Las trampas más peligrosas rara vez se presentan como trampas.
Suelen aparecer en momentos de cansancio, miedo o desorientación. Nos ofrecen exactamente aquello que necesitamos: seguridad, compañía, reconocimiento, distracción o simplemente alivio. Por eso entramos en ellas. Si fueran completamente falsas, nadie caería.
Con el tiempo descubrimos que algo no encaja. Aquello que parecía ayudarnos a vivir empieza a ocupar demasiado espacio. Nos protege, pero también nos limita. Nos alimenta, pero a costa de nuestra libertad.
Salir nunca resulta fácil. Al fin y al cabo, estamos abandonando algo que nos dio una respuesta, aunque fuera insuficiente. Sin embargo, hay momentos en que crecer consiste precisamente en eso: distinguir entre lo que nos consuela y lo que verdaderamente nos ayuda a vivir.
He reflexionado sobre esta cuestión a propósito de Hansel y Gretel en este vídeo:
