sábado, 11 de julio de 2026

Somos mendigos: una verdad sobre el amor y la vida

 




Somos mendigos: una verdad sobre el amor y la vida

 

Hay una pregunta que aparece una y otra vez en la literatura. Da igual que leamos a Homero, a Shakespeare, a Zorrilla, a Saint-Exupéry o a Tagore. Siempre vuelve la misma cuestión:

¿Qué necesita un ser humano para vivir?

La respuesta moderna parece sencilla. Necesitamos autonomía, éxito, realización personal, alcanzar nuestros objetivos. En definitiva, conseguir aquello que deseamos.

Sin embargo, las grandes obras literarias apuntan en otra dirección.

Nos recuerdan que existen bienes decisivos que no podemos fabricar ni conquistar. Podemos construir una casa, pero no un hogar. Podemos acumular riqueza, pero no comprar una amistad. Podemos seducir, pero no obligar a nadie a amarnos. Podemos alcanzar el poder, pero no imponer la fidelidad.

Hay cosas que sólo pueden recibirse.

Y eso nos convierte, en cierto modo, en mendigos.

Ulises vuelve como un mendigo

Esta idea aparece con una fuerza extraordinaria en La Odisea.

Ulises regresa a Ítaca después de vencer en Troya, sobrevivir a monstruos, tempestades y tentaciones. Lo ha conseguido casi todo. Sin embargo, cuando está a punto de llegar a casa no vuelve como un conquistador, sino disfrazado de mendigo.

¿Por qué?

Porque necesita algo que ninguna hazaña puede garantizar.

Necesita ser reconocido por Penélope, acogido por Telémaco y recibido nuevamente por su pueblo. Puede luchar, navegar y resistir, pero no puede imponer que los demás lo reciban. Ese reconocimiento sólo puede ser un regalo.

El riesgo del amor

Quizá por eso el amor lleva siempre consigo una herida.

Quien ama entrega algo de sí mismo sin disponer de garantías. Puede ofrecer tiempo, fidelidad, cuidado o sacrificio, pero nunca puede obligar al otro a corresponder.

Las grandes historias de amor conocen bien este riesgo.

El Principito descubre que amar significa hacerse responsable.

Cyrano escribe cartas que nunca podrá firmar.

Doña Inés intercede por quien no merece ser salvado.

Penélope espera.

Ulises regresa.

Todos muestran que el amor no consiste principalmente en sentir, sino en dar.

El mendigo de Tagore

Rabindranath Tagore cuenta una pequeña historia que resume magistralmente esta paradoja.

Un mendigo ve acercarse la carroza del gran rey. Espera recibir una limosna. Sin embargo, el rey le tiende la mano y le pregunta:

—¿Tienes algo que darme?

Desconcertado, el mendigo entrega un solo grano de trigo.

Esa noche descubre entre sus pertenencias un grano de oro y comprende, con tristeza, que debería haberlo entregado todo.

La historia parece sencilla, pero encierra una verdad profunda.

Solemos pensar que la riqueza consiste en tener mucho. Quizá la verdadera riqueza consista, más bien, en tener algo que ofrecer.

Mendigos... y también reyes

La madurez humana quizá consista precisamente en descubrir estas dos verdades al mismo tiempo.

Necesitamos recibir.

Pero también tenemos algo que dar.

Vivimos de los dones que otros nos regalan —la vida, el amor, la amistad, la confianza— y nuestra existencia alcanza su plenitud cuando nosotros mismos nos convertimos en un don para los demás.

No somos sólo mendigos.

Tampoco somos sólo reyes.

Somos ambas cosas.

Y quizá ahí resida una de las intuiciones más profundas que la gran literatura lleva siglos intentando transmitir.

 

 

Si prefieres escuchar esta reflexión desarrollada a partir de Homero, El Principito, Cyrano, Don Juan Tenorio y Tagore, puedes verla aquí:

https://youtu.be/pm1aqDv1q5c

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