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martes, 16 de diciembre de 2025

El niño mimado y la barbarie con cara de Barbie

 



 

 

 

El niño mimado y la barbarie con cara de Barbie

 

 

El niño mimado y el mundo roto

El niño mimado cree que todo le es debido.

Desde esa convicción, todo lo que haga carece de verdadera importancia: si transgrede normas, tiene derecho a hacerlo; si rompe algo, “papá” lo reparará; si comete errores, alguien pagará por ellos.

Sus actos, en su imaginación, no tienen consecuencias reales. Vive encerrado en su propio mundo, en sus ideas sobre cómo deberían ser las cosas; no sabe que la tozuda realidad no se deja gobernar por sus ensoñaciones. “Los que sueñan viven en un mundo propio; los que están despiertos, habitan un mundo común”, decía Heráclito. Y el niño mimado no ha despertado… aunque se llame woke.

 No comprende que los logros de la civilización, tanto materiales (infraestructuras, servicios, seguridad) como espirituales (estado de derecho, libertad, responsabilidad cívica) no son eternos ni naturales, sino frágiles frutos de un esfuerzo cultural que puede deshacerse si se deja de cuidar.

Ortega y Gasset lo anticipó con claridad en La rebelión de las masas:

“Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado”. Desde ahí, diagnosticó la psicología del hombre-masa, ese tipo humano moderno cuyos derechos están garantizados, pero que rehúye toda responsabilidad, todo deber.

Esta no es una observación clínica, sino una crítica cultural: Ortega hablaba de un sujeto que ha crecido convencido de que el mundo está ahí para sostenerle, protegerle, aplaudirle... incluso si lo insulta o lo destruye.

Y no hablamos aquí de adolescentes malcriados, sino de adultos públicos (activistas, políticos, influencers, figuras mediáticas) cuya forma de actuar reproduce esta infantilización profunda de la conciencia.

El conflicto de Gaza ha sido, como tantos otros momentos, una pantalla donde se proyecta este fenómeno con nitidez.

 

El niño mimado que expulsa al padre… y luego lo llama

Un ejemplo especialmente gráfico lo ofreció Ada Colau, exalcaldesa de Barcelona (España). Durante su mandato impulsó simbólicamente la expulsión del ejército español de espacios municipales, vetando su presencia en ferias o actos públicos bajo el discurso de la desmilitarización y el pacifismo institucional.

Muchos lectores no españoles deben saber que este tipo de gestos (que en otros países podrían parecer anecdóticos) en España tienen una fuerte carga ideológica, pues implican un rechazo explícito del Estado español y sus símbolos.

Pues bien, Ada Colau participó en la célebre flotilla propalestina que intentaba llegar a Gaza y fue bloqueada por Israel. En ese momento y en ese contexto, Colau pidió la intervención del ejército español en Gaza, así como la actuación del gobierno de España, precisamente aquellos a los que tantas veces había despreciado.

La paradoja es evidente: quien ha rechazado sistemáticamente al Estado, invoca ahora su amparo como garante último, como si el poder despreciado tuviera, en cualquier caso, la obligación moral de acudir rápidamente en socorro de su niña tan rebelde como mimada.

Esta actitud no es incoherente por descuido, sino expresión de una lógica profundamente infantilizada: puedo rechazar al “padre” simbólico (el Estado, la autoridad, la ley) y, al mismo tiempo, exigirle que actúe como padre amoroso cuando me he metido en un lío, lo necesito… o, simplemente, se me antoja.

Es el gesto clásico del niño mimado: destruye lo que le sostiene… convencido de que alguien pagará los platos rotos. Las instituciones, el derecho, la civilización... son, para este tipo de sujetos, garantías eternas, no logros frágiles que pueden desaparecer si se dinamitan.

Entre la emoción y el desprecio

Otro caso, igualmente significativo, lo protagonizó Greta Thunberg. La activista publicó en redes una imagen de Evyatar David, un joven israelí secuestrado por Hamas, utilizándola para ilustrar un mensaje en apoyo a Palestina y a los presos palestinos. Tras ser advertida del paradójico error —estaba mostrando a una víctima israelí como si fuera una figura palestina—, Thunberg eliminó la publicación sin ofrecer explicación alguna.

El gesto es elocuente: ¿qué importa la realidad si la imagen ya ha activado la emoción deseada?

Una vez más, los hechos se subordinan al relato.

El niño mimado no necesita verificar: cree que basta con sentir para tener razón.

Para este tipo de sujetos, el mundo debe amoldarse a sus emociones.

La historia no es una trama compleja que exige comprensión, sino una secuencia editable al gusto, como si cada uno pudiera narrar su cuento.

No se trata de Gaza

Este texto no busca posicionarse sobre el conflicto entre Israel y Palestina.

De hecho, lo que inquieta no es la complejidad del conflicto, sino la simplicidad con la que muchos lo abordan.

Gaza es sólo el espejo donde se refleja una patología más profunda: la desconexión de parte de la conciencia pública respecto a la realidad.

Vivimos rodeados de sujetos que desprecian las estructuras que los sostienen (el derecho, la nación, la historia, la ley) convencidos de que esas estructuras van a sobrevivirles, hagan lo que hagan.

