Ulises vuelve a Ítaca. Ha tardado veinte años, ha perdido compañeros, ha rechazado incluso la inmortalidad y por fin recupera su casa, su mujer, su hijo, su padre, su reino. Podría parecer un buen lugar para terminar la historia. Pero el tiempo no termina cuando termina la Odisea. Telémaco tendrá que hacer su vida, Laertes morirá, también Penélope, también Ulises. Y a este todavía le queda, según le anunció Tiresias, tomar un remo y caminar tierra adentro hasta encontrar hombres que no sepan siquiera qué es aquello que lleva al hombro.
Quizá Homero no necesite contarnos mucho más. Ulises hizo lo que estaba en su mano: salió de casa, atravesó el mundo, se equivocó, aprendió sus límites y regresó para ocupar de nuevo su lugar. También nosotros podemos cuidar a quienes queremos, construir un hogar, cumplir nuestras responsabilidades e intentar llegar a ser quienes estamos llamados a ser. Lo que no podemos es conseguir que quienes amamos permanezcan siempre a nuestro lado ni detener el tiempo cuando por fin hemos llegado a Ítaca. Hay un límite para nuestra voluntad y nuestro poder. Después, los dioses dirán.