Hace unos días lancé una pregunta en mi canal de YouTube.
Era una pregunta
sencilla, casi un experimento:
“Imaginemos que, a
partir de mañana, pudiéramos conseguir todo lo que deseamos: dinero, éxito, una
casa mejor, reconocimiento, incluso salud. ¿Sería suficiente para ser felices?
¿Existe algo que valga más que nuestra propia felicidad?”
Esperaba respuestas distintas.
Lo que no esperaba era descubrir algo sobre la propia pregunta.
Muchos comentarios
respondían hablando de la felicidad. Unos la identificaban con la alegría,
otros con la tranquilidad, otros con la paz, con el bienestar o con un estado
emocional más o menos estable. Algunos decían que la felicidad es
necesariamente efímera, porque las emociones vienen y van.
Otros, sin embargo,
respondían de otra manera. Hablaban de la verdad. De la dignidad. De hacer lo
correcto. De Dios. O, quizá lo más llamativo, de la felicidad de quienes
amamos.
Poco a poco comprendí
que en realidad se estaban produciendo dos conversaciones distintas.
La primera intentaba
responder a esta pregunta:
¿Qué necesito para ser
feliz?
La segunda respondía a
otra muy diferente:
¿Existe algo que pueda
valer más que mi propia felicidad?
No es lo mismo.
Y sospecho que el
hecho de que tendamos a deslizar una pregunta hacia la otra dice algo
importante sobre nuestro tiempo.
Quizá hemos llegado a
identificar la felicidad con un determinado estado emocional: alegría,
tranquilidad, bienestar... Si es así, es lógico pensar que la felicidad es
pasajera. Las emociones cambian. Los estados de ánimo también.
Pero ¿y si
estuviéramos llamando felicidad a algo que, durante siglos, recibió otro
nombre? ¿Y si la alegría fuera una emoción, mientras que la felicidad
perteneciera a otra dimensión de la existencia?
No pretendo responder
ahora a esa pregunta.
Lo que sí me llamó la
atención fue otra cosa.
Los comentarios más
interesantes tenían un rasgo común. Dejaban de girar alrededor del individuo y
de su bienestar para mirar hacia algo que lo trascendía: la verdad, la
justicia, la dignidad, el bien de otra persona...
Era como si, al
aparecer esos bienes, la propia felicidad dejara de ocupar el centro.
Quizá ahí se esconda
una de las cuestiones decisivas de nuestro tiempo.
No tanto cómo ser
felices, sino qué estamos llamando felicidad.
Y quizá, antes
incluso, si el ser humano puede entenderse realmente como un individuo aislado
que busca su propia satisfacción o si, por el contrario, solo llega a
comprenderse a sí mismo cuando descubre que pertenece a algo más grande que él
mismo.
No tengo todavía una
respuesta completa.
Pero sí la impresión
de que una simple pregunta ha abierto una conversación mucho más interesante de
lo que imaginaba.
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