sábado, 7 de marzo de 2026

El sentido común: lo que mantiene unido el mundo

 




  

El sentido común: lo que mantiene unido el mundo

 

Decimos con frecuencia: “eso es de sentido común. Lo decimos como si el sentido común fuese algo evidente, estable, casi incuestionable. Sin embargo, basta mirar un poco hacia atrás para descubrir algo curioso: el sentido común cambia.

Lo que parecía evidente hace cincuenta años hoy puede resultarnos extraño. Y lo que hoy nos parece indiscutible quizá dentro de unas décadas ya no lo sea. Entonces surge la pregunta: ¿qué es exactamente el sentido común?

¿Es lo que piensa la mayoría?

¿Es una especie de hábito colectivo?

¿O se trata de algo más profundo?

 

El sentido común según Aristóteles

Para aclarar la cuestión conviene retroceder hasta Grecia. Aristóteles utiliza la expresión koiné aisthesis, que solemos traducir como “sentido común”. Pero en el filósofo griego esta idea no se refiere todavía a opiniones o comportamientos humanos.

Tiene que ver con la percepción.

Nuestros sentidos captan datos distintos de la realidad: el color lo percibimos con la vista, el sonido con el oído, el movimiento con otros sentidos. Pero en nuestra experiencia cotidiana esos datos no aparecen aislados. Hay algo que los integra.

Gracias a esa integración podemos decir: esto es un perro.

El sentido común, en este primer nivel, es precisamente esa capacidad de unificar los datos dispersos de la experiencia.

Los datos por sí solos son fragmentos. El sentido común construye con ellos un mundo coherente.

 

El saber que sostiene el juicio

Pero hay un elemento más.

Para poder integrar esos datos necesitamos un saber previo. Si vemos un animal desconocido quizá podamos describir su tamaño o su color, pero no sabremos qué es exactamente.

El sentido común se apoya en la experiencia acumulada.

Por eso ocurre algo muy interesante: quien sabe más ve más.

Donde unos ven simplemente un perro, otros ven un perro amistoso o un perro peligroso. Los datos son los mismos. Lo que cambia es la comprensión que los integra.

El sentido común, por tanto, no es sólo una facultad psicológica. Es también una sabiduría heredada, una sedimentación de experiencia que recibimos de quienes nos precedieron.

Aprendemos a movernos en el mundo porque alguien nos ha enseñado antes cómo hacerlo.

 

El sentido común cambia con el tiempo

Esa sabiduría compartida no es idéntica en todas las épocas.

Pensemos en Telémaco, el hijo de Ulises. Para un joven griego de la Antigüedad, formarse significaba prepararse para combatir, gobernar y hablar en la asamblea. Ese era el modo razonable de convertirse en adulto.

Hoy aconsejamos algo distinto a nuestros hijos: estudiar, formarse, encontrar un trabajo, situarse en la vida.

En ambos casos hablamos de sentido común. Pero es evidente que el contenido del sentido común ha cambiado.

El sentido común evoluciona lentamente, al ritmo de la experiencia histórica de las comunidades humanas.

 

Cuando el sentido común se queda corto

Sin embargo, la modernidad introduce una dificultad nueva.

El sentido común actual suele decirnos que una vida lograda consiste en estudiar, trabajar, integrarse en la sociedad y cumplir nuestras responsabilidades.

Pero la literatura a veces revela que esa integración puede ser insuficiente.

Kafka lo muestra de manera magistral en La metamorfosis. Gregor Samsa ha hecho todo lo que se espera de él: trabaja, sostiene a su familia, cumple con su deber. Y, sin embargo, un día despierta convertido en un insecto.

La imagen es brutal, pero apunta a algo inquietante.

Quizá una vida puramente funcional —trabajar, producir, sostener el sistema— no basta para ser plenamente humano. Quizá el sentido común de nuestra época ha reducido la vida a un mecanismo eficiente, pero incompleto.

 

La batalla por el sentido común

Hay todavía un problema mayor.

Durante siglos el sentido común cambió de forma orgánica, lentamente, a través de la experiencia colectiva. Pero en el mundo moderno se ha descubierto que ese marco puede ser diseñado.

Antonio Gramsci habló de la hegemonía cultural: el lugar donde se decide qué es lo que la sociedad considera razonable.

George Orwell imaginó en 1984 un mundo donde incluso las evidencias más básicas podían ser alteradas. Allí el poder podía obligar a aceptar que 2 + 2 son 5.

No porque los datos hayan cambiado, sino porque el marco desde el que los interpretamos ha sido manipulado.

En ese momento el sentido común deja de brotar de la experiencia compartida y pasa a ser administrado, manipulado.

Y cuando eso ocurre el mundo empieza a fragmentarse.

 

Recuperar el contacto con la realidad

¿Hay salida?

Quizá la tarea no sea inventar un nuevo sistema de ideas. Quizá sea algo más sencillo y más exigente: volver a la realidad.

Volver a escuchar a quienes saben de aquello sobre lo que hablan. Distinguir entre quien tiene experiencia y quien sólo repite consignas.

Si el sentido común es lo que mantiene unido el mundo, entonces nuestra tarea consiste en reconstruir esa unidad a partir de la experiencia real.

Porque cuando esa unidad se pierde, el mundo no desaparece. Siguen existiendo palabras, opiniones, discursos.

Pero ya no hay mundo compartido.

Ya no hay sentido.

 

 

🎥 Este artículo desarrolla las ideas del siguiente vídeo del canal Tinta y Caos:


https://youtu.be/xnxrn7jrDME


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