El Principito: el error que destruye el amor
No hace falta
perder a alguien para que todo se rompa.
Basta con dejar
de verlo como único.
No hace falta
perder a alguien para que todo se rompa.
Basta con dejar
de verlo como único.
Hay una forma de mentira que no necesita engañar a nadie.
Basta con que nos convenza a nosotros mismos. Y eso es lo inquietante, porque
aquí no hay nadie más a quien convencer.
Y sin embargo, el engaño ocurre.
Pocas historias lo muestran con tanta claridad como una fábula bien conocida: La zorra y las uvas.
Hay situaciones
curiosas que todos hemos experimentado alguna vez. Algo ocurre delante de
nosotros, todos lo vemos, es evidente… y sin embargo nadie dice nada. No porque
sea complicado, sino porque nadie quiere ser el primero en señalarlo.
Los ingleses tienen una expresión muy gráfica para describir esto: the elephant in the room, el elefante en la habitación. Un problema enorme, visible para todos, pero del que nadie habla.
En una conversación
reciente en Tinta y Caos, el filósofo Juan Manuel Burgos abordó una
cuestión fundamental de la antropología filosófica: la diferencia entre individuo
y persona.
A primera vista puede parecer una distinción menor. Sin embargo, de ella depende en gran medida cómo entendemos al ser humano, la libertad, la sociedad y el sentido de nuestras relaciones.
Decimos con
frecuencia: “eso es de sentido común”. Lo decimos como si el sentido
común fuese algo evidente, estable, casi incuestionable. Sin embargo, basta
mirar un poco hacia atrás para descubrir algo curioso: el sentido común cambia.
Lo que parecía
evidente hace cincuenta años hoy puede resultarnos extraño. Y lo que hoy nos
parece indiscutible quizá dentro de unas décadas ya no lo sea. Entonces surge
la pregunta: ¿qué es exactamente el sentido común?
¿Es lo que piensa la mayoría?
¿Es una especie de
hábito colectivo?
¿O se trata de algo
más profundo?
Para aclarar la
cuestión conviene retroceder hasta Grecia. Aristóteles utiliza la expresión koiné
aisthesis, que solemos traducir como “sentido común”. Pero en el filósofo
griego esta idea no se refiere todavía a opiniones o comportamientos humanos.
Tiene que ver con la percepción.
Nuestros sentidos
captan datos distintos de la realidad: el color lo percibimos con la vista, el
sonido con el oído, el movimiento con otros sentidos. Pero en nuestra
experiencia cotidiana esos datos no aparecen aislados. Hay algo que los
integra.
Gracias a esa
integración podemos decir: esto es un perro.
El sentido común, en
este primer nivel, es precisamente esa capacidad de unificar los datos
dispersos de la experiencia.
Los datos por sí solos
son fragmentos. El sentido común construye con ellos un mundo coherente.
Pero hay un elemento
más.
Para poder integrar
esos datos necesitamos un saber previo. Si vemos un animal desconocido
quizá podamos describir su tamaño o su color, pero no sabremos qué es
exactamente.
El sentido común se
apoya en la experiencia acumulada.
Por eso ocurre algo
muy interesante: quien sabe más ve más.
Donde unos ven
simplemente un perro, otros ven un perro amistoso o un perro peligroso. Los datos
son los mismos. Lo que cambia es la comprensión que los integra.
El sentido común, por
tanto, no es sólo una facultad psicológica. Es también una sabiduría
heredada, una sedimentación de experiencia que recibimos de quienes nos
precedieron.
Aprendemos a movernos
en el mundo porque alguien nos ha enseñado antes cómo hacerlo.
Esa sabiduría
compartida no es idéntica en todas las épocas.
Pensemos en Telémaco,
el hijo de Ulises. Para un joven griego de la Antigüedad, formarse significaba
prepararse para combatir, gobernar y hablar en la asamblea. Ese era el modo
razonable de convertirse en adulto.
