Somos
mendigos: una verdad sobre el amor y la vida
Hay una
pregunta que aparece una y otra vez en la literatura. Da igual que leamos a
Homero, a Shakespeare, a Zorrilla, a Saint-Exupéry o a Tagore. Siempre vuelve
la misma cuestión:
¿Qué necesita
un ser humano para vivir?
La respuesta
moderna parece sencilla. Necesitamos autonomía, éxito, realización personal,
alcanzar nuestros objetivos. En definitiva, conseguir aquello que deseamos.
Sin embargo, las grandes obras literarias apuntan en otra dirección.
Nos recuerdan
que existen bienes decisivos que no podemos fabricar ni conquistar. Podemos
construir una casa, pero no un hogar. Podemos acumular riqueza, pero no comprar
una amistad. Podemos seducir, pero no obligar a nadie a amarnos. Podemos
alcanzar el poder, pero no imponer la fidelidad.
Hay cosas que
sólo pueden recibirse.
Y eso nos
convierte, en cierto modo, en mendigos.
Ulises vuelve como un mendigo
Esta idea
aparece con una fuerza extraordinaria en La Odisea.
Ulises regresa
a Ítaca después de vencer en Troya, sobrevivir a monstruos, tempestades y
tentaciones. Lo ha conseguido casi todo. Sin embargo, cuando está a punto de
llegar a casa no vuelve como un conquistador, sino disfrazado de mendigo.
¿Por qué?
Porque necesita
algo que ninguna hazaña puede garantizar.
Necesita ser
reconocido por Penélope, acogido por Telémaco y recibido nuevamente por su
pueblo. Puede luchar, navegar y resistir, pero no puede imponer que los demás
lo reciban. Ese reconocimiento sólo puede ser un regalo.
El riesgo del amor
Quizá por eso
el amor lleva siempre consigo una herida.
Quien ama
entrega algo de sí mismo sin disponer de garantías. Puede ofrecer tiempo,
fidelidad, cuidado o sacrificio, pero nunca puede obligar al otro a
corresponder.
Las grandes
historias de amor conocen bien este riesgo.
El Principito
descubre que amar significa hacerse responsable.
Cyrano escribe
cartas que nunca podrá firmar.
Doña Inés
intercede por quien no merece ser salvado.
Penélope
espera.
Ulises regresa.
Todos muestran
que el amor no consiste principalmente en sentir, sino en dar.
El mendigo de Tagore
Rabindranath
Tagore cuenta una pequeña historia que resume magistralmente esta paradoja.
Un mendigo ve
acercarse la carroza del gran rey. Espera recibir una limosna. Sin embargo, el
rey le tiende la mano y le pregunta:
—¿Tienes algo
que darme?
Desconcertado,
el mendigo entrega un solo grano de trigo.
Esa noche
descubre entre sus pertenencias un grano de oro y comprende, con tristeza, que
debería haberlo entregado todo.
La historia
parece sencilla, pero encierra una verdad profunda.
Solemos pensar
que la riqueza consiste en tener mucho. Quizá la verdadera riqueza consista,
más bien, en tener algo que ofrecer.
Mendigos... y también reyes
La madurez
humana quizá consista precisamente en descubrir estas dos verdades al mismo
tiempo.
Necesitamos
recibir.
Pero también
tenemos algo que dar.
Vivimos de los
dones que otros nos regalan —la vida, el amor, la amistad, la confianza— y
nuestra existencia alcanza su plenitud cuando nosotros mismos nos convertimos
en un don para los demás.
No somos sólo
mendigos.
Tampoco somos
sólo reyes.
Somos ambas
cosas.
Y quizá ahí
resida una de las intuiciones más profundas que la gran literatura lleva siglos
intentando transmitir.
Si prefieres
escuchar esta reflexión desarrollada a partir de Homero, El Principito,
Cyrano, Don Juan Tenorio y Tagore, puedes verla aquí:

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