jueves, 5 de noviembre de 2026

Casandra: la verdad que no queremos escuchar

 





Imagina que sabes que va a ocurrir una desgracia. No lo sospechas, no tienes un mal presentimiento: lo sabes. Intentas advertir a quienes te rodean, les explicas lo que va a suceder, les ruegas que te escuchen. Pero nadie te cree. Algunos se ríen, otros se enfadan y otros te compadecen porque piensan que has perdido la cabeza.

Esta es la situación de Casandra, uno de los personajes más trágicos de la mitología griega. Y su historia plantea un problema que nos afecta más de lo que parece. Porque quizá la cuestión no sea por qué nadie quiso escuchar a Casandra, sino si nosotros la habríamos escuchado.

La desgracia de tener razón

Casandra era hija de Príamo, rey de Troya. Según una de las versiones del mito, Apolo le concedió el don de la profecía. Pero, cuando ella rechazó sus pretensiones amorosas, el dios la castigó de una manera terrible: no le retiró el don, sino que la condenó a que nadie creyera sus palabras.

Conocer una desgracia futura es terrible. Conocerla, poder advertir a los demás y descubrir que nadie te escucha debe de ser todavía peor.

Después de años de guerra, los griegos abandonan aparentemente el asedio de Troya y dejan un gigantesco caballo de madera. Los troyanos creen que han vencido y celebran el final de sus sufrimientos. Solo Casandra advierte que el caballo es una trampa. Nadie le hace caso.

Sabemos cómo termina la historia. Los soldados griegos salen del caballo durante la noche y Troya es destruida.

Casandra tenía razón. Pero tener razón no le sirvió de nada. O, mejor dicho, le sirvió para sufrir todavía más.

Cuando lo normal parece verdadero

¿Por qué no la escucharon? El mito ofrece una respuesta: Apolo la había condenado a no ser creída. Pero podemos hacernos otra pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto escuchar a quien contradice lo que todos creemos?

Hay algo muy cómodo en vivir rodeados de personas que piensan como nosotros. Hacemos lo que se hace, decimos lo que se dice, pensamos lo que se piensa. Y las cosas nos parecen normales precisamente porque todo el mundo las considera normales.

Pero ¿qué significa que algo sea normal?

A veces significa simplemente que estamos acostumbrados a ello. Que siempre se ha hecho así. Que todo el mundo lo hace.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, pasamos de una afirmación a otra muy distinta: de «esto es lo que se hace» a «esto es lo que debe hacerse».

Sin embargo, que algo sea habitual no significa que sea bueno. Y que todos estén de acuerdo no significa que tengan razón.

Pensemos en las sociedades esclavistas. Para nosotros resulta relativamente fácil reconocer la injusticia de que un ser humano sea propiedad de otro. Pero quienes habían nacido en aquellas sociedades encontraban la esclavitud formando parte de su vida cotidiana, de sus leyes y de sus costumbres.

Lo inquietante es preguntarnos qué prácticas nuestras, perfectamente normales a nuestros ojos, resultarían aberrantes para alguien que nos contemplara desde otra época o desde otra sociedad.

No se trata de desconfiar sistemáticamente de nuestras costumbres. Se trata de reconocer que la costumbre no garantiza la verdad.

La literatura ha encontrado un procedimiento especialmente ingenioso para ayudarnos a descubrirlo: mirar nuestra sociedad con los ojos de un extranjero.

Montesquieu lo hizo en sus Cartas persas y José Cadalso en sus Cartas marruecas. Sus personajes observan costumbres que los habitantes del país consideran naturales y formulan preguntas que estos hace tiempo que dejaron de hacerse.

El extranjero tiene una ventaja: todavía no ha aprendido a considerar normales nuestras rarezas.

Pero Casandra no era extranjera. Era troyana. Compartía la lengua, las costumbres y la historia de sus compatriotas. Y, sin embargo, veía algo que los demás no querían ver.

Eso resulta todavía más difícil de aceptar.

La voz del que sabe

Algo semejante sucede cuando un padre advierte a su hijo de que está a punto de cometer un error. Ha vivido situaciones parecidas, quizá se ha equivocado él mismo, y trata de transmitir lo que ha aprendido. Pero el hijo piensa que su padre pertenece a otro tiempo y que ahora las cosas son diferentes.

Tal vez tenga razón: los padres también se equivocan. La experiencia puede proporcionar sabiduría, pero no garantiza la infalibilidad.

