jueves, 14 de mayo de 2026

La IA y la soledad

En El Principito hay una frase que siempre me ha parecido terrible:

«Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente».

No dice que el aviador estuviera aislado. Ni que no conociera gente. Ni siquiera que le fuera mal en la vida. De hecho, tiene una profesión prestigiosa, viaja, se mueve por el mundo.

Y, sin embargo, está solo.

Porque una cosa es hablar. Y otra muy distinta hablar verdaderamente.

Pienso a veces que el problema de la inteligencia artificial se parece bastante a esto.

La IA puede ayudarnos muchísimo. Puede resumir textos, corregir errores, ordenar información, sugerir ideas o incluso mantener conversaciones sorprendentemente fluidas. Y probablemente todo eso seguirá creciendo.

Pero hay una cuestión más honda.

Ahí no hay nadie.

Y esto no convierte automáticamente a la IA en algo malo. Un libro tampoco es una persona. Ni un martillo. Ni un telescopio. La cuestión decisiva no es sólo qué puede hacer una herramienta, sino qué tipo de vida organiza quien la utiliza.

Si uno utiliza la IA para comprender mejor la realidad, aprender, pensar, escribir o construir una vida más rica y más humana, probablemente eso mismo le ayude también a encontrarse de verdad con otros.

Pero si el horizonte de la vida queda reducido a lo puramente práctico —eficacia, entretenimiento, comodidad, producción inmediata— entonces la máquina acabará ocupando cada vez más espacio. Porque precisamente ahí es donde funciona mejor que nosotros.

Y quizá entonces aparezca una paradoja inquietante: rodeados de conversaciones, respuestas, estímulos y palabras… pero “sin nadie con quien hablar verdaderamente”.

Por eso sospecho que el problema decisivo no será técnico sino humano.

Antes incluso de decidir qué lugar ocupa la inteligencia artificial, tendremos que decidir qué vida queremos vivir.

martes, 12 de mayo de 2026

La técnica progresa; el hombre, no necesariamente

Un estudiante medio de física del siglo XXI sabe muchas más cosas sobre física que Newton. Aprende directamente resultados, fórmulas, leyes y demostraciones elaboradas durante siglos. Empieza desde ahí, a hombros de gigantes.

Nadie tiene que volver a descubrir el teorema de Pitágoras.

Pero la comprensión de la vida humana funciona de otro modo.

Nadie supera automáticamente a Homero, Shakespeare o Dostoievski simplemente por vivir después. Porque los grandes asuntos humanos siguen siendo los mismos: el amor, la amistad, la ambición, el miedo, la soledad, la muerte, el sentido de la vida, la esperanza, el fracaso, la dignidad.

La técnica progresa; el hombre, no necesariamente.

Por eso seguimos necesitando hablar de la vida.

Y quizá por eso seguimos leyendo novelas escritas hace siglos. No acudimos a ellas porque desconozcamos datos modernos, sino porque seguimos intentando comprender qué significa ser humano.

En El principito se dice que “los mayores adoran las cifras”. Pero añade algo todavía más importante: “los que comprendemos la vida nos burlamos de los números”.

Las cifras son importantes. Naturalmente. Son necesarias.

Aristóteles decía que todas las ciencias son más necesarias que la filosofía; mejor, ninguna.

Porque hay saberes imprescindibles para construir puentes, curar enfermedades o enviar naves al espacio. Pero hay otros saberes que no sirven para fabricar cosas, sino para comprender qué merece la pena hacer con nuestra vida.

Y ahí siguen esperándonos Homero, Shakespeare, Cervantes o Dostoievski.

lunes, 11 de mayo de 2026

La nostalgia y el regreso

Hoy entendemos la nostalgia como una especie de melancolía dirigida hacia el pasado. Echamos de menos una época, una persona, una situación que ya no está. Y eso es cierto. Pero quizá no sea exactamente el sentido originario de la palabra.

“Nostalgia” viene de dos términos griegos: nostos y algia. Algia significa dolor. Nostos, regreso. Más exactamente: regreso al hogar.

La nostalgia sería entonces el dolor del regreso.

Y esto cambia bastante las cosas.

Porque en Homero —que es donde el asunto adquiere una dimensión decisiva— la cuestión no consiste simplemente en recordar tiempos mejores. Ulises no vive atrapado en una especie de sentimentalismo retrospectivo. La Odisea no es la historia de alguien que añora el pasado, sino la de alguien que intenta volver a casa sin perderse por el camino.

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Regresar al hogar, a los suyos, a sí mismo.

Por eso quizá la nostalgia puede adoptar dos formas muy distintas.

Puede convertirse en refugio paralizante. Hay personas que viven instaladas en el recuerdo, comparando continuamente el presente con un pasado idealizado. Y entonces la nostalgia deja de orientar la vida para sustituirla. Uno deja de caminar y empieza simplemente a habitar el recuerdo.

Pero existe también otra posibilidad.

viernes, 8 de mayo de 2026

La trampa que parece salvarte: Hansel y Gretel explicado

 




La trampa que parece salvarte: Hansel y Gretel explicado

 

 

Cuando un mundo se derrumba, nuestras primeras salidas suelen ser migas de pan en un bosque lleno de trampas.

1. Cuando la vida se quiebra

No basta querer a los hijos, hay que sostenerlos.

Imagina que de la noche a la mañana todo lo que daba sentido a tu vida desaparece: el trabajo, el hogar, la identidad. Te quedas sin rumbo y sin referencia, como Hansel y Gretel cuando su padre y su madrastra deciden abandonarlos en el bosque porque ya no pueden alimentarlos. No actúan por maldad sino porque, en esa crisis, los niños se han convertido en una carga insoportable. Es una imagen brutal, pero realista: hay momentos en los que el mundo que debía protegerte se rompe, y el amor ya no basta para sostenerlo.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Llega un momento en que no basta con uno mismo

Se puede seguir un tiempo más.

Dándole vueltas.
Probando.
Ajustando.

Pensando que, con un poco más de claridad,
todo terminará de encajar.

Y a veces funciona.

No basta con ser “como un niño”

 El Principito se va.

Y no es solo una huida.

También es una búsqueda.

Más tarde lo entenderá:
era demasiado joven para saber amar.