Las panaderías no venden gasolina
Hay negocios que cambian y prosperan. La panadería de toda
la vida empieza a servir café, coloca unas mesas y convierte la compra del pan
en un momento de encuentro. La gasolinera incorpora una pequeña tienda, vende
pan recién hecho o prepara desayunos para quienes están de viaje. Han cambiado
mucho más de lo que parece, pero nadie diría que han dejado de ser una
panadería o una gasolinera.
En cambio, también existen empresas que parecen no saber ya qué son. Cada temporada prueban una idea distinta. Hoy venden una cosa, mañana otra. Abren una línea de negocio para cerrarla unos meses después. No transmiten la impresión de estar evolucionando, sino de ir tanteando a oscuras. El problema no es que cambien; el problema es que parecen haber perdido la respuesta a una pregunta elemental: ¿qué somos?
La diferencia entre unos y otros tiene menos que ver con la
innovación que con la identidad. Sólo puede cambiar con sentido quien sabe qué
permanece. La innovación no consiste en añadir cosas, sino en descubrir qué
puede transformarse sin dejar de ser uno mismo.
Toda tradición vive de cambiar; toda tradición muere cuando
ya no sabe qué está conservando.
Ese principio no vale únicamente para las empresas. También
explica la historia de nuestra cultura.
Desde hace casi tres mil años, Occidente no ha dejado de
reescribir la Odisea. Dante convirtió a Ulises en
el héroe del conocimiento, dispuesto a abandonar incluso el hogar para seguir
explorando. James Joyce descubrió que la aventura podía desarrollarse durante
un día cualquiera por las calles de Dublín. Kubrick llevó la odisea al espacio
y Kavafis hizo de Ítaca un símbolo del camino interior. Cada época cambió algo
esencial, porque cada época buscaba responder a una pregunta distinta. Pero
todas seguían dialogando con Homero. No ocultaban de dónde venían.
Eso explica por qué incluso una historia de ciencia ficción
o una invasión extraterrestre pueden ser, en el fondo, una nueva Odisea.
Cambian los escenarios, cambian los personajes y cambian los conflictos, pero
permanece una estructura reconocible que permite seguir la conversación
iniciada hace siglos.
La dificultad aparece cuando ya no sabemos distinguir entre
reinterpretar una obra y desdibujar el mundo al que pertenece. Una adaptación
puede trasladar el relato a otra época, a otra ciudad o incluso a otro
universo. Lo que no puede hacer es conservar el nombre mientras rompe la lógica
interna que daba sentido a ese nombre. Porque entonces ya no está dialogando
con la tradición; simplemente utiliza su prestigio para contar otra historia.
Quizá por eso algunas adaptaciones contemporáneas provocan
una extraña sensación de artificio. No porque cambien, sino porque uno sospecha
que esos cambios no nacen de la obra, sino de una voluntad ajena a ella. Como
esa panadería que, olvidándose del pan, quisiera competir vendiendo gasolina.
Tal vez consiguiera llamar la atención durante unos días, pero acabaríamos
preguntándonos qué clase de negocio pretende ser.
Las empresas, las instituciones y también las obras clásicas necesitan evolucionar para seguir vivas. La inmovilidad suele ser otra forma de decadencia. Pero existe una condición previa para cualquier transformación fecunda: saber quién eres. Porque solo quien conserva una identidad puede innovar sin dejar de reconocerse. Y quizá esa sea también una de las lecciones más actuales que todavía nos ofrece Homero.
Publicado en El nuevo digital, el 29 de julio de 2026:
https://elnuevodigitalmurcia.es/art/8676/una-panaderia-no-vende-gasolina

No hay comentarios:
Publicar un comentario