La caricia. Silencio, claridad y presencia
Acariciar tiene que ver con tocar. Es mucho más, desde luego,
pero empieza por el tacto y el contacto.
A simple vista, el tacto parece el más humilde de los
sentidos. No tiene la distancia luminosa de la vista ni la nobleza del oído,
tan unido a la palabra. Es inmediato, corporal, cercano; algo que compartimos
con los animales. Y quizá por eso mismo sea el más esencial.
Aristóteles lo dice sin rodeos: puede haber seres vivos sin
vista o sin oído, pero ninguno sin tacto. Sin tacto no hay vida animal. Y en
nosotros, cuando el tacto se apaga —cuando ya no hay caricia—, la relación se
enfría, la presencia se debilita y la vida pierde algo profundamente humano.
Sentir, nos recuerda Aristóteles, no es actuar, sino dejarse
tocar. Un color, un sonido, un olor llegan desde fuera y nos alcanzan. Pero no
basta con recibir: el aire y la piedra también reciben colores y sonidos, y no
por eso ven ni oyen. Sentir requiere algo propio del viviente: una respuesta
que transforma lo recibido. En esa transformación ya hay un primer
conocimiento, aunque sea pasivo, receptivo. Porque la pura pasividad no conoce;
sólo sufre. Lo mismo ocurre en el pensamiento. No todo lo que pasa por la mente
se convierte en idea clara. Puede haber intuiciones, presentimientos, algo que
ronda, pero mientras no lo hagamos nuestro, no es todavía saber.
Por eso ni el puro sentir ni el puro pensar alcanzan a
explicar lo que pasa en una caricia.
Acariciar no es sólo tocar para explorar o manipular. En la
caricia el tacto no busca información: busca hacerte sentir que estoy aquí. Y
lo decisivo es que el centro no soy yo, el que acaricia, sino tú, el que
recibe. La caricia puede ser placentera para quien la da, pero no nace de una
necesidad propia, sino de una atención dirigida al otro. No transmite datos;
simplemente comparece. A través del cuerpo, la persona entera se hace presente.
Pedro Salinas lo captó con una precisión que no necesita
explicación: «¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!»
La caricia no compite con el silencio ni con la palabra
clara. Pertenece a otro registro. Dice, sin decir: estoy aquí. Y también: no
estás solo. Por eso no es un contacto funcional ni un resto de instinto.
Es un uso humano del tacto, lleno de reconocimiento y
presencia.
En los animales hay contactos que cumplen funciones vitales
o sociales: aseo, calma, protección. La caricia humana, en cambio, puede
suspender toda función. No sirve para algo; sirve a alguien. No obedece a la
necesidad, sino a la relación. Y se distingue claramente de cualquier gesto
que, bajo su nombre, en realidad apropia, reduce o instrumentaliza al otro.
En el ser humano, la vista y el oído ganan terreno; el
olfato retrocede. La voz y la palabra se vuelven centrales. Por eso la caricia
puede ir acompañada de palabras, y cuando lo hace, tacto y voz dicen lo mismo:
presencia ofrecida.
Conocer, sea con los sentidos o con la mente, siempre
implica cierta apropiación: hacer propio un color, una idea. La caricia
pertenece al orden contrario: no es apropiación, es donación. El otro no es objeto de una acción, sino
destinatario de una entrega. Al acariciar no conocemos: amamos. Y amar es
ponerse entero al servicio del otro, corporal y anímicamente, diciéndole —con o
sin palabras— que estoy aquí, a tu disposición, que no estarás solo.
No se trata de que yo
conozca algo nuevo sobre ti, sino de que tú sepas, con toda certeza, que te
amo, que estoy aquí para ti, que nunca estarás solo.
En esa entrega se encuentra la forma más sencilla y más
exigente del amor: confianza absoluta, seguridad plena. Vaciarse de uno mismo
para abrirse del todo a quien se ama.
Rubén Darío lo expresó sin necesidad de teoría: «¡Cuánto
calienta al alma una frase, un apretón de manos a tiempo!».
Calentar el alma no oscurece el pensamiento; lo acompaña mientras madura. El silencio sólo empobrece cuando pretende saber más de lo que sabe. Cuando se deja habitar por un gesto que simplemente dice “estoy aquí”, deja de ser vacío. Se vuelve presencia. Se vuelve plenitud.
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 96 (Febrero 2026), ISSN 2387-1601, pp. 46-47:
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