Muchos abandonan ciertas lecturas porque les resultan difíciles. Intentan concentrarse y, sin embargo, la mente se dispersa: aparecen recuerdos, preocupaciones, conversaciones pendientes. Los ojos recorren las líneas, pero el pensamiento ya está en otra parte. Y eso produce frustración.
La mano de nieve
Blog de Manolo Ballester. Literatura para todos los bolsillos intelectuales
lunes, 18 de mayo de 2026
domingo, 17 de mayo de 2026
¿Discutir con Dios?
¿Discutir con Dios?
Nos vinculamos
afectivamente a muchas cosas: a un equipo, a una tradición política, a una
sensibilidad cultural, a una religión. Ahí hay implicación, pertenencia,
identidad.
No todo lo que sostenemos pertenece al mismo plano. Hay afirmaciones
que formulamos como verdaderas y sometemos a examen; y hay creencias,
convicciones que nos sostienen y a las que estamos vinculados afectivamente.
Una opinión, en sentido estricto, es una afirmación con
pretensión de verdad. No es un capricho ni una ocurrencia: aspira a acertar.
Precisamente por eso puede ser verdadera o falsa. Puedo opinar que hubo vida en
Marte o que el PIB de un país duplica al de otro. Tal vez acierte. Pero si se
demuestra lo contrario, no puedo seguir manteniendo mi opinión como si nada. La
opinión pertenece al ámbito de lo discutible: se ofrece a las razones y acepta
su veredicto.
Las conclusiones, cuando están bien fundadas, son el
resultado de ese examen. Se sostienen por las razones que las apoyan.
La creencia es distinta. También quien cree aspira a la
verdad. Pero la creencia no se ofrece primariamente al examen; se vive antes de
examinarse. No se percibe como una hipótesis revisable, sino como una certeza
incorporada. Está ligada a la voluntad, a la identidad, al sentimiento de
pertenencia. Por eso, cuando se la cuestiona, no se experimenta simplemente la
posibilidad de estar equivocado, sino una amenaza. El otro no es alguien que
argumenta; es alguien equivocado —o incluso malintencionado.
Aquí aparece un desplazamiento decisivo.
Mientras una afirmación permanece en el plano de la opinión,
puede ser verdadera o falsa. Puede discutirse. Pero cuando, tras una
refutación, alguien responde “esa es tu opinión”, retira la cuestión del
terreno racional. Lo que se presentaba como idea susceptible de verdad o
falsedad se repliega ahora como identidad. Ya no se trata de examinar razones,
sino de defender una pertenencia.
En ese momento la discusión se ha terminado. No porque se
haya alcanzado la verdad, sino porque se ha abandonado el plano donde la verdad
puede buscarse.
Cuando discutimos,
entramos en el ámbito del logos. Y en ese ámbito no cuentan las pertenencias ni
las intensidades afectivas, sino las razones. Allí las afirmaciones no son
“mías” o “tuyas”; son verdaderas o falsas.
Si lo que yo he
presentado son razones, y tú las reduces a “mi opinión”, estás haciendo una de
dos cosas: o bien reconoces que la cuestión es meramente opinable —y entonces
tu propia posición queda también reducida a opinión—, o bien pretendes mantener
la tuya como verdadera mientras desactivas la pretensión de verdad de la mía.
En ese caso, ya no discutimos; simplemente afirmamos.
Y si todo son
opiniones, también lo es la afirmación “todo son opiniones”. La verdad queda
disuelta. No hay ya nada que cribar, nada que examinar, nada que demostrar.
Solo quedan posiciones: se ha convertido, de facto, la opinión en una creencia,
en una expresión no racional de pertenencia… a un grupo identitario, que es lo
que siempre fue una tribu.
Los griegos
advirtieron muy pronto el problema. Observaron que cada ciudad consideraba
justas sus propias costumbres y ridículas o perversas las ajenas. Si todo
depende del lugar, del grupo o de la perspectiva, no hay discusión posible.
Cada cual defenderá lo suyo porque es suyo. Y cuando el conflicto se
intensifica, el otro deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo.
Pero Grecia no se
detuvo ahí.
La genialidad griega
consistió en afirmar que existe el logos. Que la razón no es propiedad de una
facción. Que no depende de la pertenencia. Que es común.
Sócrates muere porque
cree que la verdad no se decide por mayoría ni por adhesión afectiva. Cree que
el diálogo es posible porque existe algo que no depende de “lo mío” y “lo
tuyo”.
La cultura occidental
nace de esa convicción.
Esa convicción se tradujo en una disciplina intelectual
concreta. La Edad Media la sistematizó en el método de la lectio
y la disputatio. Antes de responder a una posición, había
que exponerla con precisión, presentar sus argumentos con claridad y sólo después
examinarlos críticamente. No se refutaba una caricatura, sino una tesis
formulada en sus propios términos.
Caricaturizar no es
refutar. Es expulsar al otro del logos. Y al hacerlo, me expulso yo también.
