, a través de la experiencia
colectiva. Pero en el mundo moderno se ha descubierto que ese marco puede ser
diseñado.
Antonio Gramsci habló
de la hegemonía cultural: el lugar donde se decide qué es lo que la sociedad
considera razonable.
George Orwell imaginó
en 1984 un mundo donde incluso las evidencias más básicas podían ser
alteradas. Allí el poder podía obligar a aceptar que 2 + 2 son 5.
No porque los datos
hayan cambiado, sino porque el marco desde el que los interpretamos ha sido
manipulado.
En ese momento el
sentido común deja de brotar de la experiencia compartida y pasa a ser administrado, manipulado.
Y cuando eso ocurre el
mundo empieza a fragmentarse.
¿Hay salida?
Quizá la tarea no sea
inventar un nuevo sistema de ideas. Quizá sea algo más sencillo y más exigente:
volver a la realidad.
Volver a escuchar a
quienes saben de aquello sobre lo que hablan. Distinguir entre quien tiene
experiencia y quien sólo repite consignas.
Si el sentido común es
lo que mantiene unido el mundo, entonces nuestra tarea consiste en reconstruir
esa unidad a partir de la experiencia real.
Porque cuando esa
unidad se pierde, el mundo no desaparece. Siguen existiendo palabras,
opiniones, discursos.
Pero ya no hay mundo
compartido.
Ya no hay sentido.
🎥 Este artículo desarrolla las ideas del
siguiente vídeo del canal Tinta y Caos:
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Hay épocas en las que
abundan los datos y escasea la comprensión. Se publican estadísticas, se
desclasifican documentos, se acumulan cifras que describen con creciente
precisión lo que ocurrió.
Pero saber más no equivale necesariamente a entender mejor. Quien ha sufrido fiebre, vómitos y dolor de cabeza sabe que los síntomas, por evidentes que sean, no constituyen todavía un diagnóstico: una indisposición pasajera y un embarazo pueden compartir señales, y no significan lo mismo. También en la vida económica acumulamos cifras, indicadores y proyecciones. Pero el dato, por preciso que sea, no sustituye al juicio que lo interpreta.
Una de las ideas que
define buena parte de la modernidad es esta: podemos empezar desde cero. No
debemos nada a nadie. Somos nuestro propio origen: somos lo que decidimos y
hacemos con nuestra vida.
Pero cuando uno se piensa como origen absoluto, deja de reconocerse como hijo. Y cuando deja de reconocerse como hijo empieza a pensarse sólo como niño: alguien que comienza, juega, inventa, pero que no recibe nada ni debe nada. En esa diferencia se juega buena parte de nuestra crisis cultural.