Durante mucho tiempo pensé que una obra terminaba cuando el autor escribía la última frase, cerraba el libro o pronunciaba la última palabra de una conferencia. Cada vez estoy más convencido de que no es así. Una obra empieza realmente a vivir cuando encuentra lectores, espectadores o interlocutores que la reciben desde su propia experiencia. Entonces aparecen preguntas que uno no había previsto, objeciones razonables, matices inesperados o simplemente la constatación de que un mismo texto ilumina de manera distinta la vida de personas muy diferentes.
Quizá por eso cada vez agradezco más las conversaciones que nacen después de publicar un libro, un artículo o un vídeo. No porque confirmen mis ideas, sino porque me obligan a seguir pensando. Es un buen antídoto contra una tentación muy frecuente: creer que ya hemos dicho la última palabra. Mientras seamos capaces de escuchar con atención y de dejarnos sorprender por una observación inteligente, la obra seguirá creciendo. Y nosotros con ella.

