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Jaime Ballester (2013) |
Hemos visto cómo Pinocho, tras el tropezón inicial, vuelve a
ser ayudado por su padre. Geppetto le rehace los pies y lo alimenta. Con un
esfuerzo que cualquier padre realiza gustoso. Por su parte, Pinocho quiere que
su padre se sienta orgulloso de él. Quiere convertirse en un “buen chico”.
Quiere ir a la escuela. Necesita en primer término ropa, la
conciencia de su valía interior y el poder de mostrarse ante los demás. Quedó
aludido que se trata del ámbito de la formación de la intimidad, de la
averiguación del sentido de nuestra existencia. Nadie puede vivir una vida
humana sin el “vestido” que recibimos en nuestra familia y que iremos retocando,
no necesariamente para mejor, a lo largo de nuestra vida.
Geppetto ha cubierto hasta ahora todas las necesidades de Pinocho.
Surge una nueva:
«Me falta el Abecedario».
Se necesitan también libros, el Abededario, ¿cómo
conseguirlo? Para Pinocho
«Es facilísimo: se va a la librería y se compra».
El hijo ha recibido todo. Para él la vida es así de fácil.
Le ha bastado no rechazar lo que le han ido proporcionando. Incluso cuando lo
ha estropeado le ha sido repuesto.
Otra es la perspectiva de Geppetto. Cada nuevo don le ha
supuesto un generoso sacrificio. Ha hecho los pies, ha alimentado y vestido a
Pinocho. Parece que puede conseguir todo con su ingenio. Pero el Abecedario no.
No puede.
El Abecedario representa el saber, el aprendizaje conseguido
como fruto de una instrucción, el conocimiento obtenido tras el estudio. No el
saber de la vida que cada padre intenta transmitir a sus hijos. Se trata de los
saberes especializados que van desde la literatura o la matemática hasta la
fontanería o la carpintería. Geppetto es carpintero, podría enseñar a Pinocho
ese oficio. Pero no la matemática o la cocina: para eso se requiere alguien que
posea ese saber y sea capaz de instruir a otros.
Quienes han tomado sobre sí la función de dirigir la
formación de otros en ámbitos particulares han sido llamados desde siempre
“maestros” independientemente de que su campo fuese la matemática o la danza. Para
ser maestro se requiere poseer de modo excelente los conocimientos de su campo,
ser una autoridad. Por eso los padres confiaban en él, ponían a sus hijos bajo
la dirección de esas personas para que los instruyesen en los dominios a los
que la familia no llegaba.
Cuando los Estados modernos asumieron el propósito de
facilitar que los ciudadanos pudieran elevar su nivel de conocimientos
elaboraron leyes y constituyeron ministerios de Instrucción pública. El
objetivo era conseguir que toda la población dispusiera de los conocimientos
elementales (leer, escribir, calcular), universalizar la instrucción en ámbitos
básicos y a los cuales las familias no podían atender por carecer de tiempo o
de saber.
Hay que subrayar que el objetivo era “instruir”, dotar al
ciudadano de conocimientos, capacitarlo profesionalmente sin interferir en el
modo en que cada uno decidía dirigir su vida.
Mientras esta concepción de la enseñanza fue hegemónica gozamos
de centros educativos que eran ámbitos técnico-profesionales donde primaba
el conocimiento y la búsqueda de la excelencia. Contamos con prestigiosos profesores
seleccionados en función de su maestría, del dominio de su disciplina. A tales
centros y tales profesores la sociedad les correspondía con reconocimiento a su
autoridad y agradecida confianza.
Tiempo después asistimos a una transformación de los
ministerios de instrucción en ministerios de educación. Y al empeño por
instruir ha sustituido la pretensión de “educar” entendiendo este término en el
sentido de transmitir valoraciones vitales, eso que se denomina con el insípido
nombre de “educación en valores”, a lo cual se han añadido otros síntomas de que hace tiempo que se olvidó que la instrucción es el sentido de la enseñanza: la agobiante multiplicación de la burocracia o la proliferación de comisiones de "expertos", observatorios y todo tipo de estructuras donde los profesores raramente participan ya que saben su materia pero, ¡oh, paradoja!, no son "expertos" en educación.
