Incluso cuando uno lee de verdad, tiene a veces la impresión de que lo que encuentra en el libro es poco, insuficiente, como si apuntara a algo que no termina de darse. El texto sugiere, orienta, abre… pero no colma. El buen lector aparece, tantas veces, con el dedo en el texto y la mirada concentrada (no perdida: centrada) en el infinito.
Porque el texto es mediación. Nos hace mirar hacia algo más
pleno, a algo que no podemos alcanzar en un solo golpe. Esa es nuestra
condición: no acceder a la verdad de golpe, sino tener que recorrerla poco a
poco, a través de palabras, de imágenes, de intentos siempre parciales. En ese
sentido, el libro no es tanto una respuesta como un camino.
Hölderlin lo formula de un modo muy expresivo: «¿Qué es la
sabiduría de un libro frente a la sabiduría de un ángel?; Was ist die Weisheit eines Buchs gegen
die Weisheit eines Engels». Y, sin embargo, es la nuestra.
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