Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas
Midas no pidió ser el
hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una
montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se
convirtiera en oro.
¿Por qué tocar?
Tocar es una de las
formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad.
Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera
dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos
ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.
La piel señala
precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta
curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas.
Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también
heridos.
El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.
El extraño don de Midas
Ovidio cuenta la
historia en las Metamorfosis. Midas ha acogido a Sileno y se lo devuelve
a Baco. El dios, agradecido, le permite escoger cualquier recompensa.
Ovidio introduce
entonces una expresión magnífica: Baco concede a Midas el agradable pero nada
provechoso privilegio de escoger su propio don.
Puede pedir cualquier
cosa.
Y elige que todo
aquello que toque con su cuerpo se convierta en oro.
Baco cumple su deseo,
aunque lamenta que Midas no haya sabido elegir mejor.
Conviene detenerse
aquí porque el problema no es que el oro sea malo. Al principio, de hecho,
Midas se divierte. Toca una rama y se convierte en oro. Una piedra: oro. Las
espigas: oro.
Probablemente muchos
haríamos algo parecido. Hay algo fascinante en la posibilidad de transformar la
realidad, producir riqueza y comprobar que basta extender la mano para que
cualquier cosa adquiera un valor extraordinario.
El problema comienza
cuando Midas intenta hacer algo bastante menos extraordinario: comer.
Toca los alimentos y
se convierten en oro. Intenta beber y sucede lo mismo.
Midas ha conseguido
exactamente lo que quería y, precisamente por eso, ya no puede vivir.
Cuando todo se convierte en lo que queremos
¿Qué hace realmente la
mano de Midas?
Cada vez que toca
algo, ese algo deja de ser lo que era. Una rama ya no puede seguir siendo una
rama. El pan no puede permanecer siendo pan y alimentarlo. Todo aquello que
entra en contacto con él tiene que transformarse en una única cosa: oro.
Toda la realidad
termina convertida en aquello que Midas considera valioso.
A primera vista parece
el poder absoluto. Pero Midas descubre que un mundo en el que todo es
exactamente lo que uno desea es un mundo en el que no se puede vivir.
Necesitamos que el pan
siga siendo pan y que el agua siga siendo agua. Necesitamos recibir de la
realidad cosas que no hemos creado nosotros y que no sean una mera prolongación
de nuestros deseos.
Midas quiso apropiarse
del mundo y terminó siendo incapaz de recibir nada.
Y aquí el viejo mito
empieza a acercarse incómodamente a nosotros.
Podemos relacionarnos
con las cosas preguntándonos únicamente qué podemos obtener de ellas. Y resulta
bastante fácil terminar haciendo lo mismo con las personas: ¿qué me das?, ¿qué
necesidad mía satisfaces?, ¿en qué tienes que convertirte para que yo pueda
quererte?
No hace falta
convertir a nadie en oro. Basta con no permitirle ser distinto de aquello que
necesito que sea.
Esta es la paradoja de
Midas: cuanto más queremos apropiarnos de la realidad, menos capaces somos de
encontrarnos con ella.
La hija que Ovidio no puso en la historia
Hay una escena que
casi todos asociamos con el rey Midas: aquella en la que abraza a su hija y la
muchacha se convierte en una estatua de oro.
Sin embargo, Ovidio no
cuenta ese episodio. La hija fue incorporada posteriormente a la tradición.
Pero quizá merezca la
pena preguntarse por qué.
Una cosa es descubrir
que ya no puedes comer. Otra bastante más terrible es descubrir que ya no
puedes abrazar.
Un abrazo es un gesto
extraño. Ofrecemos nuestros brazos, acercamos a alguien hasta nuestro cuerpo y
lo rodeamos. Durante un instante parece desaparecer la distancia que nos
separa. Abrazamos cuando alguien regresa y también cuando se marcha, como si el
cuerpo quisiera recuperar una unidad o se resistiera a perderla.
Pero para poder
abrazar existe una condición esencial: el otro tiene que seguir siendo otro.
No puedo abrazarte
convirtiéndote en mí. No puedo encontrarme contigo si antes necesito
transformarte en aquello que quiero que seas.
