domingo, 8 de noviembre de 2026

Cuando alguien nos dice que estamos equivocados

Es curioso lo fácilmente que reconocemos los errores ajenos y lo difícil que nos resulta descubrir los propios. Cuando alguien nos advierte de que estamos equivocados, nuestra primera reacción no suele ser preguntarnos si tiene razón, sino defendernos. A veces ni siquiera escuchamos lo que nos dice: nos basta con saber que contradice lo que pensamos.

Los niños tienen una ventaja sobre nosotros. Como todavía no conocen bien el mundo, preguntan por qué las cosas son como son. Nosotros, en cambio, hemos aprendido tantas respuestas que a menudo hemos dejado de hacernos las preguntas. Confundimos lo acostumbrado con lo razonable y lo que todos creen con lo que es verdad.

Por eso puede resultar tan incómoda la mirada de quien viene de fuera. El extranjero, o simplemente alguien que piensa de otra manera, nos obliga a contemplar como extraño lo que siempre nos había parecido natural.

Y ahí aparece una dificultad mayor. No basta con descubrir que estábamos equivocados: tenemos que aceptar que alguien ha visto algo que nosotros no supimos ver. Y eso puede resultar especialmente doloroso cuando ese alguien es una persona a la que consideramos menos preparada que nosotros.

Quizá preferimos tener razón a encontrar la verdad. Y, con tal de no dar nuestro brazo a torcer, somos capaces incluso de negar que exista.

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