Una niña de once años muere en un accidente. Su primo, que tiene la misma edad, descubre de pronto algo que hasta entonces no se había planteado: también los niños mueren. Y se pregunta si su prima estaba preparada. Años después, ante otras muertes familiares, vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cuándo estamos preparados para morir?
Quizá nunca lo estemos del todo. La muerte nos desconcierta porque interrumpe una historia que todavía estábamos escribiendo. Nos arrebata a personas queridas, proyectos, conversaciones pendientes. Y, sin embargo, saber que nuestra vida tiene un límite también puede ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente importa.
Alguien comentaba que vivir mil años no estaría mal. Otro recordaba que una vida interminable no tiene por qué ser una vida deseable. Y surgía una pregunta todavía más difícil: ¿qué significa estar preparado para la muerte?
Tal vez nos hemos acostumbrado a pensar que prepararnos para morir consiste en averiguar qué sucederá después. Pero hay otra preparación que está a nuestro alcance: preguntarnos qué estamos haciendo con la vida que tenemos.
No sabemos cuánto tiempo nos queda. Lo que sí sabemos es que todavía podemos rectificar, reparar una injusticia, recuperar una amistad, aprender a querer mejor.
Quizá no podamos prepararnos para dejar de vivir. Pero sí podemos procurar no dejar sin vivir lo que verdaderamente merece la pena.



