lunes, 5 de febrero de 2024

Las Partículas elementales y el mundo humano

 



 

Las Partículas elementales y el mundo humano

 

 


 Manuel Ballester



Occidente se muere. No es la primera vez: Agustín de Hipona escribe el De quivitate Dei para explicar que la causa hay que buscarla no sólo en el ataque externo sino en la descomposición interna.

Sea como fuere, Occidente, insensiblemente, se muere.

Michel Houellebecq (1958) levanta acta de este proceso. Como decía Spinoza que hay que obrar: nec ridere, nec lugere: intelligere tantum, como un notario, con la fría voz del galeno que describe el estado y evolución a un enfermo terminal.

Occidente se muere. Occidente es nuestro mundo, la matriz cultural que vehicula nuestras vidas y nos hace sentir y entender humanamente, comprender el sentido del mundo y nuestro lugar en él que, al final y al cabo, será el sentido de nuestra vida. Todo eso o algo de eso es Occidente. Si ese horizonte de comprensión desaparece, ¿Qué queda?, ¿Qué será de nosotros?

Si no me equivoco, desde esta perspectiva puede leerse Las partículas elementales (1998), la segunda novela de Houellebecq.

Occidente es fruto de Atenas, Jerusalén y Roma. El derecho romano constituye un ordenamiento jurídico que genera seguridad y estabilidad en la vida en sociedad. Grecia aporta la superación de las visiones parciales, las opiniones, cuando descubre la verdad, la razón común y, por tanto, universal que, en griego, se dice katholikos, καθολικός. El cristianismo incorpora a Occidente la idea de que cada hombre ha sido amado y creado libre: posee dignidad propia; libre, dueño de sí y sus actos, puede renegar de su origen, del amor y de su vida y de Dios; y puede arrepentirse: será perdonado, porque por encima de todo es amado con un Amor eterno que es la esencia del Dios que es el motor que mueve el cielo y la tierra o, como dice Dante, che move il sole e l'altre stelle.

Cuando se desmonta un mecanismo, al final llegamos a partes minúsculas, componentes básicos o, como diría Houellebecq, a partículas elementales… pero entonces ocurre que el mecanismo ya no funciona. La magia, la vida y el alma, eran algo más.

Bruno y Michel son hermanos. Hijos de distinto padre y de Janine, una mujer inteligente pero existencialmente arrollada por el espíritu de “Mayo del 68”. Centrada en ampliar su campo de experimentación y conciencia mediante el sexo y las drogas en comunas hippies y contextos comunistas; en resumen: centrada en sí misma según los cánones de su tiempo y, por tanto, sin el más mínimo interés por sus hijos. De ahí que la abuela de Michel considere que los hermanastros han sido «víctimas de aquella madre desnaturalizada» que vivió al rebufo de las ideas “progresistas” entonces vigentes.

Houellebecq tiene agudas reflexiones sobre este particular. Así, por ejemplo, señala que «es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trataba de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo». Janine y su generación, así como sus hijos han heredado precisamente un individualismo cada vez más acentuado, una tendencia creciente a constituirse en centro y criterio de sus respectivas vidas. Sigamos el relato.

Quedan así los hermanos “emancipados” de su madre y, de hecho, de sus respectivos padres. Son realmente unas unidades mínimas, unas partículas elementales de la sociedad, unos átomos sociales o, por emplear la terminología al uso, son individuos en sentido estricto. Individuos que, a su pesar, reproducen el mismo enfoque de su madre ya que han de centrarse en sí mismos, han de aprender por sí mismos el arduo camino de la vida.

Así las cosas, ¿Qué hacer? ¿Cómo orientar la vida? Obviamente, buscando lo más gratificante: «A la mayoría de los individuos que Bruno tuvo ocasión de frecuentar en el curso de su vida los motivaba exclusivamente la búsqueda del placer […] Así se desplegaban distintas estrategias, calificadas de vidas humanas».

Bruno y Michel encarnan dos “estrategias” de búsqueda del placer, dos modalidades básicas, dos tipos de vida. Bruno, profesor de literatura, explora el mundo del erotismo en todas su formas. Michel, que de niño «absorbe conocimientos», se convierte en prestigioso investigador en biología, orienta su vida hacia la ciencia.

Conocimiento no es sabiduría. Así, Michel vive «su vida humana solo, en un vacío sideral. Había contribuido al progreso del conocimiento; era su vocación, era la manera que había encontrado para expresar sus dones naturales; pero no había conocido el amor». Este modo de enfocar la vida es meritorio en cuanto que aspira a desarrollar las más altas cotas posibles de inteligencia pero… no parece muy inteligente vivir una vida así. Por eso en Michel, en una vida centrada en el trabajo, había «algo espantosamente triste […] creo que era el ser más triste que he conocido en mi vida, y aún así la palabra tristeza me parece demasiado suave; más bien debería decirse que había en él algo destruido, completamente arrasado».

La estrategia de Bruno es más básica. Y más habitual. Se casa, tiene un hijo, prioriza la dimensión sexual. Pero «los hombres no hacen el amor porque estén enamorados, sino porque están excitados». Junto a abundantes contactos sexuales, a una «sexualidad socialdemócrata», Bruno también acaba fracasando vitalmente.

Bruno llora su frustración ante su cerebral hermano:

«quería volver a ser una persona.

Una mónada… dijo Michel en voz baja».

Bruno experimenta el derrumbe vital. Siente que no es persona. Michel lo interpreta con fría lucidez: una mónada, una partícula elemental.

Bruno, que ha desplegado una estrategia vital basada en la consecución del mayor placer sexual posible, llega a la situación lógica: se cierra sobre sí mismo, se aísla. Puede disfrutar, excitarse pero amar (a alguien, la mujer, el hijo) supone lo contrario: apertura, salir de sí, acoger al otro… y dejarse acoger, permitir que nos amen. Bruno disfruta y se angustia: siente que no es una persona, ser persona es acoger al amado y dejarse acoger; ser persona es establecer vínculos, es concebir la existencia como una relación basada en el amor.

Ambas estrategias vitales han roto los puentes con el amor; y algo de esto era uno de los pilares de Occidente. Ambos tipos de vida han aislado al individuo respecto a la realidad (del cosmos y del mundo humano) y eso es la verdad, frente a las opiniones, frente a la postverdad; y este era otro fundamento de Occidente. Así van cayendo una a una, insensiblemente, las bases de nuestro estilo de vida.

Houellebecq escribe con «la lucidez de los depresivos», con la precisión que un antropólogo clasificaría vasijas, ritos o usos sexuales de una remota tribu. Se ocupa de nosotros: «Este libro está dedicado al hombre», «esa especie dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono que, sin embargo, tenía tantas aspiraciones nobles […] que no dejó nunca de creer en la bondad y en el amor».

Ve el fin inevitable. Hay en Houellebecq brillantez, comprensión de los procesos históricos y culturales, interpretación exacta del momento en que vivimos.

No hay tristeza, ni derrotismo (nec ridere, nec lugere): simplemente levanta acta (intelligere tantum). No hay el desánimo ante una esperanza que se truncó como ocurre con la desgracia, que «alcanza su punto más alto cuando hemos visto, lo bastante cerca, la posibilidad práctica de la felicidad».

En Houellebecq no hay, finalmente, tampoco esperanza de que Occidente, Atenas, Jerusalén, Roma, vuelva a encontrarse a sí mismo, vuelva a entroncar con la fuente de vitalidad que podría renovarlo y volver a hacerlo grande. Y esto también podría ser.



Publicado en Letras de Parnaso, Año VIII (II Etapa), febrero 2024, nº 84, pp. 108-109


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