domingo, 20 de septiembre de 2026

Una puerta

 A veces necesitamos apartarnos. Después de haber sido heridos, juzgados o simplemente agotados por el ruido de los demás, la soledad puede convertirse en un refugio. Cerramos la puerta y, por fin, descansamos. Hay puertas que es necesario cerrar. El problema comienza cuando, para asegurarnos de que nadie vuelva a hacernos daño, echamos la llave y acabamos tapiando la puerta. Entonces el refugio se convierte poco a poco en fortaleza.

Una fortaleza es un lugar magnífico para que no entre el enemigo. La dificultad es que tampoco entra nadie más. Podemos construir una vida en la que nadie pueda arrebatarnos la libertad, alterar nuestra paz o decepcionarnos. Pero quizá algunas de las cosas que hacen que la vida merezca la pena solo pueden llegar desde fuera. Por eso una casa necesita paredes, pero también una puerta.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando todos se han ido

 




A veces necesitamos estar solos. Que nadie nos llame, que nadie nos pida nada, que durante un rato desaparezcan las obligaciones, las expectativas, el ruido de los demás. Cerramos la puerta y sentimos cierto alivio: por fin nadie ocupa nuestro tiempo ni nuestro espacio. Por fin somos libres.

Pero hay una pequeña dificultad: cuando conseguimos que todos se aparten, nosotros seguimos ahí. Podemos silenciar el teléfono, alejarnos de la gente e incluso marcharnos al desierto y descubrir que hemos llevado con nosotros nuestros deseos, preocupaciones, recuerdos, resentimientos y fantasías. El silencio exterior no garantiza el silencio interior. Hay soledades que están llenas hasta arriba de uno mismo.

Quizá por eso haya dos maneras muy distintas de buscar la soledad. Una consiste en retirar el mundo para hacer sitio al yo: quiero que me dejen en paz, disponer de mi tiempo, hacer lo que quiera. La otra comienza precisamente cuando sospechamos que también nosotros podemos estar ocupando demasiado espacio. Entonces el silencio ya no sirve para escucharnos mejor a nosotros mismos, sino para hacer posible que escuchemos algo que normalmente nuestra propia voz no nos deja oír.

Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si estamos solos o acompañados, sino qué hacemos con la soledad cuando llega. Podemos llenarla de nosotros mismos o dejarla abierta: a los demás, al mundo, a una pregunta, a una presencia, al misterio. Quizá una soledad empiece diciendo «déjame en paz» y otra, mucho más difícil, diciendo «quiero escuchar».

He intentado pensar sobre estas dos formas de soledad —con Diógenes, los ermitaños del desierto, Siddhartha y san Jerónimo como compañeros de camino— en el último vídeo de Tinta y Caos:

https://youtu.be/Kt00UK1wzyw

sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?

 




¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?


Imagina que alguien pudiera ofrecerte una de estas tres posibilidades.

La primera: no envejecer. No morir nunca. La inmortalidad.

La segunda: una vida agradable, cómoda, sin sobresaltos ni peligros. Seguridad y bienestar.

La tercera: empezar de nuevo. Dejar atrás lo que hemos hecho mal y comenzar otra vida: otra casa, otro trabajo, otra familia.

¿Con cuál te quedarías?

No es una pregunta fácil. Lo sorprendente es que a Ulises le ofrecieron, de un modo u otro, las tres posibilidades. Y rechazó las tres.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Empezar de nuevo

 A veces querríamos empezar de nuevo. Otra casa, otro trabajo, otra ciudad, quizá otras personas. Y hay ocasiones en que hacerlo es necesario: permanecer puede ser cobardía y marcharse, la única manera de recuperar la propia vida. Pero empezar de nuevo tiene una dificultad: podemos dejar atrás casi todo menos a nosotros mismos. Cambiamos de escenario llevando con nosotros nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras heridas y esa sorprendente capacidad para volver a cometer, en lugares distintos, errores bastante parecidos.

Por eso quizá haya dos maneras de empezar de nuevo. Una consiste en cambiar las circunstancias; la otra, en aprender a habitar de otro modo las circunstancias que tenemos. A veces habrá que marcharse y otras habrá que permanecer. Lo difícil es distinguir cuándo quedarse es fidelidad y cuándo es miedo; cuándo marcharse es valentía y cuándo es huida. Porque empezar de nuevo no siempre significa empezar de cero.

martes, 8 de septiembre de 2026

Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 



Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 

 

 

Midas no pidió ser el hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

¿Por qué tocar?

Tocar es una de las formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad. Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.

La piel señala precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas. Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también heridos.

El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.

Después de Ítaca

 Ulises vuelve a Ítaca. Ha tardado veinte años, ha perdido compañeros, ha rechazado incluso la inmortalidad y por fin recupera su casa, su mujer, su hijo, su padre, su reino. Podría parecer un buen lugar para terminar la historia. Pero el tiempo no termina cuando termina la Odisea. Telémaco tendrá que hacer su vida, Laertes morirá, también Penélope, también Ulises. Y a este todavía le queda, según le anunció Tiresias, tomar un remo y caminar tierra adentro hasta encontrar hombres que no sepan siquiera qué es aquello que lleva al hombro.

Quizá Homero no necesite contarnos mucho más. Ulises hizo lo que estaba en su mano: salió de casa, atravesó el mundo, se equivocó, aprendió sus límites y regresó para ocupar de nuevo su lugar. También nosotros podemos cuidar a quienes queremos, construir un hogar, cumplir nuestras responsabilidades e intentar llegar a ser quienes estamos llamados a ser. Lo que no podemos es conseguir que quienes amamos permanezcan siempre a nuestro lado ni detener el tiempo cuando por fin hemos llegado a Ítaca. Hay un límite para nuestra voluntad y nuestro poder. Después, los dioses dirán.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Elegir los espejos

Desconfiamos de la opinión de los demás, y no nos faltan motivos. Hay miradas que deforman: unas nos hacen más pequeños de lo que somos; otras, por adulación o interés, nos devuelven una imagen demasiado favorecida. De ahí resulta tentador concluir que lo mejor es prescindir de los espejos y decidir por nosotros mismos quiénes somos. Pero tampoco parece una solución. Hay cosas de nosotros que precisamente nosotros somos los últimos en ver. A veces hace falta que alguien nos diga que estamos equivocados, que podemos dar más de nosotros mismos o, sencillamente, que somos mejores de lo que en ese momento creemos.

Quizá el problema no sea, entonces, dejar de mirarnos en los demás, sino aprender a elegir los espejos. No todas las miradas valen lo mismo. Hay personas que nos conocen, que nos quieren y que desean nuestro bien; personas que pueden decirnos la verdad sin necesidad de disminuirnos y corregirnos sin dejar de querernos.

Quizá parte de la sabiduría de la vida consista en conseguir rodearse de buena gente, incluso de personas mejores que nosotros, y tener la humildad suficiente para dejar que su mirada nos ayude a vernos mejor.