El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo que otros pasan por alto.
Cuida su planeta.
Es atento.
Está despierto.
En ese sentido, todo va bien.
Y, sin embargo, acaba en el desierto.
Solo.
Desorientado.
El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo que otros pasan por alto.
Cuida su planeta.
Es atento.
Está despierto.
En ese sentido, todo va bien.
Y, sin embargo, acaba en el desierto.
Solo.
Desorientado.
Escribir no consiste en sacar lo que uno lleva dentro, como si bastara con volcarlo sobre el papel.
De hecho,
cuando la escritura se limita a eso —a descargar, a “vomitar” lo que uno
siente—, puede incluso reforzar aquello mismo de lo que uno querría salir. Se
repite, se fija, se vuelve a recorrer el mismo camino sin avanzar.
Cyrulnik lo
formula con precisión: «No es el acto de escribir lo que tiene efecto curativo,
sino la elaboración que se produce durante la escritura», Escribí soles de noche, 123.
La diferencia
está en ese matiz: elaborar.
Escribir obliga
a detenerse, a ordenar, a jerarquizar, a encontrar palabras que no estaban
dadas de antemano. Y en ese proceso, lo que nos pasa deja de ser algo que
simplemente padecemos para convertirse, poco a poco, en algo que podemos mirar.
No desaparece.
Pero cambia de lugar.
Y eso ya es
mucho.
Puedes
vivir… y no entender tu propia vida
Puedes vivir muchos
años… y no entender tu propia vida.
No basta con que te
ocurran cosas.
La cuestión es qué
haces con lo que te ocurre.
Manuel Ballester
Algo parecido ocurre en la vida social y económica. Los datos circulan, los indicadores se publican, las cifras se debaten hasta el último decimal. Y, sin embargo, el acuerdo sobre lo que realmente está ocurriendo brilla por su ausencia.
Puedes tener trabajo, rutina, objetivos… todo en orden. Y, sin embargo, sentirte desorientado.
Porque eso responde a muchas cosas, pero no a
todas.
Hay algo en el ser humano que no se conforma con
funcionar. Algo que pide más que estabilidad, más que seguridad, más que
cumplimiento.
Hölderlin lo vio con claridad: «todo ser
viviente aspira a más que a alimento diario».
Y ese “más” —difícil de precisar— es lo que,
cuando falta, deja a la vida sin dirección.
No siempre es que la vida vaya mal. A veces, lo que ocurre es más difícil de ver: hay cosas que nos pasan… y no sabemos cómo vivirlas.
Están ahí, pero no terminan de encajar. No porque sean extraordinarias, sino porque no sabemos qué hacer con ellas, cómo integrarlas, cómo darles sentido.
Y entonces aparece una forma extraña de desorientación: no falta nada, pero algo no está en su sitio.
Quizá por eso no basta con vivir. Hace falta, en algún momento, entender lo que se vive. Como señala Boris Cyrulnik, la función de la narración no es tanto curar como hacer posible la habitabilidad de la propia vida.
Porque una vida que no se entiende… es difícil de vivir.
Hay momentos en los que todo parece funcionar. Uno avanza, consigue lo que se propone, cumple objetivos… y, sin embargo, algo no termina de encajar.
No es un problema visible. Desde fuera, todo
está en orden. Pero por dentro aparece una especie de desajuste difícil de
nombrar, como si el movimiento no tuviera del todo sentido.
Quizá el problema no está en lo que se hace,
sino en para qué se hace.
Hölderlin lo formula de manera muy precisa:
«Conquistarás y olvidarás para qué has conquistado; Du wirst erobern, rief Diotima, und
vergessen, wofür?», Hyperion.
Y entonces todo funciona… pero no basta.
Incluso cuando uno lee de verdad, tiene a veces la impresión de que lo que encuentra en el libro es poco, insuficiente, como si apuntara a algo que no termina de darse. El texto sugiere, orienta, abre… pero no colma. El buen lector aparece, tantas veces, con el dedo en el texto y la mirada concentrada (no perdida: centrada) en el infinito.
Porque el texto es mediación. Nos hace mirar hacia algo más
pleno, a algo que no podemos alcanzar en un solo golpe. Esa es nuestra
condición: no acceder a la verdad de golpe, sino tener que recorrerla poco a
poco, a través de palabras, de imágenes, de intentos siempre parciales. En ese
sentido, el libro no es tanto una respuesta como un camino.
Hölderlin lo formula de un modo muy expresivo: «¿Qué es la
sabiduría de un libro frente a la sabiduría de un ángel?; Was ist die Weisheit eines Buchs gegen
die Weisheit eines Engels». Y, sin embargo, es la nuestra.
Vivimos
rodeados de libros.
Y, sin embargo,
hay algo que no encaja.
Puedes leer 50
libros al año… y seguir siendo la misma persona.
Disfrutar, gozar lo máximo posible. ¿Quién no suscribiría ese objetivo? «Coged las rosas mientras podáis; Pflückt die Rosen, solange ihr könnt», Gaudeamus […] iuvenes dum sumus, que dirían los universitarios.
Disfrutar primaveralmente, cogiendo las flores y frutos
mientras seamos jóvenes, que ya en el atardecer de la vida, la cosa será otra,
quizá.
A esta trivialidad se añade otra evidencia que cambia de
nivel nuestras expectativas:
«no hay felicidad sin sacrificio; kein Glück ist ohne Opfer»,
(Hölderlin, F., Hyperion oder Der Eremit in Griechenland, II, 91).
Hay discusiones
que no se pueden ganar.
Ocurre con frecuencia en política. Y ocurre, sobre todo, cuando el conflicto no gira en torno a los hechos… sino en torno a las palabras.
No hace falta
perder a alguien para que todo se rompa.
Basta con dejar
de verlo como único.