martes, 9 de diciembre de 2025

Una fe alegre, una razón danzante

 




Una fe alegre, una razón danzante

A propósito de Ortodoxia, IX, de G.K. Chesterton

Manuel Ballester


En abril de 2024, en el número 85 de Letras de Parnaso, iniciamos un recorrido por los capítulos de Ortodoxia, el clásico de G.K. Chesterton. Número a número, hemos ido desgranando sus intuiciones, paradojas y combates intelectuales. Hoy llegamos al capítulo final.

Y si el camino ha sido brillante, el desenlace no lo es menos. Con su peculiar mezcla de ligereza y profundidad, Chesterton no concluye con una tesis, sino con una imagen: no el cierre de un argumento, sino el destello final de una alegría razonada.

El capítulo se titula La autoridad y el aventurero (Authority and the Adventurer), y no hay en él un alegato por el sometimiento externo o por la fuerza de quien manda. Chesterton no apela al poder que se impone, sino a la autoridad que convence: no a la potestas, sino a la auctoritas. Como a lo largo de todo el libro, su propósito no es encerrar la libertad, sino mostrar que ésta sólo se despliega plenamente dentro de una forma. No hay danza sin ritmo, ni alegría sin estructura. Y es eso lo que defiende el autor: una fe que no paraliza, sino que permite el movimiento; una razón que no encierra, sino que abre; una ortodoxia que no asfixia, sino que inspira.

Chesterton habla de su conversión como de un descubrimiento poético. No encontró el cristianismo porque necesitara una regla, sino porque buscaba una respuesta a la vida que fuera, a la vez, lógica y luminosa. Y al final de esa búsqueda —después de muchos tanteos— descubrió que la ortodoxia no era el obstáculo, sino el horizonte.

Y lo más sorprendente: lo que él había intuido como necesidad filosófica y estética —una explicación del mundo que acogiera sus contradicciones sin negarlas— coincidía con la doctrina de una Iglesia real, histórica, concreta.

“Me había lanzado solo a dar forma a una herejía propia… y al final descubrí que había dado con la ortodoxia”.

Así termina el libro, y así concluye este viaje. No con la imposición de una autoridad externa, sino con el hallazgo de una coherencia interior. Lo que Chesterton defiende no es tanto una doctrina como una visión del mundo, un modo de vivir que permite al alma bailar sin perder el equilibrio, reír sin cinismo, combatir sin odio, creer sin ingenuidad.

En una época de sospechas, donde toda autoridad se identifica con imposición, Chesterton nos recuerda que hay formas de autoridad que no esclavizan, sino que liberan. Que hay límites que protegen. Y que hay estructuras que hacen posible el juego. La ortodoxia, dice, no es una cárcel, sino una cuerda floja sobre la que el equilibrista puede moverse con arte, sin caer.

 

Coda: una obra luminosa

Con este artículo se cierra el ciclo dedicado, número a número, a Ortodoxia. Durante más de un año hemos recorrido, capítulo a capítulo, uno de los libros más sugerentes del siglo XX. No tanto por su estilo —chispeante, desbordante, a veces incluso excesivo— como por su contenido: una defensa del sentido, de la inteligencia, de la alegría.

A lo largo de sus páginas, Chesterton ha combatido los dogmas modernos (el cientificismo, el fatalismo, el panteísmo) no con ira, sino con humor. Ha defendido el libre albedrío, la existencia del mal, la paradoja como modo de entender lo real. Y lo ha hecho no para imponer una fe desde el poder, sino para recuperar una forma de autoridad que ilumina. Frente a la potestas de los sistemas que ordenan sin convencer, Chesterton ofrece una auctoritas que no se impone, sino que orienta. No dicta: señala. Y al señalar, despierta.

Porque, como él mismo escribió, el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas, y el antídoto no es menos pensamiento, sino más pensamiento bien orientado. Por eso, al final del camino, la ortodoxia se revela no como una carga, sino como una clave. No como una prisión, sino como una posibilidad.

Y así, como el protagonista de una comedia inesperada, el propio autor descubre que la verdad no estaba al final de un laberinto, sino en el centro de un círculo. Un círculo, sí. Pero no un círculo vicioso, sino un círculo victorioso.




Publicado en la Sección "A propósito de..." de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 95 (Diciembre 2025), ISSN 2387-1601, pp. 34-35:

 

 Enlace Revista (formato PDF para imprimir)


Enlace Revista (formato PDF para imprimir)

Enlace Revista (visualización en línea formato libro)



No hay comentarios:

Publicar un comentario