Conseguir lo que deseas puede
destruirte
Hay una idea
profundamente moderna que solemos aceptar sin demasiadas preguntas: que la
felicidad consiste en conseguir aquello que deseamos. Pensamos que el problema
fundamental de la vida es la frustración, no alcanzar lo que queremos,
quedarnos a las puertas de aquello que imaginamos necesario para realizarnos.
Sin embargo, la
experiencia humana sugiere algo mucho más inquietante.
Tenemos
experiencia de personas que consiguieron exactamente aquello que deseaban —un
ascenso, dinero, reconocimiento, una relación, fama— y terminaron destruidas,
vacías o profundamente infelices.
¿Por qué ocurre eso?
El viejo relato
de terror La pata de mono, publicado por W. W. Jacobs en 1902, gira
precisamente en torno a esta cuestión. Y quizá por eso sigue resultando tan
perturbador más de un siglo después.
Un deseo razonable
La historia
comienza de manera casi trivial.
Una familia
inglesa recibe la visita de un viejo amigo que ha regresado de la India. Entre
las curiosidades que trae consigo aparece un objeto extraño: una pata de mono
disecada sobre la que un faquir habría realizado un hechizo. La pata puede
conceder tres deseos, pero con una advertencia inquietante: el destino no
tolera que se altere su curso.
La familia se
ríe. Todo parece una superstición absurda, una simple anécdota exótica.
Y entonces
formulan un deseo.
No piden
riqueza ilimitada ni poder. Piden algo razonable: doscientas libras para
terminar de pagar la casa.
Eso es lo
verdaderamente importante del relato. La tragedia no comienza con una ambición
monstruosa, sino con un deseo perfectamente humano y comprensible.
Al día
siguiente reciben la noticia: su hijo ha muerto en un accidente laboral. La
empresa ofrece una indemnización exacta de doscientas libras.
El deseo se ha
cumplido.
Y ahí empieza
realmente el horror.
La tragedia de conseguir lo que
deseamos
Oscar Wilde
escribió una frase extraordinaria:
“En este mundo
hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que deseas y la otra es conseguirlo”.
La pata de mono
es una exploración perfecta de esa segunda tragedia.
Porque solemos
imaginar que nuestros deseos son transparentes, inocentes y plenamente
racionales. Pensamos que sabemos lo que queremos y por qué lo queremos. Pero
normalmente no es así.
Muchas veces
deseamos desde el miedo, la carencia, la inseguridad o la insatisfacción
crónica. Y entonces aquello que perseguimos deja de ser simplemente un objetivo
para convertirse en una promesa de salvación.
Esperamos que
algo exterior venga finalmente a completarnos:
- más dinero,
- más reconocimiento,
- más placer,
- más estatus,
- más validación.
El problema es
que el deseo humano posee una dinámica potencialmente infinita.
Porque cuando
alcanzamos aquello que anhelábamos, descubrimos inmediatamente otra posibilidad
nueva. Y luego otra. Y otra más.
La inteligencia
humana amplía indefinidamente el horizonte de lo deseable.
Necesitamos
alimento, pero acabamos transformando el gusto en sofisticación infinita.
Necesitamos cobijo, pero deseamos una casa mejor, otra residencia, otra experiencia,
otro nivel de vida. Necesitamos reconocimiento, pero terminamos esclavizados
por la mirada ajena.
La lógica de la
carencia nunca concluye.
Y entonces el
deseo deja de estar bajo nuestro control. El sujeto ya no posee el deseo: es
poseído por él.
El problema no es desear
Sería un error
concluir que el relato condena cualquier forma de deseo.
El deseo forma
parte de la vida humana. Hay deseos sanos y necesarios:
- hambre,
- descanso,
- afecto,
- amistad,
- sentido,
- conexión.
El problema
aparece cuando el deseo nace exclusivamente de la sensación de insuficiencia
interior y pretende resolverla acumulando objetos, experiencias o
reconocimiento.
Porque aquello
que nace de la carencia absoluta difícilmente produce paz.
Sin embargo,
existen también otros deseos.
Deseos que
nacen no de la pobreza interior, sino de la abundancia:
- el deseo de compartir algo bello,
- de ayudar a un hijo,
- de hacer un regalo,
- de enseñar algo valioso,
- de cuidar,
- de crear.
Son deseos
completamente distintos porque no intentan llenar desesperadamente un vacío.
Expresan una vida que ya posee cierta plenitud y quiere desbordarse hacia
fuera.
Ahí el deseo no
devora al sujeto.
Aprender a desear
Quizá el
verdadero tema de La pata de mono no sea la magia negra ni el terror
sobrenatural.
Quizá el relato
nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda:
¿Desde dónde
deseamos?
Porque el
problema decisivo no es simplemente alcanzar o no nuestros objetivos. La
cuestión más profunda es otra:
¿En qué tipo de
persona me convertirá aquello que persigo?
Vivimos en una
cultura que estimula constantemente el deseo:
- más consumo,
- más experiencias,
- más visibilidad,
- más rendimiento,
- más identidad,
- más satisfacción inmediata.
Pero rara vez
nos detenemos a examinar el origen de nuestros deseos.
Y quizá ahí comienza
la verdadera sabiduría.
No en dejar de
desear, sino en aprender a distinguir entre los deseos que nacen de la ansiedad
y aquellos que nacen de una vida interior más rica, más libre y más serena.
Porque no todo
lo que deseamos nos hará bien.
Y a veces la
peor tragedia no consiste en no conseguir aquello que queremos, sino en
descubrir demasiado tarde que era exactamente eso lo que iba a destruirnos.

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