El Principito se va.
Y no es solo una huida.
También es una búsqueda.
Más tarde lo entenderá:
era demasiado joven para saber amar.
Esto introduce algo incómodo.
Porque solemos pensar al niño como lo mejor:
lo puro, lo abierto, lo no contaminado.
Y, sin embargo, aquí no basta.
El Principito ve más que los adultos.
Percibe lo esencial.
No está reducido a lo funcional.
Pero eso no le permite amar bien.
Porque amar no es solo percibir.
Ni sentir.
Ni estar abierto.
Amar exige algo más.
Exige tiempo.
Lectura.
Paciencia.
Exige aprender a sostener lo que importa
cuando no es claro,
cuando incomoda,
cuando no encaja.
Y eso el niño —precisamente por ser niño—
todavía no lo tiene.
Por eso se va.
No solo porque no sabe.
Sino porque necesita aprender.
***
Esto lo trabajaremos con calma los jueves de mayo en un seminario.
Si te interesa, escríbeme a
seminarios.tintaycaos@gmail.com
y te cuento.
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