sábado, 18 de julio de 2026

Triunfar no basta

 


Hay una idea profundamente moderna que apenas solemos cuestionar.

Pensamos que una vida lograda es una vida exitosa. Alcanzar nuestros objetivos, desarrollar nuestro talento, ocupar puestos de responsabilidad, obtener reconocimiento. Si todo eso llega, suponemos que también llegará la felicidad.

Sin embargo, la literatura lleva miles de años advirtiéndonos de que las cosas no son tan sencillas.

Se puede triunfar... y fracasar al mismo tiempo.

Dos vencedores de Troya

Homero nos presenta dos grandes vencedores de la guerra de Troya.

Agamenón y Ulises.

Ambos participan en la misma expedición. Ambos derrotan a los troyanos. Ambos regresan a casa convertidos en héroes.

Sin embargo, sus destinos no podrían ser más distintos.

Agamenón vuelve para morir asesinado en su propio hogar.

Ulises regresa después de un largo viaje y, tras muchas pruebas, consigue recuperar su casa, su esposa, su hijo y su reino.

Los dos alcanzaron el éxito.

Solo uno encontró verdaderamente un hogar.

El error de confundir poder con autoridad

Quizá el problema sea que solemos identificar el liderazgo con el poder.

Pensamos que liderar consiste en mandar, decidir, imponer o conseguir resultados.

Pero existe otra forma de autoridad.

No nace del cargo.

Nace de la capacidad de hacer crecer a quienes nos rodean.

El poder puede conseguir obediencia.

La autoridad consigue confianza.

Y esa diferencia termina afectando no sólo al trabajo, sino también a la familia, a la amistad y, en definitiva, a toda la vida.

El éxito tiene límites

Hay muchas cosas que podemos conseguir mediante esfuerzo.

Podemos aprender un oficio.

Levantar una empresa.

Construir una casa.

Ganar una guerra.

Pero existen bienes que nunca podremos fabricar.

No podemos obligar a nadie a confiar en nosotros.

No podemos imponer una amistad.

No podemos decretar el amor.

No podemos conquistar un hogar.

Esos bienes sólo pueden recibirse.

Y quizá por eso el verdadero éxito no consista únicamente en alcanzar metas, sino en llegar a ser una persona capaz de acoger y de ser acogida.

La pregunta decisiva

Las grandes obras literarias rara vez nos preguntan cuánto hemos conseguido.

Nos preguntan quién nos espera cuando regresamos.

Qué relaciones hemos construido.

Qué clase de persona hemos llegado a ser.

Tal vez esa sea la verdadera diferencia entre Agamenón y Ulises.

No que uno venciera y el otro también.

Sino que uno volvió a una casa.

Y el otro volvió a un hogar.

 

Si prefieres escuchar esta reflexión desarrollada a partir de Homero y de mi conversación con Javier Barraca sobre liderazgo, autoridad y la vuelta al hogar, puedes verla aquí:

https://youtu.be/uw45OxJLAOY

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