El ministro de educación está resultando de todo menos
aburrido. Estrictamente no es que Wert sea divertido, porque en realidad lo que
dice no es para tanto. No se le ve el chiste a decir que el Estado va a
procurar que un alumno que desee estudiar en español en España pueda hacerlo.
Es verdad que, después de tanto tiempo de imposición del monopolio nacionalista,
es una novedad.
Lo que tiene guasa, y
no poca, es la bancada de enfrente. Porque claro, que Tomás Gómez un mes antes
de que acabase la ronda de consultas que abrió Wert sobre la reforma, antes de
que sistematizara las aportaciones de todo el que quiso hacerlas (entre otros, Ciudadanos para el progreso: y ahí, en
nuestro blog, están para el que quiera leerlas) y, por tanto, antes de que
hubiese un texto, ya supiera que la ley educativa más que una reforma era una
contrarreforma, tiene su gracia. Y es que con dotes de iluminado no hace falta
tomarse la molestia de leer el texto, sopesar las ideas ni minucias de ese
estilo. Basta saber que es una reforma del PP para endosarle un adjetivo
descalificativo, tildarlo de vuelta al franquismo y las siete plagas a lomos de
los cuatro caballos del Apocalipsis. En la más pura línea conocida entre
nosotros: ¿Pantano franquista? Bombas con él.