Hoy aconsejamos algo
distinto a nuestros hijos: estudiar, formarse, encontrar un trabajo, situarse
en la vida.
En ambos casos hablamos
de sentido común. Pero es evidente que el contenido del sentido común ha
cambiado.
El sentido común
evoluciona lentamente, al ritmo de la experiencia histórica de las comunidades
humanas.
Sin embargo, la modernidad
introduce una dificultad nueva.
El sentido común
actual suele decirnos que una vida lograda consiste en estudiar, trabajar,
integrarse en la sociedad y cumplir nuestras responsabilidades.
Pero la literatura a
veces revela que esa integración puede ser insuficiente.
Kafka lo muestra de
manera magistral en La metamorfosis. Gregor Samsa ha hecho todo lo que
se espera de él: trabaja, sostiene a su familia, cumple con su deber. Y, sin
embargo, un día despierta convertido en un insecto.
La imagen es brutal,
pero apunta a algo inquietante.
Quizá una vida
puramente funcional —trabajar, producir, sostener el sistema— no basta para ser
plenamente humano. Quizá el sentido común de nuestra época ha reducido la vida
a un mecanismo eficiente, pero incompleto.
Hay todavía un
problema mayor.
Durante siglos el
sentido común cambió de forma orgánica, lentamente, a través de la experiencia
colectiva. Pero en el mundo moderno se ha descubierto que ese marco puede ser
diseñado.
Antonio Gramsci habló
de la hegemonía cultural: el lugar donde se decide qué es lo que la sociedad
considera razonable.
George Orwell imaginó
en 1984 un mundo donde incluso las evidencias más básicas podían ser
alteradas. Allí el poder podía obligar a aceptar que 2 + 2 son 5.
No porque los datos
hayan cambiado, sino porque el marco desde el que los interpretamos ha sido
manipulado.
En ese momento el
sentido común deja de brotar de la experiencia compartida y pasa a ser administrado, manipulado.
Y cuando eso ocurre el
mundo empieza a fragmentarse.
¿Hay salida?
Quizá la tarea no sea
inventar un nuevo sistema de ideas. Quizá sea algo más sencillo y más exigente:
volver a la realidad.
Volver a escuchar a
quienes saben de aquello sobre lo que hablan. Distinguir entre quien tiene
experiencia y quien sólo repite consignas.
Si el sentido común es
lo que mantiene unido el mundo, entonces nuestra tarea consiste en reconstruir
esa unidad a partir de la experiencia real.
Porque cuando esa
unidad se pierde, el mundo no desaparece. Siguen existiendo palabras,
opiniones, discursos.
Pero ya no hay mundo
compartido.
Ya no hay sentido.
🎥 Este artículo desarrolla las ideas del
siguiente vídeo del canal Tinta y Caos:
Si te interesa explorar cómo la literatura nos ayuda a comprender la vida, puedes suscribirte al canal o compartir este artículo.
Hay épocas en las que
abundan los datos y escasea la comprensión. Se publican estadísticas, se
desclasifican documentos, se acumulan cifras que describen con creciente
precisión lo que ocurrió.
Pero saber más no equivale necesariamente a entender mejor. Quien ha sufrido fiebre, vómitos y dolor de cabeza sabe que los síntomas, por evidentes que sean, no constituyen todavía un diagnóstico: una indisposición pasajera y un embarazo pueden compartir señales, y no significan lo mismo. También en la vida económica acumulamos cifras, indicadores y proyecciones. Pero el dato, por preciso que sea, no sustituye al juicio que lo interpreta.
Una de las ideas que
define buena parte de la modernidad es esta: podemos empezar desde cero. No
debemos nada a nadie. Somos nuestro propio origen: somos lo que decidimos y
hacemos con nuestra vida.
Pero cuando uno se piensa como origen absoluto, deja de reconocerse como hijo. Y cuando deja de reconocerse como hijo empieza a pensarse sólo como niño: alguien que comienza, juega, inventa, pero que no recibe nada ni debe nada. En esa diferencia se juega buena parte de nuestra crisis cultural.
