El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo que otros pasan por alto.
Cuida su planeta.
Es atento.
Está despierto.
En ese sentido, todo va bien.
Y, sin embargo, acaba en el desierto.
Solo.
Desorientado.
El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo que otros pasan por alto.
Cuida su planeta.
Es atento.
Está despierto.
En ese sentido, todo va bien.
Y, sin embargo, acaba en el desierto.
Solo.
Desorientado.
Una de las ideas que
define buena parte de la modernidad es esta: podemos empezar desde cero. No
debemos nada a nadie. Somos nuestro propio origen: somos lo que decidimos y
hacemos con nuestra vida.
Pero cuando uno se piensa como origen absoluto, deja de reconocerse como hijo. Y cuando deja de reconocerse como hijo empieza a pensarse sólo como niño: alguien que comienza, juega, inventa, pero que no recibe nada ni debe nada. En esa diferencia se juega buena parte de nuestra crisis cultural.
Manuel
Ballester
¿Qué
harías si un día cayeras en medio del desierto?
Sin caminos, sin señales. Sin nadie.
Quizá esa imagen extrema no sea tan ajena como parece. En cierto sentido, estar en la vida es también estar en un desierto. Buscamos orientación, pero no hay rutas seguras. Queremos señales, pero nadie puede darnos un mapa perfecto.