domingo, 11 de octubre de 2026

¿Estamos preparados para morir?


Una niña de once años muere en un accidente. Su primo, que tiene la misma edad, descubre de pronto algo que hasta entonces no se había planteado: también los niños mueren. Y se pregunta si su prima estaba preparada. Años después, ante otras muertes familiares, vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cuándo estamos preparados para morir?

Quizá nunca lo estemos del todo. La muerte nos desconcierta porque interrumpe una historia que todavía estábamos escribiendo. Nos arrebata a personas queridas, proyectos, conversaciones pendientes. Y, sin embargo, saber que nuestra vida tiene un límite también puede ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente importa.

Alguien comentaba que vivir mil años no estaría mal. Otro recordaba que una vida interminable no tiene por qué ser una vida deseable. Y surgía una pregunta todavía más difícil: ¿qué significa estar preparado para la muerte?

Tal vez nos hemos acostumbrado a pensar que prepararnos para morir consiste en averiguar qué sucederá después. Pero hay otra preparación que está a nuestro alcance: preguntarnos qué estamos haciendo con la vida que tenemos.

No sabemos cuánto tiempo nos queda. Lo que sí sabemos es que todavía podemos rectificar, reparar una injusticia, recuperar una amistad, aprender a querer mejor.

Quizá no podamos prepararnos para dejar de vivir. Pero sí podemos procurar no dejar sin vivir lo que verdaderamente merece la pena.

domingo, 4 de octubre de 2026

¿Me quieren o me necesitan?

 





Hay una pregunta desagradable que puede aparecer cuando los hijos se marchan, cuando nos jubilamos o cuando dejamos de hacer lo que durante años hemos hecho por otros: ¿me quieren a mí o necesitan lo que hago? Mientras somos imprescindibles, quizá no nos la planteamos. Hay comidas que preparar, problemas que resolver, decisiones que tomar. Pero un día alguien ocupa nuestro despacho, los hijos aprenden a arreglárselas y la casa ya no necesita aquella actividad incesante. Entonces descubrimos algo que sabíamos, aunque saberlo no nos había preparado para experimentarlo: nuestras funciones son sustituibles.

Los músicos de Bremen, de los hermanos Grimm, comienza precisamente ahí. Un burro ya no puede cargar sacos, un perro ha perdido sus facultades para la caza, un gato apenas atrapa ratones y un gallo va a terminar en la olla. Después de haber servido a sus dueños, descubren que sobran. El burro escapa y decide ir a Bremen para hacerse músico. Por el camino encuentra a los otros y los invita a acompañarlo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

La suerte del otro

Hay un momento extraño en el que alguien deja de ser simplemente otro. Hasta entonces podían preocuparnos sus problemas, alegrarnos sus éxitos o entristecernos sus desgracias. Pero un día ocurre algo más: lo que le pasa empieza a pasarnos también a nosotros.

Quizá eso sea una de las formas de reconocer el amor. La suerte del otro se convierte, de algún modo, en parte de nuestra suerte. Si sufre, sufrimos; si está en peligro, tenemos miedo; si se equivoca, querríamos evitarle el error. Y entonces aparece una tentación comprensible: puesto que su vida nos importa tanto, querríamos protegerla incluso de sí misma.

Pero querer a alguien no nos concede ese poder. Podemos aconsejar, advertir, acompañar, cuidar. A veces incluso tendremos que decir lo que el otro no quiere escuchar. Lo que no podemos es vivir su vida en su lugar.

Tal vez una de las cosas más difíciles del amor sea precisamente esa: que alguien nos importe como si su vida fuera nuestra y, al mismo tiempo, aceptar que no lo es.

El precio de querer a alguien

 



El precio de querer a alguien

Hay una consecuencia extraña de querer a alguien de la que hablamos poco. Cuando una persona empieza a importarnos de verdad, nuestra vida se hace más rica, pero también más frágil. Antes de conocerla no podíamos temer perderla. Ahora sí. No tenemos miedo de perder simplemente porque seamos miedosos: tenemos miedo porque antes hemos encontrado algo que vale la pena conservar.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Una puerta

 A veces necesitamos apartarnos. Después de haber sido heridos, juzgados o simplemente agotados por el ruido de los demás, la soledad puede convertirse en un refugio. Cerramos la puerta y, por fin, descansamos. Hay puertas que es necesario cerrar. El problema comienza cuando, para asegurarnos de que nadie vuelva a hacernos daño, echamos la llave y acabamos tapiando la puerta. Entonces el refugio se convierte poco a poco en fortaleza.

Una fortaleza es un lugar magnífico para que no entre el enemigo. La dificultad es que tampoco entra nadie más. Podemos construir una vida en la que nadie pueda arrebatarnos la libertad, alterar nuestra paz o decepcionarnos. Pero quizá algunas de las cosas que hacen que la vida merezca la pena solo pueden llegar desde fuera. Por eso una casa necesita paredes, pero también una puerta.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando todos se han ido

 




A veces necesitamos estar solos. Que nadie nos llame, que nadie nos pida nada, que durante un rato desaparezcan las obligaciones, las expectativas, el ruido de los demás. Cerramos la puerta y sentimos cierto alivio: por fin nadie ocupa nuestro tiempo ni nuestro espacio. Por fin somos libres.

Pero hay una pequeña dificultad: cuando conseguimos que todos se aparten, nosotros seguimos ahí. Podemos silenciar el teléfono, alejarnos de la gente e incluso marcharnos al desierto y descubrir que hemos llevado con nosotros nuestros deseos, preocupaciones, recuerdos, resentimientos y fantasías. El silencio exterior no garantiza el silencio interior. Hay soledades que están llenas hasta arriba de uno mismo.

Quizá por eso haya dos maneras muy distintas de buscar la soledad. Una consiste en retirar el mundo para hacer sitio al yo: quiero que me dejen en paz, disponer de mi tiempo, hacer lo que quiera. La otra comienza precisamente cuando sospechamos que también nosotros podemos estar ocupando demasiado espacio. Entonces el silencio ya no sirve para escucharnos mejor a nosotros mismos, sino para hacer posible que escuchemos algo que normalmente nuestra propia voz no nos deja oír.

Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si estamos solos o acompañados, sino qué hacemos con la soledad cuando llega. Podemos llenarla de nosotros mismos o dejarla abierta: a los demás, al mundo, a una pregunta, a una presencia, al misterio. Quizá una soledad empiece diciendo «déjame en paz» y otra, mucho más difícil, diciendo «quiero escuchar».

He intentado pensar sobre estas dos formas de soledad —con Diógenes, los ermitaños del desierto, Siddhartha y san Jerónimo como compañeros de camino— en el último vídeo de Tinta y Caos:

https://youtu.be/Kt00UK1wzyw

sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?

 




¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?


Imagina que alguien pudiera ofrecerte una de estas tres posibilidades.

La primera: no envejecer. No morir nunca. La inmortalidad.

La segunda: una vida agradable, cómoda, sin sobresaltos ni peligros. Seguridad y bienestar.

La tercera: empezar de nuevo. Dejar atrás lo que hemos hecho mal y comenzar otra vida: otra casa, otro trabajo, otra familia.

¿Con cuál te quedarías?

No es una pregunta fácil. Lo sorprendente es que a Ulises le ofrecieron, de un modo u otro, las tres posibilidades. Y rechazó las tres.