domingo, 16 de agosto de 2026

Lo que no está en nuestras manos

 Hay cosas que podemos construir y cosas que sólo podemos recibir. Podemos cuidar una amistad, cumplir una promesa, permanecer junto a alguien cuando llegan las dificultades, pedir perdón, aprender a escuchar. Podemos hacer mucho y conviene hacerlo. Pero ninguna acumulación de cuidados nos otorga un derecho sobre la libertad del otro. No podemos conseguir que alguien nos quiera del mismo modo que conseguimos terminar un trabajo o pagar una deuda. Tal vez una parte importante de la madurez consista en aprender esa diferencia: hacer todo lo que está en nuestra mano sin creer por ello que todo está en nuestras manos.

También confundimos a veces la imperfección del amor con su falsedad. Como somos limitados, amamos limitadamente: nos equivocamos, esperamos demasiado, tenemos miedo, exigimos, desconfiamos. Pero de ahí no se sigue que nuestro amor sea falso o necesariamente pasajero. Un padre puede seguir queriendo a un hijo que lo ha decepcionado profundamente; alguien puede querer el bien de una persona que ha decidido alejarse de él. Quizá amar no consista en alcanzar una pureza inaccesible, sino en aprender lentamente a querer mejor. Y acaso por eso el amor verdadero no sea el que nunca tropieza, sino el que descubre, también después de tropezar, que el bien del otro sigue siendo un bien.

sábado, 15 de agosto de 2026

El lado aterrador del amor

 




El lado aterrador del amor

¿Por qué el amor puede parecernos un monstruo?

Hay pocas cosas que deseemos tanto como amar y ser amados, encontrar a alguien, ser importantes para alguien, poder cuidar y ser cuidados, tener un lugar al que volver y alguien que espere nuestra llegada. El amor parece algo maravilloso y seguramente lo es.

Por eso resulta extraño que desde hace siglos contemos historias en las que el amor tiene un rostro monstruoso, una apariencia que nos repugna.

Una de las más antiguas la contó Apuleyo en el siglo II después de Cristo: la historia de Eros y Psique. Siglos después volvemos a encontrar algo muy parecido en La Bella y la Bestia.

¿Qué tiene el amor para que aquello que tanto deseamos pueda parecernos aterrador?

Creo que Apuleyo tiene una respuesta. Lo que no sé es si resulta tranquilizadora.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Camino y destino

Podemos movernos mucho y no ir a ninguna parte. Cambiar de ciudad, de trabajo, de relaciones, acumular experiencias y comenzar una y otra vez. Incluso podemos sentirnos en casa en lugares distintos. Pero cuanto más fácil resulta desplazarse, más inquietante se vuelve una pregunta: ¿cómo distinguimos el camino del simple vagar? Porque caminar no consiste sólo en avanzar. Para que haya camino parece necesario que exista también alguna dirección.

Quizá por eso identidad y destino están más relacionados de lo que parece. Para saber hacia dónde voy necesito saber de algún modo quién soy; pero también descubro quién soy cuando reconozco aquello hacia lo que merece la pena dirigir mi vida. Rilke se preguntaba por qué el hombre, mientras evita el destino, lo anhela con tanta fuerza. Tal vez podamos huir de muchas Ítacas, pero resulta más difícil vivir sin representarnos alguna. Porque incluso quien decide vivir sin destino necesita responder, tarde o temprano, a una pregunta: ¿hacia dónde estoy yendo?

lunes, 10 de agosto de 2026

Transformarse, ¿para qué?

Cambiar se ha convertido casi en una obligación. Hay que reinventarse, evolucionar, salir de la zona de confort, acumular experiencias y convertirse continuamente en alguien distinto. Pero toda transformación deja abierta una pregunta incómoda: ¿transformarse para convertirse en qué? Porque no todo cambio es crecimiento. También podemos deteriorarnos, extraviarnos o convertirnos en alguien que nunca hubiéramos querido ser.

Por eso quizá no baste con afirmar que lo importante es el viaje y que el camino nos transforma. Necesitamos algún criterio que permita distinguir una transformación que nos mejora de otra que nos empeora. Y ese criterio vuelve a introducir, de algún modo, la pregunta por Ítaca. Tal vez el problema de nuestro tiempo no sea que hayamos dejado de viajar. Al contrario: nos movemos, cambiamos y acumulamos experiencias sin descanso. Quizá hemos conservado el viaje, pero hemos perdido el destino.

sábado, 8 de agosto de 2026

La vida es un viaje, pero ¿hacia dónde?

 




La vida es un viaje, pero ¿hacia dónde?

Hay ideas que repetimos tanto que terminamos por no pensar en ellas. Una de ellas es que la vida es un viaje.

Lo dicen los libros, las películas, las canciones. Lo decimos nosotros mismos: hay que viajar, conocer mundo, acumular experiencias, salir de la zona de confort, reinventarse, transformarse. La vida es un viaje y, por tanto, hay que viajar.

Pero viaja el turista, viaja el peregrino y viaja el vagabundo. Los tres se mueven y, sin embargo, no hacen el mismo viaje.

Porque un viaje no consiste solamente en moverse. Tiene un origen, un recorrido y un destino. Y es precisamente el destino el que permite comprender el camino.

Quizá por eso llevamos casi tres mil años hablando del viaje de Ulises.

jueves, 6 de agosto de 2026

Respirar el mismo aire

 Muchas rupturas se atribuyen al desgaste del amor. Sin embargo, no siempre es el amor lo primero que desaparece. A veces lo que se ha ido perdiendo, casi sin advertirlo, es un modo común de mirar la realidad. Dos personas pueden seguir apreciándose, respetándose e incluso queriéndose, pero empezar a vivir desde horizontes distintos. Lo que uno considera esencial deja de serlo para el otro. Y entonces no sólo cambian las opiniones: cambia el aire que ambos respiran.

Quizá por eso las grandes narraciones hablan con tanta frecuencia del camino, del regreso o del hogar. No basta con recorrer juntos un tramo del viaje. La cuestión decisiva es si ambos reconocen el mismo destino como digno de ser alcanzado. Compartir una vida exige muchas cosas: afecto, paciencia, comunicación, generosidad... Pero todas ellas encuentran su verdadera unidad cuando existe también una comprensión compartida de aquello por lo que merece la pena vivir.

martes, 4 de agosto de 2026

Las panaderías no venden gasolina


 

Las panaderías no venden gasolina

Hay negocios que cambian y prosperan. La panadería de toda la vida empieza a servir café, coloca unas mesas y convierte la compra del pan en un momento de encuentro. La gasolinera incorpora una pequeña tienda, vende pan recién hecho o prepara desayunos para quienes están de viaje. Han cambiado mucho más de lo que parece, pero nadie diría que han dejado de ser una panadería o una gasolinera.

En cambio, también existen empresas que parecen no saber ya qué son. Cada temporada prueban una idea distinta. Hoy venden una cosa, mañana otra. Abren una línea de negocio para cerrarla unos meses después. No transmiten la impresión de estar evolucionando, sino de ir tanteando a oscuras. El problema no es que cambien; el problema es que parecen haber perdido la respuesta a una pregunta elemental: ¿qué somos?