Pedro es Páramo
Manuel Ballester
«Dios mío, ¡Qué solos se
quedan los muertos!». La célebre rima de Bécquer resuena hondo. Porque tememos
la soledad y nos sobrecoge la muerte.
La muerte significa que se
nos ha acabado el tiempo. La soledad significa que ya nadie nos oye ni nos
habla.
Así parecen ser las cosas realmente. Juan Rulfo (1917-1986) plantea otra realidad. Lo hace con una novela breve en la que hay muertos que nos hablan, y que hablan entre ellos porque no están solos; es más, siguen habitando en Comala, el pueblo en el que pasaron su tiempo vital y que ahora los retiene en una duración que no es la de los hombres en la tierra ni la de los santos en el cielo.