No es la IA, sino nosotros
Manuel
Ballester
Confieso que cuando empecé a ver referencias a Magnifica
humanitas pensé: “ya está aquí otro documento sobre inteligencia
artificial”. Y, francamente, experimenté cierto cansancio anticipado.
Llevamos años siendo bombardeados con titulares sobre IA:
riesgos, productividad, regulación, amenazas laborales, algoritmos y promesas
de salvación tecnológica. Uno termina sospechando que la cuestión central de
nuestro tiempo consiste simplemente en fabricar herramientas cada vez más
potentes.
Pero entonces hice lo que conviene hacer con cualquier texto
serio: empezar por el principio. Primero el título. Después el índice. Y sólo
luego entrar en el contenido.
Ahí apareció la sorpresa.
Magnifica humanitas apenas habla de
inteligencia artificial. O mejor dicho: habla de ella precisamente porque antes
habla del hombre. De sus 245 puntos, apenas 14 están dedicados específicamente
a la inteligencia artificial. Los otros 231 desarrollan una reflexión mucho más
amplia sobre la persona, la vida social y el destino de nuestra civilización.
Su primer punto marca inmediatamente el terreno. No se nos
presenta un problema técnico sino civilizatorio. La humanidad —dice el texto—
se encuentra siempre ante una elección decisiva: construir Babel o edificar una
ciudad verdaderamente humana. La cuestión central no es qué máquinas seremos
capaces de fabricar, sino qué tipo de hombres seremos mientras las fabricamos.
Y ese desplazamiento importa.
Porque gran parte del debate contemporáneo sobre
inteligencia artificial se desarrolla como si el problema fuese únicamente
funcional: qué podrán hacer las máquinas, cuánto trabajo sustituirán, qué
sectores transformarán o qué regulación exigirán. Todo eso es relevante, sin
duda. Pero sigue siendo secundario respecto a una cuestión anterior: qué idea
del hombre guía el uso de ese poder técnico.
Hay además un detalle significativo. León XIV pertenece a la
tradición agustiniana. Y eso ayuda a entender el tono de fondo del texto. San
Agustín escribió La ciudad de Dios mientras el mundo
romano se descomponía política, cultural y espiritualmente. También nosotros
vivimos una época de fatiga civilizatoria: una época técnicamente poderosa y,
al mismo tiempo, crecientemente desorientada acerca de qué significa vivir
bien, qué merece respeto y qué vale realmente la pena conservar.
En ese contexto cobra relieve el viejo diagnóstico
agustiniano: «Dos amores fundaron dos ciudades». Solemos entender el amor en un
sentido sentimental, pero Agustín apunta a algo más profundo: aquello que una
sociedad desea verdaderamente y alrededor de lo cual termina organizando su
vida. Toda civilización tiene un tesoro dominante; y allí acaba inclinándose
también su corazón.
La cuestión decisiva vuelve a ser entonces antropológica. ¿Qué
considera valioso una civilización? ¿Qué está dispuesta a sacrificar para
obtener seguridad, comodidad o eficiencia? ¿Qué capacidades humanas deja de
ejercitar porque las delega progresivamente en sistemas técnicos?
Quizá ahí aparezca el verdadero interés de la inteligencia
artificial. No tanto como amenaza autónoma, sino como una especie de reactivo
cultural. La IA obliga a preguntarnos qué diferencia existe entre cálculo y
juicio, entre asistir al pensamiento y sustituirlo, entre acumular información y
comprender realmente.
Porque el problema de la dignidad humana nunca queda
definitivamente resuelto. Cada época recibe nuevamente la tarea de protegerla o
degradarla. Y las sociedades más vulnerables no suelen ser las técnicamente
atrasadas, sino aquellas que, fascinadas por su propio poder, empiezan a
olvidar para qué lo querían.
Tal vez por eso Magnifica humanitas resulta más interesante cuanto menos habla de inteligencia artificial. Porque termina devolviéndonos a la pregunta que precede a todas las demás: qué tipo de hombres queremos llegar a ser.
Publicado el 3/06/2026 en el nuevo digital:
https://elnuevodigitalmurcia.es/art/8153/no-es-la-ia-sino-nosotros
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