Por eso adquiere tanta
fuerza el gesto de Job, que osa situarse en el mismo plano racional frente al
poder absoluto. Se recordará que Job es un hombre bueno, justo. Pero pierde
todo: sus bienes, su familia, su salud. Se burlan de él sus enemigos. Sus
amigos le espetan que, si sufre, es porque algo habrá hecho.
Entonces pronuncia
aquella frase extraordinaria: Cum Deo disputare cupio.
“Quiero discutir con Dios” (Job 13, 3).
Cree que no merece lo que le ocurre. Como justo podría
haber considerado su situación como algo “querido por Dios”.
Pero Job pretende disputar con Dios. Job no enfrenta su creencia a la de Dios. Ni
contrapone opinión a opinión. Da un paso distinto: se sitúa en el terreno de la
razón. Quiere discutir. Quiere que lo que sucede sea inteligible. Quiere que su
caso sea examinado.
En ese gesto hay una convicción decisiva: que la verdad no
depende del poder. Que ante la razón no cuentan los rangos, sino los
argumentos. Que lo que está en juego no es quién habla, sino si lo que se dice
es justo.
Job no abandona el
plano racional cuando todo se derrumba. No se repliega en la pertenencia
herida. Permanece en el ámbito donde las razones pueden ser expuestas y
examinadas.
Y precisamente por eso su frase no es insolencia, sino
confianza: en que la razón no es patrimonio de una parte, en que el diálogo es
posible porque existe algo común.
La disputatio medieval presupone
exactamente esto: que la verdad existe y que el interlocutor participa del
mismo logos que yo. Sin esa presuposición, no hay discusión; hay agregación.
La alternativa es
exigente pero clara.
Primero: existe la
verdad.
Segundo: la razón
humana participa de ella.
Y precisamente por eso
discutir exige comprender. Comprender no significa aceptar sin más; significa
reconstruir la posición del otro en su mejor versión posible, detectar sus
puntos débiles donde realmente están y argumentar sobre ellos.
Eso es lo que hace la
razón: no caricaturiza, analiza.
Quizá la pregunta
decisiva ya no sea si es legítimo discutir con Dios, sino otra:
¿somos todavía capaces de discutir —con razones— entre nosotros?
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XIV (II Etapa), nº 97 (Abril 2026), ISSN 2387-1601, pp. 48-49:
Enlace Revista (formato PDF para imprimir)
https://www.los4murosdejpellicer.com/EdicionesyPortadasPD/Edicion%2097%C2%A9.pdf
Enlace Revista (visualización en línea formato libro)
sábado, 16 de mayo de 2026
Más libertad… y menos criterio: el problema silencioso de nuestra época
Más libertad… y menos criterio: el problema silencioso de nuestra época
Vivimos en una época extraña.
Nunca habíamos tenido tanta información, tantas opiniones disponibles y tanta capacidad individual para decidir sobre la propia vida. Y, sin embargo, muchas personas tienen una sensación creciente de desorientación.
De eso hablamos en el último Encuentro de Tinta y Caos con Joaquín Jareño, profesor de filosofía y especialista en Wittgenstein.
La conversación giró alrededor de cuestiones aparentemente abstractas —la verdad, la felicidad, el relativismo, la dignidad humana o el sentido de la vida—, pero que en realidad aparecen continuamente en la vida cotidiana.
Porque detrás de muchas decisiones aparentemente prácticas hay siempre una determinada idea del ser humano.
jueves, 14 de mayo de 2026
¿Se lee igual en Kindle que en papel?
El Kindle y los ebooks tienen ventajas evidentes. Permiten llevar una biblioteca entera encima, acceder a libros difíciles de encontrar y leer con enorme comodidad. Y eso no es poca cosa.
Sin embargo,
sospecho que existe una diferencia importante entre leer un libro y simplemente
visualizar texto.
El libro físico
no sólo contiene palabras: también nos sitúa corporalmente dentro de la
lectura. Sabemos intuitivamente dónde estamos, cuánto hemos avanzado, cuánto
queda. Recordamos que una idea aparecía “hacia la mitad”, que cierta escena
estaba “casi al final”. Incluso el peso del libro cambia mientras avanzamos.
Todo eso
construye una relación espacial y temporal con la obra.
En el Kindle,
en cambio, el texto aparece más homogéneo, más abstracto, más desligado de un
lugar concreto dentro del libro. Y quizá por eso ocurre algo curioso: volvemos
a la lectura y descubrimos que faltaban apenas dos párrafos para terminar el
capítulo sin que lo hubiéramos percibido.
No es una
crítica al ebook. Yo mismo reconozco que hay libros imposibles de conseguir en
papel y que el acceso digital resulta extraordinario. Pero sospecho que la
experiencia de lectura profunda no es exactamente la misma.
Tal vez ocurre
con los libros algo parecido a lo que sucede con los lugares: no es igual
habitar un espacio real que desplazarse por una representación funcional del
mismo.