Eso es precisamente lo
que Midas ya no puede hacer. Su tacto ha dejado de ser encuentro y se ha
convertido en dominio. Todo cuanto toca debe quedar sometido a su poder y
convertirse exactamente en lo que él quiere.
Para encontrarnos
verdaderamente con alguien necesitamos aceptar lo contrario: que el otro siga
siendo otro y que, al tocarlo, también nosotros podamos resultar afectados.
La vulnerabilidad no
es únicamente el precio que pagamos por el encuentro. Es aquello que hace
posible el encuentro.
Quizá por eso la
tradición necesitó inventar a la hija de Midas. Comprendió que el verdadero
horror de su historia no consistía simplemente en morir de hambre, sino en algo
todavía peor: tenerlo todo y haber perdido la capacidad de acariciar.
Cuando nuestros deseos terminan poseyéndonos
Midas acaba
horrorizado. Ovidio señala que ahora odia aquello que antes había deseado.
También esto nos
resulta familiar.
Queremos algo. Lo
queremos cada vez más. Imaginamos que cuando finalmente lo consigamos seremos
felices. Y, en ocasiones, cuando lo poseemos descubrimos que aquello que
queríamos tener ha empezado a poseernos a nosotros.
Puede ocurrir con el
dinero, con el éxito, con el trabajo, con el reconocimiento, con el placer.
Incluso con las personas.
Hay deseos que
comienzan prometiéndonos libertad y terminan organizando nuestra vida alrededor
de ellos.
Midas pide entonces a
Baco que lo libere. Se lava en el río y pierde finalmente su terrible poder.
Pero Ovidio no termina
ahí la historia.
Tiempo después, Pan
desafía a Apolo en una competición musical. Todos reconocen la superioridad de
Apolo. Todos menos Midas. Y el dios, ante semejante incapacidad de juicio,
termina poniéndole orejas de burro.
La continuación
resulta decisiva para comprender al personaje.
El problema de Midas
nunca fue simplemente su afición al oro. Midas no sabía reconocer el valor
de las cosas.
Cuando tuvo la
posibilidad de pedir cualquier cosa, eligió mal. Cuando tuvo que juzgar qué era
mejor, volvió a juzgar mal.
El río le había
quitado el oro, pero no le había enseñado qué merece ser deseado.
Aprender a desear
Tal vez esta sea la
cuestión más inquietante que plantea el mito.
Estamos acostumbrados
a pensar en el peligro de no conseguir lo que queremos. También sabemos que
nuestros deseos pueden tener consecuencias imprevistas.
Midas plantea algo
distinto: podemos conseguir exactamente lo que deseamos y descubrir
demasiado tarde que no sabíamos desear.
Porque no basta con
desear. Tenemos que aprender qué cosas merecen ser deseadas, cuánto merecen
serlo y qué lugar deben ocupar respecto a las demás cosas que forman nuestra
vida.
El oro es bueno. Pero
no puede alimentarnos. Y, desde luego, no puede abrazarnos.
Quizá por eso la
historia de Midas sea, en último término, una historia sobre nuestras manos.
Con ellas tomamos,
poseemos, transformamos y trabajamos. Pero con las mismas manos damos,
acariciamos, acogemos y abrazamos.
Una mano puede
apropiarse de algo o puede encontrarse con algo.
Por eso quizá la
cuestión no consista en dejar de tocar el mundo, dejar de desear o renunciar a
poseer. Quizá se trate de algo bastante más difícil: aprender a tocar sin
convertirlo todo en oro. Acercarnos a las cosas y a las personas sin exigir
que se transformen en aquello que nosotros queremos que sean.
Porque hay cosas que
podemos poseer. Pero algunos de los bienes más importantes de nuestra vida solo
podemos recibirlos. Y para recibir algo tenemos que permitir primero que sea
distinto de nosotros.
Midas consiguió el
poder de convertir en oro todo cuanto tocaba.
Entonces descubrió que
había perdido algo mucho más valioso: la capacidad de tocar.
¿Qué estamos
convirtiendo en oro sin darnos cuenta?
¿Qué hemos dejado de
poder tocar de verdad?
Este artículo desarrolla la reflexión del vídeo de Tinta y Caos: Tocar sin poseer: La lección más profunda del mito de Midas

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