Creen que pueden insultar la cultura y luego exigir que esa misma cultura los defienda, que pueden quemar cajeros y luego reclamar al Estado becas, salud pública o vivienda.

Creen que pueden banalizar el mal y confiar en que el bien lo resolverá todo por sí solo.

Como si la civilización —su orden, su justicia, su lenguaje— fuera un decorado indestructible. Como si la historia no estuviera llena de momentos en los que todo eso se perdió… porque muchos pensaron que jamás se perdería.

¿Una nueva forma de barbarie?

Lo advertía Gustavo Bueno con su idea del pensamiento Alicia: un discurso público que vive en un cuento de hadas, donde basta con tener buenos deseos para que el mal desaparezca.

Y lo veía Ortega, cuando denunciaba el surgimiento de una generación convencida de que no debía nada al pasado, ni a nadie más que a sí misma.

Pero la realidad no siempre rescata.

Y cuando todo se rompe, no siempre hay un “papá Estado” que llegue a tiempo. A veces el adulto no llega.

Y entonces, lo que nos queda no es la revolución, ni la justicia, ni la liberación, sino la barbarie con cara de Barbie: una sonrisa pintada sobre el vacío, una conciencia infantilizada que cree que destruir es un juego, y que la historia, como el maquillaje, puede borrarse con agua.




Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 95 (Diciembre 2025), ISSN 2387-1601, pp. 42-43:

 

 Enlace Revista (formato PDF para imprimir)

https://www.los4murosdejpellicer.com/EdicionesyPortadasPD/Edicion%2095%C2%A9.pdf


martes, 6 de abril de 2021

Perros o dioses

 


Entusiasmo por la realidad (4)

 

 

Perros o Dioses

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Uno de los rasgos distintivos del hombre es que debe elegir serlo.

Después tendrá que aprender a serlo. Pero eso, como decimos, vendrá después. Para llegar a ser humano hay que empezar con la positiva decisión de querer ser persona.

El pensamiento moderno se pretende crítico y radical. Quiere remover todo. Lo humano y lo divino. Por eso Camus se centra en el único problema verdaderamente serio: saber si la vida merece la pena ser vivida. Si merece la pena tanto trajín. Que podría ser que no.

martes, 17 de noviembre de 2020

Grandeza o barbarie

Construir algo grande supone grandeza. Crear una civilización es tarea de la élite.

Algo de esto le entiendo a Le Bon. Ahí lo dejo. Por si interesa:

«Les civilisations n'ont été créées et guidées jusqu'ici que par une petite aristocratie intellectuelle, jamais par les foules. Les foules n'ont de puissance que pour détruire. Leur domination représente toujours une phase de barbarie.

Hasta ahora, las civilizaciones sólo han sido creadas y guiadas por una reducida aristocracia intelectual, jamás por las masas. Las muchedumbres sólo tienen poder para destruir. Su dominio representa siempre una fase de barbarie», Psychologie des foules.

Fuerza y declive

El impulso hacia lo mejor, en individuos y civilizaciones, es el pilar de la vitalidad. Cuando se aspira a otras cosas (la comodidad, la supervivencia, el placer, il dolce far niente…), comienza el aniquilamiento.

Algo de esto le entiendo a Le Bon. Ahí lo dejo. Por si interesa:

«La historia enseña que en el momento en el que las fuerzas morales sobre las que se apoyaba una civilización han dejado de actuar, la disolución final es efectuada por estas masas inconscientes y brutales, calificadas justamente de bárbaras.

L'histoire nous dit qu'au moment où les forces morales sur lesquelles reposait une civilisation ont perdu leur empire, la dissolution finale est effectuée par ces foules inconscientes et brutales assez justement qualifiées de barbares», Psychologie des foules.

jueves, 15 de febrero de 2018

Intimidad o barbarie

Los animales no tienen intimidad. Todo lo hacen a la vista. Por eso no se visten: su desnudez supone que no hay nada que ocultar, nada que insinuar, nada que mostrar. No hay nada más que lo que hay.
La intimidad supone un desdoblamiento. Un dentro y un fuera. Una capacidad de gestionar las dimensiones de la personalidad (ocultando, insinuando, mostrando).
Mostrar todo significa no gestionar nada… como los animales. Mostrar todo voluntariamente (vía apps móviles, internet…) significa renunciar al control de la intimidad… para hoy y para el futuro (que la red la carga el diablo).
A ese regreso al momento en que aún no vivíamos en cavernas algunos lo llaman progreso y modernidad. Será por nombres…

Algo de esto dice Vargas Llosa, si lo entiendo bien. Y ahí lo dejo. Por si interesa:

«La desaparición de lo privado, el que nadie respete la intimidad ajena, el que ella se haya convertido en una parodia que excita el interés general y haya una industria informativa que alimente sin tregua y sin límites ese voyerismo universal, es una manifestación de barbarie»,
Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo

miércoles, 15 de octubre de 2014

Demagogia y destino

«Es muy difícil salvar a una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagógos. Los demagógos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones»,

J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas.