La zorra y las uvas:
la mentira que nos contamos a nosotros mismos
Hay una forma de mentira que no necesita engañar a nadie.
Basta con que nos convenza a nosotros mismos. Y eso es lo inquietante, porque
aquí no hay nadie más a quien convencer.
Y sin embargo, el engaño ocurre.
Pocas historias lo muestran con tanta claridad como una fábula bien conocida: La zorra y las uvas.
Una zorra ve un racimo de uvas altas, tentadoras, maduras.
Salta. Vuelve a saltar. No llega. Entonces se aleja y dice con desdén: “No
estaban maduras”.
La moraleja clásica es conocida: despreciamos lo que no
podemos alcanzar. Cuando algo se nos resiste, dejamos de desearlo o fingimos
que nunca lo deseamos de verdad.
Pero quizá no sea tan simple.
Lo interesante no es que la zorra no llegue. Eso es lo de menos. Lo
importante es lo que hace después. No dice: “no llego”. Dice: “no valen”.
Cambia el objeto, no su capacidad.
Y en ese gesto ocurre algo decisivo: una reorganización de la realidad para
proteger la imagen de uno mismo.
Si recorremos las distintas versiones de la fábula, este mecanismo se vuelve
aún más visible.
En Esopo, la escena es seca, casi brutal. La zorra tiene hambre, intenta
alcanzar las uvas y concluye: “están verdes”. La incapacidad no se reconoce; se
desplaza. No es “yo no puedo”, sino “no merece la pena”.
Babrio introduce un matiz: la zorra ya no es solo un animal hambriento, sino
astuto. El foco se desplaza hacia la forma en que elaboramos la frustración.
Y entonces llega Jean de La Fontaine, que transforma la fábula por completo.
Ya no hay una moraleja cerrada, sino una pregunta: ¿no hizo bien la zorra en
decir eso, en lugar de quejarse?
La responsabilidad pasa entonces del personaje al lector. La fábula deja de
ser un relato sobre una zorra y se convierte en una pregunta sobre nosotros.
Porque todos hemos dicho alguna vez:
No mentimos para que otros no vean nuestro fracaso. Mentimos para no verlo
nosotros.
Y ahí está el problema.
No en fallar, sino en deformar la realidad para no reconocer el fallo.
Porque cuando dejamos de llamar a las cosas por su nombre —uvas maduras—,
perdemos algo más importante que las uvas: perdemos la posibilidad de
entendernos a nosotros mismos.
Al final, ya no sabremos si las uvas estaban realmente verdes o maduras.
O si simplemente no llegábamos.
Y quizá ahí empieza todo.
👉 Vídeo completo: https://youtu.be/VujoDbV7maE

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