lunes, 16 de febrero de 2026

¿El amor es “cuchi-cuchi”… o puede salvar? (I/2)

 




¿El amor es “cuchi-cuchi”… o puede salvar? (I)

De la fascinación a la transformación

(Primera parte de un artículo en dos entregas. En esta sección recorremos los primeros peldaños de lo que podría llamarse “la escalera del amor”. En la segunda parte abordaremos su forma más alta: la gracia y la salvación.)

 

 

 

Hay una idea del amor que nos resulta muy cómoda.

El amor como emoción agradable. Como confirmación del propio valor. Como lugar donde me dicen que soy suficiente.

El amor como “cuchi-cuchi”, en suma.

Pero la literatura seria va más allá. En las obras que hemos recorrido en Tinta y Caos aparece otra cosa: una escalera. Un ascenso exigente que va desde la fascinación romántica hasta una pregunta más honda: ¿puede el amor salvarnos?

1. El amor como exaltación romántica

En Romeo y Julieta de Shakespeare el amor irrumpe como absoluto inmediato.

Romeo y Julieta se reconocen, se eligen y todo lo demás pierde consistencia: ser Capuleto o ser Montesco no es nada; sólo cuenta el sentimiento infinito que experimentan.

Ese modo de amar coloca la experiencia interior como fundamento último. El individuo enamorado se convierte en medida de la realidad. Y, por tanto, la estructura en la que se insertan los individuos —familia, apellido, tradición, orden social— queda relativizada en nombre del sentimiento.

No es que el amor “no haya tenido tiempo” de madurar. Es que nace ya como principio soberano y, por tanto, no tiene más recorrido.

Cuando Romeo dice que dejará de ser Montesco si Julieta lo llama suyo, está afirmando algo más que una declaración apasionada: está proclamando que la identidad heredada no tiene peso frente al sentimiento presente.

El amor, así vivido, no se integra en la estructura; la desborda y la niega.

Shakespeare no ridiculiza la intensidad de Romeo y Julieta. La muestra en toda su fuerza. El problema no es que el amor comience por la belleza, por la atracción, por el deslumbramiento sensible. Eso es natural. Todo amor humano comienza ahí.

Lo decisivo es otra cosa: si ese primer movimiento se absolutiza o si se entiende como inicio de un recorrido.

Si se absolutiza, entonces el sentimiento se convierte en fundamento último. El individuo enamorado se afirma como única medida y todo lo demás —familia, tradición, estructura social— queda negado en nombre de la emoción presente. Ese amor no tiene recorrido: se consume en su propia intensidad.

Pero si ese amor sensible se reconoce como inicio, entonces no es absoluto. Necesita ser profundizado. La belleza física atrae, pero no agota la realidad de la persona; la invita a ser descubierta. El amor comienza fijándose en la apariencia, pero está llamado a ascender hacia la psicología, el carácter, la verdad interior.

Ahí aparece como una profundización, como una escalera.

El problema en Romeo y Julieta no es que el amor empiece por el sentimiento, sino que se pretende que el sentimiento baste. Y cuando el sentimiento se erige en absoluto, no construye estructura: la desborda y la rompe.

 

2. El amor como aventura y profundización

En Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand encontramos ya un movimiento ascendente.

Roxana se enamora primero de la belleza física de Christian. Pero pronto su amor se desplaza hacia las palabras, hacia el espíritu que cree descubrir en él. Ama una imagen compuesta: el rostro de Christian y el alma que en realidad pertenece a Cyrano.

Aquí el amor sensible no es negado; es profundizado.

Sin embargo, quien encarna verdaderamente este segundo nivel no es Roxana, sino Cyrano.

Cyrano no se limita a sentir: actúa, se compromete, se arriesga. Decide ponerse al servicio de la felicidad de Roxana: «Por tu felicidad daría yo la mía». Y lo cumple. Queda en la sombra, renuncia a la posesión, domina su orgullo herido.

El amor deja de ser arrebato pasivo y se convierte en empresa, en aventura en el sentido fuerte: entrar en la historia del otro, asumir consecuencias, aceptar incluso la pérdida.

Amar ya no es sólo algo que me ocurre; es algo que hago. Y al hacerlo, el amante empieza a construirse a sí mismo.

3. El amor como transformación (o su límite)

Cuando el amor exige participar y actuar, ocurre algo decisivo: para servir realmente al otro, el amante tiene que transformarse.

Reordenar prioridades. Modificar hábitos. Revisar el propio carácter. El amor verdadero no es compatible con la autosuficiencia intacta.

Cyrano acepta esa transformación, aunque le cueste la felicidad. Su amor incondicional lo edifica: lo hace digno, lo hace grande.

Miremos ahora el contraste con Don Juan Tenorio de Zorrilla.

Cuando Don Juan entra en contacto con Doña Inés, por primera vez algo nuevo irrumpe en su vida de conquista. Vislumbra la posibilidad de una existencia distinta. El amor lo descoloca. Pero no reorganiza su vida.

Conserva intactos el orgullo, la violencia, la lógica de seducción. Cuando surge el conflicto, reacciona como siempre: duelo, muerte, huida.

El amor había abierto una puerta. Él no la cruzó.

Aquí aparece la verdad más incómoda del amor: no basta sentir, ni siquiera hacer cosas por el otro. Amar exige que yo cambie, que me convierta en alguien que el otro pueda necesitar de verdad.

Cyrano acepta esa tarea. Don Juan la rehúye.

Y ahí se produce la tragedia: pierde a Inés porque se pierde a sí mismo.

 

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(En la segunda parte veremos si el amor termina necesariamente ahí —en el límite de nuestras fuerzas— o si puede abrir algo que nos desborda.)


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