domingo, 8 de noviembre de 2026

Cuando alguien nos dice que estamos equivocados

Es curioso lo fácilmente que reconocemos los errores ajenos y lo difícil que nos resulta descubrir los propios. Cuando alguien nos advierte de que estamos equivocados, nuestra primera reacción no suele ser preguntarnos si tiene razón, sino defendernos. A veces ni siquiera escuchamos lo que nos dice: nos basta con saber que contradice lo que pensamos.

Los niños tienen una ventaja sobre nosotros. Como todavía no conocen bien el mundo, preguntan por qué las cosas son como son. Nosotros, en cambio, hemos aprendido tantas respuestas que a menudo hemos dejado de hacernos las preguntas. Confundimos lo acostumbrado con lo razonable y lo que todos creen con lo que es verdad.

Por eso puede resultar tan incómoda la mirada de quien viene de fuera. El extranjero, o simplemente alguien que piensa de otra manera, nos obliga a contemplar como extraño lo que siempre nos había parecido natural.

Y ahí aparece una dificultad mayor. No basta con descubrir que estábamos equivocados: tenemos que aceptar que alguien ha visto algo que nosotros no supimos ver. Y eso puede resultar especialmente doloroso cuando ese alguien es una persona a la que consideramos menos preparada que nosotros.

Quizá preferimos tener razón a encontrar la verdad. Y, con tal de no dar nuestro brazo a torcer, somos capaces incluso de negar que exista.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Casandra: la verdad que no queremos escuchar

 





Imagina que sabes que va a ocurrir una desgracia. No lo sospechas, no tienes un mal presentimiento: lo sabes. Intentas advertir a quienes te rodean, les explicas lo que va a suceder, les ruegas que te escuchen. Pero nadie te cree. Algunos se ríen, otros se enfadan y otros te compadecen porque piensan que has perdido la cabeza.

Esta es la situación de Casandra, uno de los personajes más trágicos de la mitología griega. Y su historia plantea un problema que nos afecta más de lo que parece. Porque quizá la cuestión no sea por qué nadie quiso escuchar a Casandra, sino si nosotros la habríamos escuchado.

jueves, 15 de octubre de 2026

Cuando la muerte deja de ser una idea

Podemos hablar de la muerte como de un problema filosófico. Preguntarnos si hay algo después, si sería deseable vivir eternamente o si una vida que nunca terminase acabaría perdiendo su sentido. Son preguntas importantes. Pero hay un momento en que la muerte deja de ser una idea: cuando muere alguien a quien queremos. Entonces ya no nos preguntamos solamente qué será de nosotros, sino qué ha sido de esa persona. ¿Dónde está? ¿Ha desaparecido para siempre? ¿Es posible que una vida, con todo lo que ha amado, sufrido y esperado, termine sin dejar más que recuerdos?

No tenemos respuestas que podamos demostrar. Y quizá por eso convenga distinguir entre saber y esperar. La esperanza no convierte nuestros deseos en certezas, pero tampoco es necesariamente una manera de engañarnos. Esperamos porque hay personas cuya existencia nos importa demasiado como para aceptar fácilmente que todo haya terminado. No sabemos si volveremos a encontrarlas. Pero esa incertidumbre no borra lo que significaron para nosotros. Al contrario: quizá sea precisamente el amor lo que hace que la pregunta por la muerte resulte tan profundamente humana.

lunes, 12 de octubre de 2026

El entusiasmo no paga las facturas

 

 

El entusiasmo no paga las facturas

 

 

Manuel Ballester

 

Nos gusta la palabra emprendedor. Sugiere iniciativa, imaginación, valentía. Alguien tiene una idea, reúne sus ahorros y se atreve a comenzar. Hay algo admirable en ese gesto: donde otros ven lo que falta, él descubre lo que podría existir. Una sociedad necesita gente así, capaz de convertir una posibilidad en un proyecto y de asumir el riesgo de intentarlo.

