Muchas rupturas se atribuyen al desgaste del amor. Sin embargo, no siempre es el amor lo primero que desaparece. A veces lo que se ha ido perdiendo, casi sin advertirlo, es un modo común de mirar la realidad. Dos personas pueden seguir apreciándose, respetándose e incluso queriéndose, pero empezar a vivir desde horizontes distintos. Lo que uno considera esencial deja de serlo para el otro. Y entonces no sólo cambian las opiniones: cambia el aire que ambos respiran.
Quizá por eso las grandes narraciones hablan con tanta frecuencia del camino, del regreso o del hogar. No basta con recorrer juntos un tramo del viaje. La cuestión decisiva es si ambos reconocen el mismo destino como digno de ser alcanzado. Compartir una vida exige muchas cosas: afecto, paciencia, comunicación, generosidad... Pero todas ellas encuentran su verdadera unidad cuando existe también una comprensión compartida de aquello por lo que merece la pena vivir.




