Cuando el diagnóstico no es común
Manuel Ballester
Algo parecido ocurre en la vida social y económica. Los datos circulan, los indicadores se publican, las cifras se debaten hasta el último decimal. Y, sin embargo, el acuerdo sobre lo que realmente está ocurriendo brilla por su ausencia.
Sabemos que el dato solo no basta. Entre los hechos y la
decisión hay un paso intermedio decisivo: el diagnóstico. No se trata de añadir
opinión personal, sino de dar sentido coherente a lo que vemos. ¿Es esto un
ajuste temporal necesario o el síntoma de un deterioro estructural? ¿Estamos
ante una corrección de ciclo o ante el comienzo de una crisis de mayor calado?
Aquí aparece la dificultad de fondo. Dos personas pueden
mirar los mismos números —inflación, desempleo, deuda pública, productividad— y
llegar a conclusiones radicalmente opuestas. Lo que para unos es un
“saneamiento ineludible”, para otros es ya “el desmantelamiento del Estado de
bienestar”.
No discutimos solo conclusiones: discutimos desde marcos
interpretativos distintos. Cuando esos marcos no se comparten, la discusión
pierde punto de apoyo. Lo que para uno es evidente, para otro resulta
irrelevante o directamente falso. El desacuerdo deja de ser una diferencia de
juicio para convertirse en una distancia de fondo.
En una sociedad abierta y plural, aspirar a un diagnóstico
común sigue siendo necesario, pero también ilusorio en muchos casos. No toda
discrepancia es transitoria ni se resuelve con más datos o mejores argumentos.
Por eso, la verdadera cuestión no es sólo si logramos ponernos de acuerdo sobre
“qué está pasando”, sino algo previo y más decisivo: cómo actuar y cooperar
cuando el diagnóstico no es compartido.
La vida económica no puede paralizarse a la espera de un
consenso pleno. Las empresas deben invertir, los gobiernos decidir
presupuestos, los bancos centrales fijar tipos de interés. No actuar también es
actuar. Y aquí entra en juego un elemento menos visible pero fundamental: la
confianza.
La economía descansa sobre expectativas compartidas: que los
contratos se cumplirán, que las reglas del juego no cambiarán arbitrariamente
de un día para otro, que las instituciones responderán de forma predecible. Esa
trama de confianza no se construye con argumentos filosóficos, sino en la
práctica cotidiana, a través de instituciones creíbles, liderazgos responsables
y prácticas consistentes a lo largo del tiempo.
Por eso, cuando los diagnósticos divergen profundamente, la
pregunta clave no es únicamente “¿quién tiene razón?”, sino “¿con quién es
posible construir acuerdos estables a pesar del desacuerdo?”.
No todos los desacuerdos son iguales. Hay diferencias que
pueden trabajarse mediante negociación y compromiso; hay otras que, por la
forma en que se sostienen (radicalismo, negación sistemática de la realidad,
erosión deliberada de las instituciones), hacen muy difícil la cooperación
futura.
Comprender la posición del otro sigue siendo indispensable.
Antes de rechazar una visión, conviene reconstruirla en su mejor versión. Pero
comprender no equivale a relativizarlo todo ni a fingir que todas las
posiciones son igualmente compatibles con la confianza y la estabilidad.
Una sociedad puede compartir estadísticas y, sin embargo, no
compartir diagnósticos. Puede discutir indefinidamente sin orientarse. Pero
difícilmente podrá sostener una vida económica y social estable si no es capaz
de identificar, con cierta claridad, en qué espacios, con qué personas y con
qué instituciones sigue siendo posible confiar y cooperar.
Porque, al final, ¿qué nos sostiene cuando los diagnósticos no coinciden: la razón compartida o la confianza que aún podemos construir juntos?
Publicado en nuevo digital, 22/04/2026:
https://elnuevodigitalmurcia.es/art/7749/cuando-el-diagnostico-no-es-comun
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