La palabra empresario parece despertar menos simpatías. Evoca balances, contratos, costes y obligaciones. Quizá por eso preferimos hablar de emprendimiento: tiene el atractivo de los comienzos, cuando todo está por hacer y todavía podemos imaginar que saldrá como esperamos. Pero entre empezar un negocio y conseguir que siga abierto hay una distancia que el entusiasmo, por sí solo, no permite recorrer.

domingo, 11 de octubre de 2026

¿Estamos preparados para morir?


Una niña de once años muere en un accidente. Su primo, que tiene la misma edad, descubre de pronto algo que hasta entonces no se había planteado: también los niños mueren. Y se pregunta si su prima estaba preparada. Años después, ante otras muertes familiares, vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cuándo estamos preparados para morir?

Quizá nunca lo estemos del todo. La muerte nos desconcierta porque interrumpe una historia que todavía estábamos escribiendo. Nos arrebata a personas queridas, proyectos, conversaciones pendientes. Y, sin embargo, saber que nuestra vida tiene un límite también puede ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente importa.

Alguien comentaba que vivir mil años no estaría mal. Otro recordaba que una vida interminable no tiene por qué ser una vida deseable. Y surgía una pregunta todavía más difícil: ¿qué significa estar preparado para la muerte?

Tal vez nos hemos acostumbrado a pensar que prepararnos para morir consiste en averiguar qué sucederá después. Pero hay otra preparación que está a nuestro alcance: preguntarnos qué estamos haciendo con la vida que tenemos.

No sabemos cuánto tiempo nos queda. Lo que sí sabemos es que todavía podemos rectificar, reparar una injusticia, recuperar una amistad, aprender a querer mejor.

Quizá no podamos prepararnos para dejar de vivir. Pero sí podemos procurar no dejar sin vivir lo que verdaderamente merece la pena.

domingo, 4 de octubre de 2026

¿Me quieren o me necesitan?

 





Hay una pregunta desagradable que puede aparecer cuando los hijos se marchan, cuando nos jubilamos o cuando dejamos de hacer lo que durante años hemos hecho por otros: ¿me quieren a mí o necesitan lo que hago? Mientras somos imprescindibles, quizá no nos la planteamos. Hay comidas que preparar, problemas que resolver, decisiones que tomar. Pero un día alguien ocupa nuestro despacho, los hijos aprenden a arreglárselas y la casa ya no necesita aquella actividad incesante. Entonces descubrimos algo que sabíamos, aunque saberlo no nos había preparado para experimentarlo: nuestras funciones son sustituibles.

Los músicos de Bremen, de los hermanos Grimm, comienza precisamente ahí. Un burro ya no puede cargar sacos, un perro ha perdido sus facultades para la caza, un gato apenas atrapa ratones y un gallo va a terminar en la olla. Después de haber servido a sus dueños, descubren que sobran. El burro escapa y decide ir a Bremen para hacerse músico. Por el camino encuentra a los otros y los invita a acompañarlo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

La suerte del otro

Hay un momento extraño en el que alguien deja de ser simplemente otro. Hasta entonces podían preocuparnos sus problemas, alegrarnos sus éxitos o entristecernos sus desgracias. Pero un día ocurre algo más: lo que le pasa empieza a pasarnos también a nosotros.

Quizá eso sea una de las formas de reconocer el amor. La suerte del otro se convierte, de algún modo, en parte de nuestra suerte. Si sufre, sufrimos; si está en peligro, tenemos miedo; si se equivoca, querríamos evitarle el error. Y entonces aparece una tentación comprensible: puesto que su vida nos importa tanto, querríamos protegerla incluso de sí misma.

Pero querer a alguien no nos concede ese poder. Podemos aconsejar, advertir, acompañar, cuidar. A veces incluso tendremos que decir lo que el otro no quiere escuchar. Lo que no podemos es vivir su vida en su lugar.

Tal vez una de las cosas más difíciles del amor sea precisamente esa: que alguien nos importe como si su vida fuera nuestra y, al mismo tiempo, aceptar que no lo es.