Se dice con frecuencia que el amor no es un sentimiento, sino una decisión. La afirmación corrige un error, pero puede introducir otro. Porque también hay decisiones torpes, ciegas o precipitadas. La voluntad humana no actúa sola: necesita de la inteligencia. Antes de comprometernos con alguien debemos conocerlo suficientemente como para poder decir, con verdad, «merece la pena recorrer la vida a su lado». Ese conocimiento nunca es completo, pero sí puede ser suficiente para una decisión libre y razonable. Esperar a conocer plenamente al otro antes de decidir sería condenarse a no decidir nunca.
Sin embargo, el verdadero conocimiento comienza precisamente después de esa decisión. Hay aspectos de una persona que sólo se revelan en la convivencia, en la fidelidad, en los años compartidos, en la enfermedad, en el trabajo cotidiano, en las alegrías y en las pérdidas. No permanecemos porque ya lo sabemos todo del otro; más bien sucede lo contrario: llegamos a conocerlo de verdad porque hemos decidido permanecer. La fidelidad no es el premio de un conocimiento perfecto, sino la condición para alcanzar un conocimiento que, de otro modo, permanecería siempre fuera de nuestro alcance.
