Hay un momento extraño en el que alguien deja de ser simplemente otro. Hasta entonces podían preocuparnos sus problemas, alegrarnos sus éxitos o entristecernos sus desgracias. Pero un día ocurre algo más: lo que le pasa empieza a pasarnos también a nosotros.
Quizá eso sea una de las formas de reconocer el amor. La suerte del otro se convierte, de algún modo, en parte de nuestra suerte. Si sufre, sufrimos; si está en peligro, tenemos miedo; si se equivoca, querríamos evitarle el error. Y entonces aparece una tentación comprensible: puesto que su vida nos importa tanto, querríamos protegerla incluso de sí misma.
Pero querer a alguien no nos concede ese poder. Podemos aconsejar, advertir, acompañar, cuidar. A veces incluso tendremos que decir lo que el otro no quiere escuchar. Lo que no podemos es vivir su vida en su lugar.
Tal vez una de las cosas más difíciles del amor sea precisamente esa: que alguien nos importe como si su vida fuera nuestra y, al mismo tiempo, aceptar que no lo es.