Esta gravísima desviación ha desprestigiado a los profesores,
los centros y la enseñanza en su conjunto y, lógicamente, ha debilitado a la
sociedad a la que ya no sirve convirtiendo el “derecho a la educación” en
“obligación de asistir a la escuela”.
Si la tarea del maestro no es ya transmitir unos
conocimientos en los que ha mostrado ser superior a los padres, ¿qué sentido tiene
que se les confíe a los niños?
El profesor debe ahora centrar sus esfuerzos en transmitir
valores, pero esos valores ¿son los mismos que se transmiten en casa? En ese
caso se trata de una innecesaria tarea que, además, viene asociada a que los
padres son quienes tienen que instruir a sus hijos asumiendo el trabajo
abandonado por los maestros, aquel en que radicaba su prestigio. Si son valores
distintos, no se ve por qué habrían de ser mejores que los que cada familia
transmite a sus hijos, ni qué derecho pueden tener las escuelas en un sistema
no totalitario a inmiscuirse ahí. Lo que sí se ve es por qué los profesores que
han estudiado matemáticas o literatura ahora no tienen prestigio: sabrán muchas
matemáticas pero eso, dicen los partidarios de este modelo educativo, no es lo
importante. Puesto que lo que esos profesores saben no es lo importante y no
están preparados para desempeñar la tarea que esa nueva escuela les demanda,
son claramente incompetentes y se hallan al arbitrio de los “expertos” en educación
que no saben nada de matemáticas y cuya misión se denomina “comisarios
políticos” en aquellos regímenes en los que ese modelo educativo encaja
plenamente.
La práctica educativa que se ha extendido entre nosotros ha
generado, resumo, descrédito para los profesores, justificada falta de
confianza de la sociedad en sus maestros, alumnos que son la viva imagen del
“buen salvaje” roussoniano: muy conformistas, muy dóciles a los valores que se
les han inculcado; fácilmente irritables y, por tanto, manipulables contra
cualquiera que les niegue la satisfacción de sus necesidades; poco instruidos
y, por tanto, con escasa capacidad para salir de ese círculo vicioso en que la
analfabeta “educación en valores” les ha postrado.
Asistimos a una lucha formidable entre los dos modelos de
educación irreconciliables: el modelo totalitario y el modelo basado en la
instrucción y respeto a la libertad.
Hay que recuperar la idea de que Geppetto transmite a su
hijo no sólo la vida y el alimento, sino también los “valores”, lo que él ha
aprendido de la vida, lo que considera que confiere sentido a la existencia.
Geppetto puede ser analfabeto, pero sí sabe qué hay que hacer para que la vida
valga la pena ser vivida. Y envía a Pinocho a la escuela para que aprenda el
Abecedario gracias a la instrucción de un maestro competente.
Esta concepción coloca a cada uno en su lugar, a la familia
y a la escuela. Y también a Pinocho. Porque el niño no sabe nada de la vida y
por eso necesita ser guiado por la autoridad paterna; ni tampoco sabe nada del
alfabeto y por eso necesita ser guiado por la autoridad del maestro. Así, el
maestro transmite su saber con autoridad, y el padre transmite valores con
autoridad. Cada uno en sus respectivos ámbitos.
Las sociedades libres no son homogéneas, sólo en los rebaños
animales y en las sociedades totalitarias sus componentes viven según idénticos
valores porque no hay libertad. Geppetto no tiene los mismos valores que maese
Cereza. Precisamente por eso no seremos miembros de un rebaño sino ciudadanos de
una sociedad plural, con más campo de juego para la inteligencia y la libertad.
Esta es la perspectiva que tiene ante sí Pinocho una vez que
Geppetto le consigue el Abecedario. Para eso ha tenido que vender su casaca en
pleno invierno, pero considera que vale la pena. Pinocho, al comprender el
sacrificio de Geppetto,
«saltó al cuello de Geppetto y empezó a besarle toda la cara».
¡¡¡ Magnífico, Maestro !!!
ResponderEliminarSaludos, Carmen
Sigues mirándome con buenos ojos, y yo no puedo sino agradecértelo.
EliminarPero por decir estas cosas he recibido hasta amenazas. Insultos, por supuesto, porque los de la "educación en valores" se las traen. En un par de días cuelgo un artículo que publiqué hace tiempo y que me valió la nominación a un viaje y larga estancia por el extranjero, concretamente por Siberia.
Gracias