martes, 8 de septiembre de 2026

Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 



Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 

 

 

Midas no pidió ser el hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

¿Por qué tocar?

Tocar es una de las formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad. Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.

La piel señala precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas. Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también heridos.

El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.

El extraño don de Midas

Ovidio cuenta la historia en las Metamorfosis. Midas ha acogido a Sileno y se lo devuelve a Baco. El dios, agradecido, le permite escoger cualquier recompensa.

Ovidio introduce entonces una expresión magnífica: Baco concede a Midas el agradable pero nada provechoso privilegio de escoger su propio don.

Puede pedir cualquier cosa.

Y elige que todo aquello que toque con su cuerpo se convierta en oro.

Baco cumple su deseo, aunque lamenta que Midas no haya sabido elegir mejor.

Conviene detenerse aquí porque el problema no es que el oro sea malo. Al principio, de hecho, Midas se divierte. Toca una rama y se convierte en oro. Una piedra: oro. Las espigas: oro.

Probablemente muchos haríamos algo parecido. Hay algo fascinante en la posibilidad de transformar la realidad, producir riqueza y comprobar que basta extender la mano para que cualquier cosa adquiera un valor extraordinario.

El problema comienza cuando Midas intenta hacer algo bastante menos extraordinario: comer.

Toca los alimentos y se convierten en oro. Intenta beber y sucede lo mismo.

Midas ha conseguido exactamente lo que quería y, precisamente por eso, ya no puede vivir.

Cuando todo se convierte en lo que queremos

¿Qué hace realmente la mano de Midas?

Cada vez que toca algo, ese algo deja de ser lo que era. Una rama ya no puede seguir siendo una rama. El pan no puede permanecer siendo pan y alimentarlo. Todo aquello que entra en contacto con él tiene que transformarse en una única cosa: oro.

Toda la realidad termina convertida en aquello que Midas considera valioso.

A primera vista parece el poder absoluto. Pero Midas descubre que un mundo en el que todo es exactamente lo que uno desea es un mundo en el que no se puede vivir.

Necesitamos que el pan siga siendo pan y que el agua siga siendo agua. Necesitamos recibir de la realidad cosas que no hemos creado nosotros y que no sean una mera prolongación de nuestros deseos.

Midas quiso apropiarse del mundo y terminó siendo incapaz de recibir nada.

Y aquí el viejo mito empieza a acercarse incómodamente a nosotros.

Podemos relacionarnos con las cosas preguntándonos únicamente qué podemos obtener de ellas. Y resulta bastante fácil terminar haciendo lo mismo con las personas: ¿qué me das?, ¿qué necesidad mía satisfaces?, ¿en qué tienes que convertirte para que yo pueda quererte?

No hace falta convertir a nadie en oro. Basta con no permitirle ser distinto de aquello que necesito que sea.

Esta es la paradoja de Midas: cuanto más queremos apropiarnos de la realidad, menos capaces somos de encontrarnos con ella.

La hija que Ovidio no puso en la historia

Hay una escena que casi todos asociamos con el rey Midas: aquella en la que abraza a su hija y la muchacha se convierte en una estatua de oro.

Sin embargo, Ovidio no cuenta ese episodio. La hija fue incorporada posteriormente a la tradición.

Pero quizá merezca la pena preguntarse por qué.

Una cosa es descubrir que ya no puedes comer. Otra bastante más terrible es descubrir que ya no puedes abrazar.

Un abrazo es un gesto extraño. Ofrecemos nuestros brazos, acercamos a alguien hasta nuestro cuerpo y lo rodeamos. Durante un instante parece desaparecer la distancia que nos separa. Abrazamos cuando alguien regresa y también cuando se marcha, como si el cuerpo quisiera recuperar una unidad o se resistiera a perderla.

Pero para poder abrazar existe una condición esencial: el otro tiene que seguir siendo otro.

No puedo abrazarte convirtiéndote en mí. No puedo encontrarme contigo si antes necesito transformarte en aquello que quiero que seas.