También ocurre entre el maestro y el discípulo. El maestro intenta transmitir algo que ha tardado años en comprender. El alumno escucha, pero quizá todavía no puede reconocer su importancia. A veces necesita tiempo, experiencia e incluso equivocarse para comprender finalmente aquella enseñanza.

Aquí aparece una cuestión decisiva: cuando un padre o un maestro dicen algo verdadero, esa verdad no les pertenece.

No es verdad porque lo diga mi padre, mi maestro o Casandra. Es verdad porque las cosas son así.

Casandra es una profetisa. No anuncia la destrucción de Troya porque haya realizado un razonamiento especialmente inteligente. Habla desde un conocimiento que le ha sido concedido. Su voz transmite algo que no procede de ella.

Podemos recordar aquí la figura antigua del poeta. Homero comienza la Ilíada invocando a la diosa para que cante la cólera de Aquiles y la Odisea invocando a la Musa para que cuente las aventuras de Odiseo.

El poeta y el profeta no son lo mismo, pero ambos pueden presentarse como portavoces de una voz que los supera.

En un sentido diferente, también el maestro presta su voz a una verdad que no ha creado. La ha descubierto, la ha comprendido y trata de ayudar a otros a reconocerla.

Pero esto exige una precisión fundamental: que alguien afirme hablar en nombre de la verdad no significa que tenga razón.

Un impostor puede presentarse como profeta. Un maestro puede equivocarse. Un padre también.

Por eso no basta con preguntar quién habla. Hay que preguntarse si lo que dice es verdadero.

La dificultad de reconocer un error

Nuestra resistencia a la verdad no aparece únicamente ante las grandes cuestiones de la existencia. A veces se manifiesta en asuntos insignificantes.

¿Nunca has corregido una falta de ortografía y te han respondido que eso da igual, que lo importante es que se entienda?

Es posible que el texto se entienda perfectamente. Pero no estábamos hablando de eso. Estábamos hablando de si una palabra estaba bien o mal escrita.

En lugar de reconocer el error, cambiamos el asunto de la conversación.

Es una reacción profundamente humana. Nos cuesta aceptar que nos hemos equivocado, incluso cuando el error resulta evidente.

Quizá nuestra disposición a escuchar a Casandra comience en algo tan pequeño como una tilde.

Ahora bien, de todo esto podríamos extraer una conclusión equivocada: pensar que quienes llevan la contraria a la mayoría tienen más posibilidades de estar en lo cierto.

No es así. También se equivoca quien contradice a todo el mundo. Y hay ideas generalmente aceptadas por una razón muy sencilla: porque son verdaderas.

La independencia de pensamiento no consiste en llevar sistemáticamente la contraria.

Casandra no tenía razón porque nadie la creyera. Tenía razón porque lo que decía era verdad.

¿Habríamos escuchado a Casandra?

Nosotros conocemos el final de la historia. Sabemos que el caballo escondía soldados y que Troya sería destruida. Por eso nos resulta tan fácil reconocer que Casandra tenía razón.

Pero imaginemos que estamos dentro de la ciudad.

Llevamos diez años de guerra, sufrimiento y pérdidas. De pronto, los enemigos desaparecen. Todos celebran la victoria. Por fin parece que podremos recuperar nuestra vida.

Y entonces una mujer comienza a gritar que estamos a punto de ser destruidos.

¿La escucharíamos?

No tenemos el don de Casandra. No podemos saber de antemano quién tiene razón. Pero hay algo que sí podemos hacer: distinguir entre creer a alguien y estar dispuestos a escuchar lo que dice.

Escuchar no significa aceptar sin más. Significa considerar seriamente la posibilidad de que el otro tenga razón, examinar nuestras convicciones en lugar de protegerlas simplemente porque son nuestras y reconocer que podemos estar equivocados.

Esto exige algo más que inteligencia. Exige una disposición que no siempre resulta cómoda.

La tragedia de Casandra fue conocer la verdad y no conseguir que nadie la escuchara. Pero la tragedia de los troyanos fue todavía más terrible: tenían delante una advertencia verdadera y fueron incapaces de reconocerla.

Es fácil escuchar a Casandra cuando denuncia los errores de otros. Lo difícil es escucharla cuando habla de los nuestros.

Quizá todos hayamos sido alguna vez troyanos. Alguien nos advirtió de algo, no quisimos escucharlo y solo después, demasiado tarde, descubrimos que tenía razón.

La cuestión es si podemos aprender a escuchar antes de que vuelva a ocurrirnos.


He desarrollado estas ideas en mi canal de youtube:

https://youtu.be/dQx5HXFZGUg


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