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viernes, 23 de junio de 2023

Manzoni: Experiencia, tiempo y eternidad

 





Manzoni: Experiencia, tiempo y eternidad

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Las sociedades humanas son un continuo bullir: hay guerras, progresos y retrocesos. Hay civilizaciones que fueron pujantes y hoy yacen bajo las arenas del desierto o las lianas de una jungla. Y está, también, nuestro mundo, nuestro tiempo. Y nosotros.

Los historiadores recogen los grandes acontecimientos e intentan explicar por qué ocurre lo que ocurre, intentan expresar mediante conceptos ese flujo y reflujo. Pensemos en intentos notables como Arnold J. Toynbee (Estudio de la historia), Giambattista Vico (Scienza nuova) o Hegel (Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, así como Fenomenología del Espíritu).

Alessandro Manzoni (1785-1873) se hace eco de la época en que sitúa su relato. Hace, incluso, unas consideraciones en torno al sentido de la historia. Sitúa la narración en una época a la que dedica explícitamente algunos capítulos. Pero su novela histórica Los novios (I promessi sposi, 1827) supone un giro radical respecto al planteamiento que hemos indicado.

miércoles, 13 de julio de 2016

Solimán ante las urnas







Solimán ante las urnas




Manuel Ballester


La historia pone ante nuestros ojos, entre otras cosas, los problemas que han ocupado a quienes nos precedieron. Y cómo los han afrontado. Unas veces torpemente, otras con brillantez. El repertorio va desde grandes desastres a éxitos rotundos pasando, que de todo hay, por victorias pírricas. Y es así como la historia se convierte en magistra vitae, maestra de la vida que enseña sin moralizar ni adoctrinar porque, a diferencia de los modernos holligans de la educación en valores, se limita a ofrecer su testimonio. Y el que quiera escarmentar bastante tiene con la cabeza ajena. Y quien quiera ignorar la historia, volverá a tropezar con la misma piedra.

Hay un pasaje de la historia europea que me ha venido a la cabeza estos días, a raíz de las recientes elecciones. Recordarán que el emperador Carlos estuvo enzarzado prácticamente toda su vida en contiendas diversas. A las guerras con el francés Francisco I (al que logró hacer prisionero) hay que añadir mil conflictos esparcidos por toda Europa y norte de África por no mencionar algunos asuntillos en el Nuevo Mundo que no vienen ahora al caso. Sí es el caso, si queremos que esta página de la historia arroje luz sobre las últimas elecciones, señalar que todas las trifulcas en que anduvo tienen el común telón de fondo de lo que podríamos denominar la Europa cristiana. El paradigma cultural que comparten los distintos reyes, los príncipes alemanes aliados en torno a Lutero incluidos, es un mismo modo de concebir el hombre y el mundo, la vida, la muerte y el sentido de todo el más acá y el más allá. Dentro de ese paradigma cultural cabe disputar con Francisco sobre el Milanesado, y luchar (con tiento, no vayamos a topar con la Iglesia) con ese señor feudal que reina en Roma; en fin que, como lanza el pirata desde su temido bajel: ahí mueven "feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra". Pero cuando el sultán otomano Süleyman I asoma la coleta por oriente no estamos ante un ciego rey más: se pone en cuestión el marco compartido mismo. Solimán no pretende jugar una buena mano: quiere romper la baraja. Es enemigo de todos a la vez. De ahí que no faltase quien propusiera la conveniencia de unir fuerzas frente al adversario común, salvar la civilización occidental y luego ya a lo nuestro, a ver quién se queda con el palmo de tierra en Flandes o Milán.

Diré ahora mi tesis relativa a las elecciones del 26J. En mi opinión, y refiriéndome sólo a los cuatro grandes partidos, las han perdido tres pero no las ganado el PP. Y ahora me explico, por si interesa.
Todos recordamos que en las elecciones de 2015 irrumpieron con fuerza dos partidos: Podemos y Ciudadanos. Intentaron convencernos de que el viejo bipartidismo PP-Psoe rezumaba corrupción y estaba anquilosado. Los partidos jóvenes venían a regenerar la vida política y la democracia, en suma.