domingo, 27 de septiembre de 2026

La suerte del otro

Hay un momento extraño en el que alguien deja de ser simplemente otro. Hasta entonces podían preocuparnos sus problemas, alegrarnos sus éxitos o entristecernos sus desgracias. Pero un día ocurre algo más: lo que le pasa empieza a pasarnos también a nosotros.

Quizá eso sea una de las formas de reconocer el amor. La suerte del otro se convierte, de algún modo, en parte de nuestra suerte. Si sufre, sufrimos; si está en peligro, tenemos miedo; si se equivoca, querríamos evitarle el error. Y entonces aparece una tentación comprensible: puesto que su vida nos importa tanto, querríamos protegerla incluso de sí misma.

Pero querer a alguien no nos concede ese poder. Podemos aconsejar, advertir, acompañar, cuidar. A veces incluso tendremos que decir lo que el otro no quiere escuchar. Lo que no podemos es vivir su vida en su lugar.

Tal vez una de las cosas más difíciles del amor sea precisamente esa: que alguien nos importe como si su vida fuera nuestra y, al mismo tiempo, aceptar que no lo es.

El precio de querer a alguien

 



El precio de querer a alguien

Hay una consecuencia extraña de querer a alguien de la que hablamos poco. Cuando una persona empieza a importarnos de verdad, nuestra vida se hace más rica, pero también más frágil. Antes de conocerla no podíamos temer perderla. Ahora sí. No tenemos miedo de perder simplemente porque seamos miedosos: tenemos miedo porque antes hemos encontrado algo que vale la pena conservar.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Una puerta

 A veces necesitamos apartarnos. Después de haber sido heridos, juzgados o simplemente agotados por el ruido de los demás, la soledad puede convertirse en un refugio. Cerramos la puerta y, por fin, descansamos. Hay puertas que es necesario cerrar. El problema comienza cuando, para asegurarnos de que nadie vuelva a hacernos daño, echamos la llave y acabamos tapiando la puerta. Entonces el refugio se convierte poco a poco en fortaleza.

Una fortaleza es un lugar magnífico para que no entre el enemigo. La dificultad es que tampoco entra nadie más. Podemos construir una vida en la que nadie pueda arrebatarnos la libertad, alterar nuestra paz o decepcionarnos. Pero quizá algunas de las cosas que hacen que la vida merezca la pena solo pueden llegar desde fuera. Por eso una casa necesita paredes, pero también una puerta.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando todos se han ido

 




A veces necesitamos estar solos. Que nadie nos llame, que nadie nos pida nada, que durante un rato desaparezcan las obligaciones, las expectativas, el ruido de los demás. Cerramos la puerta y sentimos cierto alivio: por fin nadie ocupa nuestro tiempo ni nuestro espacio. Por fin somos libres.

Pero hay una pequeña dificultad: cuando conseguimos que todos se aparten, nosotros seguimos ahí. Podemos silenciar el teléfono, alejarnos de la gente e incluso marcharnos al desierto y descubrir que hemos llevado con nosotros nuestros deseos, preocupaciones, recuerdos, resentimientos y fantasías. El silencio exterior no garantiza el silencio interior. Hay soledades que están llenas hasta arriba de uno mismo.

Quizá por eso haya dos maneras muy distintas de buscar la soledad. Una consiste en retirar el mundo para hacer sitio al yo: quiero que me dejen en paz, disponer de mi tiempo, hacer lo que quiera. La otra comienza precisamente cuando sospechamos que también nosotros podemos estar ocupando demasiado espacio. Entonces el silencio ya no sirve para escucharnos mejor a nosotros mismos, sino para hacer posible que escuchemos algo que normalmente nuestra propia voz no nos deja oír.

Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si estamos solos o acompañados, sino qué hacemos con la soledad cuando llega. Podemos llenarla de nosotros mismos o dejarla abierta: a los demás, al mundo, a una pregunta, a una presencia, al misterio. Quizá una soledad empiece diciendo «déjame en paz» y otra, mucho más difícil, diciendo «quiero escuchar».

He intentado pensar sobre estas dos formas de soledad —con Diógenes, los ermitaños del desierto, Siddhartha y san Jerónimo como compañeros de camino— en el último vídeo de Tinta y Caos:

https://youtu.be/Kt00UK1wzyw

sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?

 




¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?


Imagina que alguien pudiera ofrecerte una de estas tres posibilidades.

La primera: no envejecer. No morir nunca. La inmortalidad.

La segunda: una vida agradable, cómoda, sin sobresaltos ni peligros. Seguridad y bienestar.

La tercera: empezar de nuevo. Dejar atrás lo que hemos hecho mal y comenzar otra vida: otra casa, otro trabajo, otra familia.

¿Con cuál te quedarías?

No es una pregunta fácil. Lo sorprendente es que a Ulises le ofrecieron, de un modo u otro, las tres posibilidades. Y rechazó las tres.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Empezar de nuevo

 A veces querríamos empezar de nuevo. Otra casa, otro trabajo, otra ciudad, quizá otras personas. Y hay ocasiones en que hacerlo es necesario: permanecer puede ser cobardía y marcharse, la única manera de recuperar la propia vida. Pero empezar de nuevo tiene una dificultad: podemos dejar atrás casi todo menos a nosotros mismos. Cambiamos de escenario llevando con nosotros nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras heridas y esa sorprendente capacidad para volver a cometer, en lugares distintos, errores bastante parecidos.

Por eso quizá haya dos maneras de empezar de nuevo. Una consiste en cambiar las circunstancias; la otra, en aprender a habitar de otro modo las circunstancias que tenemos. A veces habrá que marcharse y otras habrá que permanecer. Lo difícil es distinguir cuándo quedarse es fidelidad y cuándo es miedo; cuándo marcharse es valentía y cuándo es huida. Porque empezar de nuevo no siempre significa empezar de cero.

martes, 8 de septiembre de 2026

Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 



Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 

 

 

Midas no pidió ser el hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

¿Por qué tocar?

Tocar es una de las formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad. Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.

La piel señala precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas. Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también heridos.

El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.