Cyrano: El amor que no pide nada
Cyrano de Bergerac se estrenó en 1897, en una época
en que el teatro realista dominaba la escena europea. En ese contexto, Edmond
Rostand recuperó el verso, la emoción y el heroísmo, pero no desde una
ingenuidad romántica, sino con lucidez y profundidad. Su obra no ignora el amor
apasionado, pero lo pone a prueba.
No repite el esquema típico del yo enamorado que exige ser
amado. Propone otra figura: alguien que, sin renunciar al amor romántico, lo
habita desde lo hondo… y lo lleva hasta su conclusión lógica: más allá de sí
mismo.
