¿Basta con quererse?
Hay ideas tan extendidas que apenas nos detenemos a examinarlas. Una de ellas afirma que dos personas pueden construir una vida juntos siempre que se quieran de verdad. Todo lo demás —las diferencias de carácter, las dificultades, incluso las discrepancias profundas— acabaría encontrando solución si el amor es auténtico.
Sin embargo, la experiencia parece sugerir algo más complejo.
Todos conocemos parejas que se quieren sinceramente y, aun así, viven una distancia difícil de explicar. No se trata de falta de afecto, ni de traiciones, ni siquiera de ausencia de buena voluntad. A veces ocurre algo más profundo: aquello que da sentido a la existencia deja de ser lo mismo para ambos. Siguen compartiendo la casa, los hijos o los proyectos cotidianos, pero ya no viven orientados hacia el mismo horizonte.
Quizá por eso el verdadero problema no sea únicamente cuánto nos queremos, sino desde dónde vivimos. Todos respiramos un cierto "aire". No el aire físico, sino ese conjunto de convicciones, esperanzas y bienes que organizan nuestras decisiones y nos permiten distinguir lo importante de lo secundario. Cuando dos personas respiran el mismo aire, las diferencias pueden afrontarse. Cuando dejan de hacerlo, incluso el amor puede encontrarse con dificultades inesperadas.
He querido reflexionar sobre esta cuestión en el nuevo vídeo de Tinta y Caos, recorriendo dos historias separadas por más de mil años: la de santa Mónica y san Agustín, y la del escritor Charles Péguy. Ambas muestran que el amor necesita algo más que dos personas que se quieran. Necesita, muchas veces, compartir aquello que da unidad a toda una vida.

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