Se puede seguir un tiempo más.
Dándole vueltas.
Probando.
Ajustando.
Pensando que, con un poco más de claridad,
todo terminará de encajar.
Y a veces funciona.
Blog de Manolo Ballester. Literatura para todos los bolsillos intelectuales
Se puede seguir un tiempo más.
Dándole vueltas.
Probando.
Ajustando.
Pensando que, con un poco más de claridad,
todo terminará de encajar.
Y a veces funciona.
El Principito se va.
Y no es solo una huida.
También es una búsqueda.
Más tarde lo entenderá:
era demasiado joven para saber amar.
Cuando el Principito no entiende lo que pasa con la rosa,
no se queda.
Se va.
No porque no le importe.
Sino porque no sabe qué hacer con eso que le importa.
El problema del Principito no es que no ame.
Ama.
La rosa le importa.
Le afecta.
Le cambia.
El problema es otro.
Imagina que cada noche
entras en una habitación sabiendo que al amanecer puedes morir. No puedes
luchar, no puedes huir. Solo tienes una cosa: tu voz. Y con eso sobrevives mil
y una noches.
No estamos ante una
historia de entretenimiento. Estamos ante una cuestión de vida o muerte.
En entradas anteriores
veíamos algo inquietante: puedes leer cincuenta libros al año y seguir siendo
la misma persona. Puedes vivir cuarenta, cincuenta u ochenta años… y no
entender tu propia vida.
Hoy damos un paso más.
Porque también puedes
morir en vida por no saber contar la historia adecuada.
El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo que otros pasan por alto.
Cuida su planeta.
Es atento.
Está despierto.
En ese sentido, todo va bien.
Y, sin embargo, acaba en el desierto.
Solo.
Desorientado.
Escribir no consiste en sacar lo que uno lleva dentro, como si bastara con volcarlo sobre el papel.
De hecho,
cuando la escritura se limita a eso —a descargar, a “vomitar” lo que uno
siente—, puede incluso reforzar aquello mismo de lo que uno querría salir. Se
repite, se fija, se vuelve a recorrer el mismo camino sin avanzar.
Cyrulnik lo
formula con precisión: «No es el acto de escribir lo que tiene efecto curativo,
sino la elaboración que se produce durante la escritura», Escribí soles de noche, 123.
La diferencia
está en ese matiz: elaborar.
Escribir obliga
a detenerse, a ordenar, a jerarquizar, a encontrar palabras que no estaban
dadas de antemano. Y en ese proceso, lo que nos pasa deja de ser algo que
simplemente padecemos para convertirse, poco a poco, en algo que podemos mirar.
No desaparece.
Pero cambia de lugar.
Y eso ya es
mucho.