jueves, 12 de febrero de 2026

La caricia. Silencio, claridad y presencia

 




La caricia. Silencio, claridad y presencia

 

Acariciar tiene que ver con tocar. Es mucho más, desde luego, pero empieza por el tacto y el contacto.

A simple vista, el tacto parece el más humilde de los sentidos. No tiene la distancia luminosa de la vista ni la nobleza del oído, tan unido a la palabra. Es inmediato, corporal, cercano; algo que compartimos con los animales. Y quizá por eso mismo sea el más esencial.

Aristóteles lo dice sin rodeos: puede haber seres vivos sin vista o sin oído, pero ninguno sin tacto. Sin tacto no hay vida animal. Y en nosotros, cuando el tacto se apaga —cuando ya no hay caricia—, la relación se enfría, la presencia se debilita y la vida pierde algo profundamente humano.

Sentir, nos recuerda Aristóteles, no es actuar, sino dejarse tocar. Un color, un sonido, un olor llegan desde fuera y nos alcanzan. Pero no basta con recibir: el aire y la piedra también reciben colores y sonidos, y no por eso ven ni oyen. Sentir requiere algo propio del viviente: una respuesta que transforma lo recibido. En esa transformación ya hay un primer conocimiento, aunque sea pasivo, receptivo. Porque la pura pasividad no conoce; sólo sufre. Lo mismo ocurre en el pensamiento. No todo lo que pasa por la mente se convierte en idea clara. Puede haber intuiciones, presentimientos, algo que ronda, pero mientras no lo hagamos nuestro, no es todavía saber.

Por eso ni el puro sentir ni el puro pensar alcanzan a explicar lo que pasa en una caricia.

Acariciar no es sólo tocar para explorar o manipular. En la caricia el tacto no busca información: busca hacerte sentir que estoy aquí. Y lo decisivo es que el centro no soy yo, el que acaricia, sino tú, el que recibe. La caricia puede ser placentera para quien la da, pero no nace de una necesidad propia, sino de una atención dirigida al otro. No transmite datos; simplemente comparece. A través del cuerpo, la persona entera se hace presente.

Pedro Salinas lo captó con una precisión que no necesita explicación: «¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres

La caricia no compite con el silencio ni con la palabra clara. Pertenece a otro registro. Dice, sin decir: estoy aquí. Y también: no estás solo. Por eso no es un contacto funcional ni un resto de instinto.

Es un uso humano del tacto, lleno de reconocimiento y presencia.

En los animales hay contactos que cumplen funciones vitales o sociales: aseo, calma, protección. La caricia humana, en cambio, puede suspender toda función. No sirve para algo; sirve a alguien. No obedece a la necesidad, sino a la relación. Y se distingue claramente de cualquier gesto que, bajo su nombre, en realidad apropia, reduce o instrumentaliza al otro.

En el ser humano, la vista y el oído ganan terreno; el olfato retrocede. La voz y la palabra se vuelven centrales. Por eso la caricia puede ir acompañada de palabras, y cuando lo hace, tacto y voz dicen lo mismo: presencia ofrecida.

Conocer, sea con los sentidos o con la mente, siempre implica cierta apropiación: hacer propio un color, una idea. La caricia pertenece al orden contrario: no es apropiación, es donación. El otro no es objeto de una acción, sino destinatario de una entrega. Al acariciar no conocemos: amamos. Y amar es ponerse entero al servicio del otro, corporal y anímicamente, diciéndole —con o sin palabras— que estoy aquí, a tu disposición, que no estarás solo.

No se trata de que yo conozca algo nuevo sobre ti, sino de que tú sepas, con toda certeza, que te amo, que estoy aquí para ti, que nunca estarás solo.

En esa entrega se encuentra la forma más sencilla y más exigente del amor: confianza absoluta, seguridad plena. Vaciarse de uno mismo para abrirse del todo a quien se ama.

Rubén Darío lo expresó sin necesidad de teoría: «¡Cuánto calienta al alma una frase, un apretón de manos a tiempo!».

Calentar el alma no oscurece el pensamiento; lo acompaña mientras madura. El silencio sólo empobrece cuando pretende saber más de lo que sabe. Cuando se deja habitar por un gesto que simplemente dice “estoy aquí”, deja de ser vacío. Se vuelve presencia. Se vuelve plenitud.




Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 96 (Febrero 2026), ISSN 2387-1601, pp. 46-47:

 


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sábado, 7 de febrero de 2026

Cyrano: El amor que no pide nada

 




Cyrano: El amor que no pide nada

 

 

 

Cyrano de Bergerac se estrenó en 1897, en una época en que el teatro realista dominaba la escena europea. En ese contexto, Edmond Rostand recuperó el verso, la emoción y el heroísmo, pero no desde una ingenuidad romántica, sino con lucidez y profundidad. Su obra no ignora el amor apasionado, pero lo pone a prueba.

