El emperador está desnudo: la mentira que todos ven
Hay situaciones
curiosas que todos hemos experimentado alguna vez. Algo ocurre delante de
nosotros, todos lo vemos, es evidente… y sin embargo nadie dice nada. No porque
sea complicado, sino porque nadie quiere ser el primero en señalarlo.
Los ingleses tienen una expresión muy gráfica para describir esto: the elephant in the room, el elefante en la habitación. Un problema enorme, visible para todos, pero del que nadie habla.
Esta situación tan
humana aparece en uno de los cuentos más conocidos de la literatura: El
traje nuevo del emperador, publicado en 1837 por Hans Christian
Andersen.
El relato es muy
conocido. Dos estafadores llegan a la corte de un emperador vanidoso y anuncian
que son capaces de fabricar una tela extraordinaria: una tela invisible para
los tontos o para quienes no son dignos de su cargo. El emperador no ve nada,
pero no quiere parecer tonto y afirma que la tela es magnífica. Los ministros
tampoco ven nada, pero no quieren parecer indignos. Poco a poco toda la corte
participa en la ficción hasta que llega el momento culminante: el emperador
desfila ante el pueblo con su traje nuevo… que en realidad no existe.
Todo el mundo lo ve,
pero nadie dice nada. Hasta que un niño rompe el silencio: “El emperador
está desnudo”.
Un cuento mucho más antiguo
Aunque solemos asociar
este relato a Andersen, el motivo es mucho más antiguo. Aparece ya en la
literatura medieval española, en El conde Lucanor, la célebre
colección de cuentos de Don Juan Manuel.
En esa versión la tela
mágica es invisible para los bastardos, es decir, para quienes no son hijos
legítimos de su padre. Naturalmente nadie se atreve a reconocer que no ve nada,
porque hacerlo supondría poner en duda su propio linaje.
El mecanismo narrativo
es el mismo: un engaño basado en un miedo social muy profundo.
En el mundo medieval
ese miedo tiene que ver con el honor y la legitimidad familiar. En la
versión moderna de Andersen el miedo es distinto: el miedo a parecer tonto, a
parecer indigno del cargo, a perder prestigio social. Ya no está en juego el
linaje, sino la inteligencia y la reputación.
Quién puede decir la verdad
Hay otro detalle
interesante en esta tradición. En la versión medieval quien denuncia el engaño
no es un niño, sino un negro, alguien
que está fuera del sistema social. Es decir, alguien que no participa en el
juego del prestigio y por tanto no tiene nada que perder.
Andersen sustituye esa
figura por un niño. El efecto es muy parecido. El niño todavía no pertenece al
sistema de prestigio social: no tiene reputación que defender ni posición que
proteger. Precisamente por eso puede decir lo que todos ven pero nadie se
atreve a decir.
La diferencia inquietante de Andersen
Pero Andersen
introduce una variación muy significativa.
En los relatos
medievales, cuando se descubre el engaño se intenta restablecer el orden
social. La verdad tiene consecuencias: los estafadores son castigados y el
orden vuelve a imponerse.
En el cuento de
Andersen ocurre algo más inquietante.
El niño dice la
verdad. Todos se dan cuenta del engaño. Todos comprenden que el emperador está
desnudo… y sin embargo el desfile continúa. El emperador sigue caminando. La
corte sigue fingiendo. La procesión sigue adelante.
Como dicen los ingleses: the show must go on.
Esta pequeña variación
señala algo profundo. En el mundo medieval el engaño puede aparecer, pero la
verdad acaba imponiéndose. En el mundo moderno, sugiere Andersen, una sociedad
puede ver la verdad y seguir fingiendo.
Una ficción colectiva
Por eso este cuento
puede resultar inquietante. No habla sólo de un emperador vanidoso y de una
corte aduladora. Habla de algo profundamente humano.
Hay momentos en los
que una sociedad entera ve algo como evidente y mira hacia otro lado. Todos
esperan que sea otro quien lo señale. Y mientras tanto la ficción continúa.
El emperador sigue
desfilando y la corte sigue aplaudiendo.
Tal vez por eso este
cuento escrito en 1837 sigue resultando tan actual. El problema no es que haya
estafadores. Estafadores ha habido siempre. El problema aparece cuando la
opinión pública pesa más que la realidad, cuando la presión social pesa más que
la verdad.
Entonces ocurre algo
extraño: todos ven lo mismo y todos participan en la ficción.
Y sin embargo basta
con que alguien diga la verdad —lo evidente— para que nos demos cuenta de la
ficción en la que vivimos.

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