La IA y la soledad
En El Principito hay una frase que siempre me ha parecido terrible:
«Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente».
No dice que el aviador estuviera aislado. Ni que no conociera gente. Ni siquiera que le fuera mal en la vida. De hecho, tiene una profesión prestigiosa, viaja, se mueve por el mundo.
Y, sin embargo, está solo.
Porque una cosa es hablar. Y otra muy distinta hablar verdaderamente.
Pienso a veces que el problema de la inteligencia artificial se parece bastante a esto.
La IA puede ayudarnos muchísimo. Puede resumir textos, corregir errores, ordenar información, sugerir ideas o incluso mantener conversaciones sorprendentemente fluidas. Y probablemente todo eso seguirá creciendo.
Pero hay una cuestión más honda.
Ahí no hay nadie.
Y esto no convierte automáticamente a la IA en algo malo. Un libro tampoco es una persona. Ni un martillo. Ni un telescopio. La cuestión decisiva no es sólo qué puede hacer una herramienta, sino qué tipo de vida organiza quien la utiliza.
Si uno utiliza la IA para comprender mejor la realidad, aprender, pensar, escribir o construir una vida más rica y más humana, probablemente eso mismo le ayude también a encontrarse de verdad con otros.
Pero si el horizonte de la vida queda reducido a lo puramente práctico —eficacia, entretenimiento, comodidad, producción inmediata— entonces la máquina acabará ocupando cada vez más espacio. Porque precisamente ahí es donde funciona mejor que nosotros.
Y quizá entonces aparezca una paradoja inquietante: rodeados de conversaciones, respuestas, estímulos y palabras… pero “sin nadie con quien hablar verdaderamente”.
Por eso sospecho que el problema decisivo no será técnico sino humano.
Antes incluso de decidir qué lugar ocupa la inteligencia artificial, tendremos que decidir qué vida queremos vivir.
martes, 12 de mayo de 2026
La técnica progresa; el hombre, no necesariamente
Un estudiante medio de física del siglo XXI sabe muchas más cosas sobre física que Newton. Aprende directamente resultados, fórmulas, leyes y demostraciones elaboradas durante siglos. Empieza desde ahí, a hombros de gigantes.
Nadie tiene que volver a
descubrir el teorema de Pitágoras.
Pero la comprensión de la vida
humana funciona de otro modo.
Nadie supera automáticamente a
Homero, Shakespeare o Dostoievski simplemente por vivir después. Porque los
grandes asuntos humanos siguen siendo los mismos: el amor, la amistad, la
ambición, el miedo, la soledad, la muerte, el sentido de la vida, la esperanza,
el fracaso, la dignidad.
La técnica progresa; el hombre,
no necesariamente.
Por eso seguimos necesitando
hablar de la vida.
Y quizá por eso seguimos
leyendo novelas escritas hace siglos. No acudimos a ellas porque desconozcamos
datos modernos, sino porque seguimos intentando comprender qué significa ser
humano.
En El principito se dice que “los mayores adoran las cifras”. Pero
añade algo todavía más importante: “los que comprendemos la vida nos burlamos
de los números”.
Las cifras son importantes.
Naturalmente. Son necesarias.
Aristóteles decía que todas
las ciencias son más necesarias que la filosofía; mejor, ninguna.
Porque hay saberes
imprescindibles para construir puentes, curar enfermedades o enviar naves al
espacio. Pero hay otros saberes que no sirven para fabricar cosas, sino para
comprender qué merece la pena hacer con nuestra vida.
lunes, 11 de mayo de 2026
La nostalgia y el regreso
Hoy entendemos la nostalgia como una especie de melancolía dirigida hacia el pasado. Echamos de menos una época, una persona, una situación que ya no está. Y eso es cierto. Pero quizá no sea exactamente el sentido originario de la palabra.
“Nostalgia” viene de dos términos griegos: nostos y algia. Algia significa dolor. Nostos, regreso. Más exactamente: regreso al hogar.
La nostalgia sería entonces el dolor del regreso.
Y esto cambia bastante las cosas.
Porque en Homero —que es donde el asunto adquiere una dimensión decisiva— la cuestión no consiste simplemente en recordar tiempos mejores. Ulises no vive atrapado en una especie de sentimentalismo retrospectivo. La Odisea no es la historia de alguien que añora el pasado, sino la de alguien que intenta volver a casa sin perderse por el camino.
Volver a Ítaca.
Regresar al hogar, a los suyos, a sí mismo.
Por eso quizá la nostalgia puede adoptar dos formas muy distintas.
Puede convertirse en refugio paralizante. Hay personas que viven instaladas en el recuerdo, comparando continuamente el presente con un pasado idealizado. Y entonces la nostalgia deja de orientar la vida para sustituirla. Uno deja de caminar y empieza simplemente a habitar el recuerdo.
Pero existe también otra posibilidad.