No repite el esquema típico del yo enamorado que exige ser amado. Propone otra figura: alguien que, sin renunciar al amor romántico, lo habita desde lo hondo… y lo lleva hasta su conclusión lógica: más allá de sí mismo.

 

sábado, 31 de enero de 2026

El canto del gallo: símbolo de vigilia, traición y despertar

 




 

El canto del gallo: símbolo de vigilia, traición y despertar

 

 

 

El mundo no sólo contiene símbolos: es simbólico. Y a veces no hay que mirar demasiado alto para descubrir lo sagrado. Basta con escuchar a un gallo.

Y quien no percibe la dimensión simbólica de lo cotidiano, no sólo se pierde los símbolos, sino aquello a lo que los símbolos remiten: esa parte honda, vibrante y vertiginosa de la realidad.

¿Por qué el gallo?

sábado, 24 de enero de 2026

El exilio interior: Kafka, Camus y Kavafis

 



El exilio interior: Kafka, Camus y Kavafis

Un viaje a la raíz moderna del desarraigo

 

 

A lo largo de la historia, el ser humano ha experimentado la pérdida, el desarraigo, la sensación de no pertenecer. Pero hay algo radicalmente nuevo en el desarraigo moderno: ya no se trata sólo de haber sido expulsados de un lugar físico, sino de haber perdido la estructura entera que daba sentido a ese lugar.

Durante siglos, las personas vivieron en un mundo con un orden compartido. Existía un “cosmos” que daba sentido a las cosas: la familia, la comunidad, la tradición, incluso la naturaleza tenían un lugar claro en un conjunto mayor. Pero en la modernidad, ese cosmos se ha disuelto. Ya no sabemos desde dónde mirar ni hacia dónde ir. Hemos dejado de habitar un mundo lleno de sentido para pasar a vivir en un espacio neutro, sin dirección, donde el yo se convierte en un sujeto aislado, frágil, flotante.

Este vídeo es un intento de explorar esa herida a través de tres autores que encarnan distintas formas de ese exilio interior:

sábado, 17 de enero de 2026

Quererse bien: el amor propio en la literatura


 



Quererse bien: el amor propio en la literatura

Emma Bovary, Dorian Gray, el Principito, Narciso, Jane Eyre... y nosotros

 

 

Oímos hablar de autoestima, de cuidarse, de amor propio, pero también de narcisismo y egoísmo. ¿Qué significa realmente quererse a sí mismo? ¿Ponerse por delante, cuidarse más, exigirse más, consentirse…?

Querer y quererse suena bien, pero no es algo mágico.

No basta con querer: ni quererse, ni querer al otro, porque puede ocurrir que queramos mal, que queramos de modo inadecuado.

La literatura está llena de personajes que lo hacen bien y que lo hacen mal. Y en ellos podemos ver con una claridad que a veces la vida no nos permite.

Porque si la literatura sirve para algo, quizás es para esto: para mirar y vernos con claridad, para mirar lo humano desde fuera, como quien reconoce las cosas en un espejo.

 

viernes, 9 de enero de 2026

Dios ha nacido en el exilio. Vintila Horia y la revelación en los márgenes

 





Dios ha nacido en el exilio.

Vintila Horia y la revelación en los márgenes

 

 

 

El exilio suele pensarse como una pérdida: de tierra, de lengua, de pertenencia. Pero en la novela Dios ha nacido en el exilio, el escritor rumano Vintila Horia se atreve a darle la vuelta. ¿Y si el exilio, más que un castigo, fuese una revelación?

Horia imagina el diario perdido de Ovidio, el poeta romano, durante los ocho años que pasó desterrado en Tomis, una ciudad bárbara situada en los márgenes del Imperio. A través de una prosa íntima y llena de grietas, Ovidio va dejando atrás su nostalgia y su grandeza para enfrentarse, sin máscaras, a sí mismo.

sábado, 3 de enero de 2026

Caperucita Roja: el cuento que cambió muchas veces (y un lobo que no cambia nunca)

 




Caperucita Roja: el cuento que cambió muchas veces (y un lobo que no cambia nunca)

 

 

 

El cuento ha cambiado con los siglos, las versiones, los intérpretes. Pero el lobo, no.

Una niña se adentra en el bosque. Lleva una capa roja. En algunas versiones, come carne humana sin saberlo; en otras, se mete en la cama con el lobo y escapa sola. En otras, la rescata un cazador. Pero hay algo que se mantiene inalterable en todos los relatos: el lobo.

¿Qué tiene este cuento que ha sobrevivido a los siglos, que ha sido contado, recontado, censurado, endulzado, y aún hoy sigue inquietándonos?