¿El amor es “cuchi-cuchi”… o puede
salvar? (I)
De la fascinación a la
transformación
(Primera parte
de un artículo en dos entregas. En esta sección recorremos los primeros
peldaños de lo que podría llamarse “la escalera del amor”. En la segunda parte
abordaremos su forma más alta: la gracia y la salvación.)
Hay una idea del amor
que nos resulta muy cómoda.
El amor como emoción
agradable. Como confirmación del propio valor. Como lugar donde me dicen que
soy suficiente.
El amor como
“cuchi-cuchi”, en suma.
Pero la literatura seria va más allá. En las obras que hemos recorrido en Tinta y Caos aparece otra cosa: una escalera. Un ascenso exigente que va desde la fascinación romántica hasta una pregunta más honda: ¿puede el amor salvarnos?
1. El amor como exaltación romántica
En Romeo y Julieta
de Shakespeare el amor irrumpe como absoluto inmediato.
Romeo y Julieta se
reconocen, se eligen y todo lo demás pierde consistencia: ser Capuleto o ser
Montesco no es nada; sólo cuenta el sentimiento infinito que experimentan.
Ese modo de amar
coloca la experiencia interior como fundamento último. El individuo enamorado
se convierte en medida de la realidad. Y, por tanto, la estructura en la que se
insertan los individuos —familia, apellido, tradición, orden social— queda relativizada
en nombre del sentimiento.
No es que el amor “no
haya tenido tiempo” de madurar. Es que nace ya como principio soberano y, por
tanto, no tiene más recorrido.
Cuando Romeo dice que
dejará de ser Montesco si Julieta lo llama suyo, está afirmando algo más que
una declaración apasionada: está proclamando que la identidad heredada no tiene
peso frente al sentimiento presente.
El amor, así vivido,
no se integra en la estructura; la desborda y la niega.
Shakespeare no
ridiculiza la intensidad de Romeo y Julieta. La muestra en toda su
fuerza. El problema no es que el amor comience por la belleza, por la
atracción, por el deslumbramiento sensible. Eso es natural. Todo amor humano
comienza ahí.
Lo decisivo es otra
cosa: si ese primer movimiento se absolutiza o si se entiende como inicio de un
recorrido.
Si se absolutiza,
entonces el sentimiento se convierte en fundamento último. El individuo
enamorado se afirma como única medida y todo lo demás —familia, tradición,
estructura social— queda negado en nombre de la emoción presente. Ese amor no
tiene recorrido: se consume en su propia intensidad.
Pero si ese amor
sensible se reconoce como inicio, entonces no es absoluto. Necesita ser
profundizado. La belleza física atrae, pero no agota la realidad de la persona;
la invita a ser descubierta. El amor comienza fijándose en la apariencia, pero
está llamado a ascender hacia la psicología, el carácter, la verdad interior.
Ahí aparece como una
profundización, como una escalera.
El problema en Romeo
y Julieta no es que el amor empiece por el sentimiento, sino que se
pretende que el sentimiento baste. Y cuando el sentimiento se erige en
absoluto, no construye estructura: la desborda y la rompe.
2. El amor como aventura y
profundización
En Cyrano de
Bergerac de Edmond Rostand encontramos ya un movimiento ascendente.
Roxana se enamora
primero de la belleza física de Christian. Pero pronto su amor se desplaza
hacia las palabras, hacia el espíritu que cree descubrir en él. Ama una imagen
compuesta: el rostro de Christian y el alma que en realidad pertenece a Cyrano.
Aquí el amor sensible
no es negado; es profundizado.
Sin embargo, quien
encarna verdaderamente este segundo nivel no es Roxana, sino Cyrano.
Cyrano no se limita a
sentir: actúa, se compromete, se arriesga. Decide ponerse al servicio de la
felicidad de Roxana: «Por tu felicidad daría yo la mía». Y lo cumple. Queda en
la sombra, renuncia a la posesión, domina su orgullo herido.
El amor deja de ser
arrebato pasivo y se convierte en empresa, en aventura en el sentido fuerte:
entrar en la historia del otro, asumir consecuencias, aceptar incluso la
pérdida.
Amar ya no es sólo
algo que me ocurre; es algo que hago. Y al hacerlo, el amante empieza a
construirse a sí mismo.
3. El amor como transformación (o su
límite)
Cuando el amor exige
participar y actuar, ocurre algo decisivo: para servir realmente al otro, el
amante tiene que transformarse.
Reordenar prioridades.
Modificar hábitos. Revisar el propio carácter. El amor verdadero no es
compatible con la autosuficiencia intacta.
Cyrano acepta esa
transformación, aunque le cueste la felicidad. Su amor incondicional lo
edifica: lo hace digno, lo hace grande.
Miremos ahora el
contraste con Don Juan Tenorio de Zorrilla.
Cuando Don Juan entra
en contacto con Doña Inés, por primera vez algo nuevo irrumpe en su vida de
conquista. Vislumbra la posibilidad de una existencia distinta. El amor lo
descoloca. Pero no reorganiza su vida.
Conserva intactos el
orgullo, la violencia, la lógica de seducción. Cuando surge el conflicto,
reacciona como siempre: duelo, muerte, huida.
El amor había abierto
una puerta. Él no la cruzó.
Aquí aparece la verdad
más incómoda del amor: no basta sentir, ni siquiera hacer cosas por el otro.
Amar exige que yo cambie, que me convierta en alguien que el otro pueda
necesitar de verdad.
Cyrano acepta esa
tarea. Don Juan la rehúye.
Y ahí se produce la
tragedia: pierde a Inés porque se pierde a sí mismo.
* * *
(En la segunda
parte veremos si el amor termina necesariamente ahí —en el límite de nuestras
fuerzas— o si puede abrir algo que nos desborda.)

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