Los conocimientos científicos progresan de un modo acumulativo. Un estudiante medio de física del siglo XXI sabe muchas más cosas sobre física que Newton. Aprende directamente resultados, fórmulas, leyes y demostraciones elaboradas durante siglos. Empieza desde ahí, a hombros de gigantes.
Nadie tiene que volver a
descubrir el teorema de Pitágoras.
Pero la comprensión de la vida
humana funciona de otro modo.
Nadie supera automáticamente a
Homero, Shakespeare o Dostoievski simplemente por vivir después. Porque los
grandes asuntos humanos siguen siendo los mismos: el amor, la amistad, la
ambición, el miedo, la soledad, la muerte, el sentido de la vida, la esperanza,
el fracaso, la dignidad.
La técnica progresa; el hombre,
no necesariamente.
Por eso seguimos necesitando
hablar de la vida.
Y quizá por eso seguimos
leyendo novelas escritas hace siglos. No acudimos a ellas porque desconozcamos
datos modernos, sino porque seguimos intentando comprender qué significa ser
humano.
En El principito se dice que “los mayores adoran las cifras”. Pero
añade algo todavía más importante: “los que comprendemos la vida nos burlamos
de los números”.
Las cifras son importantes.
Naturalmente. Son necesarias.
Aristóteles decía que todas
las ciencias son más necesarias que la filosofía; mejor, ninguna.
Porque hay saberes
imprescindibles para construir puentes, curar enfermedades o enviar naves al
espacio. Pero hay otros saberes que no sirven para fabricar cosas, sino para
comprender qué merece la pena hacer con nuestra vida.