Eso es precisamente lo que Midas ya no puede hacer. Su tacto ha dejado de ser encuentro y se ha convertido en dominio. Todo cuanto toca debe quedar sometido a su poder y convertirse exactamente en lo que él quiere.

Para encontrarnos verdaderamente con alguien necesitamos aceptar lo contrario: que el otro siga siendo otro y que, al tocarlo, también nosotros podamos resultar afectados.

La vulnerabilidad no es únicamente el precio que pagamos por el encuentro. Es aquello que hace posible el encuentro.

Quizá por eso la tradición necesitó inventar a la hija de Midas. Comprendió que el verdadero horror de su historia no consistía simplemente en morir de hambre, sino en algo todavía peor: tenerlo todo y haber perdido la capacidad de acariciar.

Cuando nuestros deseos terminan poseyéndonos

Midas acaba horrorizado. Ovidio señala que ahora odia aquello que antes había deseado.

También esto nos resulta familiar.

Queremos algo. Lo queremos cada vez más. Imaginamos que cuando finalmente lo consigamos seremos felices. Y, en ocasiones, cuando lo poseemos descubrimos que aquello que queríamos tener ha empezado a poseernos a nosotros.

Puede ocurrir con el dinero, con el éxito, con el trabajo, con el reconocimiento, con el placer. Incluso con las personas.

Hay deseos que comienzan prometiéndonos libertad y terminan organizando nuestra vida alrededor de ellos.

Midas pide entonces a Baco que lo libere. Se lava en el río y pierde finalmente su terrible poder.

Pero Ovidio no termina ahí la historia.

Tiempo después, Pan desafía a Apolo en una competición musical. Todos reconocen la superioridad de Apolo. Todos menos Midas. Y el dios, ante semejante incapacidad de juicio, termina poniéndole orejas de burro.

La continuación resulta decisiva para comprender al personaje.

El problema de Midas nunca fue simplemente su afición al oro. Midas no sabía reconocer el valor de las cosas.

Cuando tuvo la posibilidad de pedir cualquier cosa, eligió mal. Cuando tuvo que juzgar qué era mejor, volvió a juzgar mal.

El río le había quitado el oro, pero no le había enseñado qué merece ser deseado.

Aprender a desear

Tal vez esta sea la cuestión más inquietante que plantea el mito.

Estamos acostumbrados a pensar en el peligro de no conseguir lo que queremos. También sabemos que nuestros deseos pueden tener consecuencias imprevistas.

Midas plantea algo distinto: podemos conseguir exactamente lo que deseamos y descubrir demasiado tarde que no sabíamos desear.

Porque no basta con desear. Tenemos que aprender qué cosas merecen ser deseadas, cuánto merecen serlo y qué lugar deben ocupar respecto a las demás cosas que forman nuestra vida.

El oro es bueno. Pero no puede alimentarnos. Y, desde luego, no puede abrazarnos.

Quizá por eso la historia de Midas sea, en último término, una historia sobre nuestras manos.

Con ellas tomamos, poseemos, transformamos y trabajamos. Pero con las mismas manos damos, acariciamos, acogemos y abrazamos.

Una mano puede apropiarse de algo o puede encontrarse con algo.

Por eso quizá la cuestión no consista en dejar de tocar el mundo, dejar de desear o renunciar a poseer. Quizá se trate de algo bastante más difícil: aprender a tocar sin convertirlo todo en oro. Acercarnos a las cosas y a las personas sin exigir que se transformen en aquello que nosotros queremos que sean.

Porque hay cosas que podemos poseer. Pero algunos de los bienes más importantes de nuestra vida solo podemos recibirlos. Y para recibir algo tenemos que permitir primero que sea distinto de nosotros.

Midas consiguió el poder de convertir en oro todo cuanto tocaba.

Entonces descubrió que había perdido algo mucho más valioso: la capacidad de tocar.

¿Qué estamos convirtiendo en oro sin darnos cuenta?

¿Qué hemos dejado de poder tocar de verdad?


Este artículo desarrolla la reflexión del vídeo de Tinta y Caos: Tocar sin poseer: La lección más profunda del mito de Midas

No hay comentarios:

Publicar un comentario