domingo, 16 de agosto de 2026

Lo que no está en nuestras manos

 Hay cosas que podemos construir y cosas que sólo podemos recibir. Podemos cuidar una amistad, cumplir una promesa, permanecer junto a alguien cuando llegan las dificultades, pedir perdón, aprender a escuchar. Podemos hacer mucho y conviene hacerlo. Pero ninguna acumulación de cuidados nos otorga un derecho sobre la libertad del otro. No podemos conseguir que alguien nos quiera del mismo modo que conseguimos terminar un trabajo o pagar una deuda. Tal vez una parte importante de la madurez consista en aprender esa diferencia: hacer todo lo que está en nuestra mano sin creer por ello que todo está en nuestras manos.

También confundimos a veces la imperfección del amor con su falsedad. Como somos limitados, amamos limitadamente: nos equivocamos, esperamos demasiado, tenemos miedo, exigimos, desconfiamos. Pero de ahí no se sigue que nuestro amor sea falso o necesariamente pasajero. Un padre puede seguir queriendo a un hijo que lo ha decepcionado profundamente; alguien puede querer el bien de una persona que ha decidido alejarse de él. Quizá amar no consista en alcanzar una pureza inaccesible, sino en aprender lentamente a querer mejor. Y acaso por eso el amor verdadero no sea el que nunca tropieza, sino el que descubre, también después de tropezar, que el bien del otro sigue siendo un bien.

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