Leer El espiritismo y la creación poética de Jon Aizpúrua es adentrarse en una obra que, bajo el ropaje de antología literaria, se presenta también como una propuesta de visión del mundo. No se trata sólo de seleccionar textos poéticos vinculados a la sensibilidad espiritista: se trata de reivindicar el espiritismo como clave de lectura, e incluso de producción, de la poesía. En este sentido, el autor, reconocido en el ámbito espiritista por obras anteriores como Los fundamentos del espiritismo, nos ofrece un texto ambicioso, documentado y escrito con evidente entusiasmo.
En una conversación reciente con Juan Manuel Sara —traductor
y profundo conocedor del teólogo Hans Urs von Balthasar y de la mística suiza
Adrienne von Speyr— apareció una frase que, más allá de su contexto religioso,
tiene un alcance sorprendentemente humano.
La frase era esta:
No se trata de hacer la voluntad de Dios, sino de dejar que
en nosotros se haga la voluntad de Dios.
Puede sonar a matiz teológico. Pero en realidad encierra una cuestión que nos afecta a todos: ¿vivimos imponiendo nuestra voluntad… o dejando espacio para que algo verdadero acontezca en nosotros?
Dejo en el canal de YouTube una conversación larga y sin
prisas con el poeta, traductor y profesor Gabriel Insausti. Una tertulia en la
que el tiempo pasa volando porque Gabriel habla claro, con humor y sin
concesiones.
Alguno de los hilos que fuimos desenredando:
Tres de cada diez chicos de quince años no entienden un
texto sencillo (dato PISA que duele). En la universidad la cosa no mejora
mucho: los alumnos llegan sin hábito lector y, lo que es peor, sin la menor
familiaridad con la tradición. Sin tradición no hay alusiones, sin alusiones no
hay humor ni poesía. Un chiste sobre Béquer cae en el vacío.
Insausti defiende el canon sin complejos: «Hace falta un
canon aunque sólo sea para derribarlo». Derribarlo del todo nos deja perdidos
entre 5.853 películas en Netflix o entre miles de novedades editoriales. Y
cuando se derriba todo, al final mandan los que tienen más megáfono. Resultado:
«Acabamos leyendo a Pepe Botella en vez de a Cervantes».
Su frase estrella: «Yo apuesto por los worstsellers». Libros
que venden cuatro ejemplares en su época pero que aguantan siglos porque están
bien construidos. Moby Dick, El gran Gatsby o la poesía de Emily Dickinson
fueron worstsellers en su momento. Los bestsellers, en cambio, envejecen a la
velocidad de la moda.
Gabriel lleva años traduciendo por encargo (Alice McDermott,
Carice Davis) y, sobre todo, por amor: Coleridge, Edward Thomas, los poetas de
la Gran Guerra… Cuando hablamos de la
inteligencia artificial, suspira y suelta la frase: «Menos mal que para mí la
traducción es una ocupación secundaria… porque si tuviera que vivir
exclusivamente de esto, con lo que se nos viene encima, ya me habría arrancado
los pocos pelos que me quedan». La inteligencia artificial le preocupa
(y mucho) en la traducción técnica y comercial, menos en la literaria… por
ahora.
Porque hay mucha soledad y porque mucha gente no encuentra
con quién hablar de verdad. La poesía funciona como un mensaje retardado, un
WhatsApp que se entrega dentro de cien años. Y, en el mejor de los casos, abre
una puerta hacia lo permanente, hacia lo que no cabe en stories ni en tuits.
Un libro magnífico y casi secreto: Dios ha nacido en el exilio de Vintilă Horia. El diario ficticio de
Ovidio en su destierro a orillas del Mar Negro, cuando empieza a oír rumores de
un nuevo dios nacido también lejos de Roma. Ganó el Goncourt y se lo retiraron
por el pasado político del autor. Merece ser rescatado.
La frase con la que Gabriel cerró la entrevista y que me
acompaña desde entonces:
«La literatura no es un modo de no vivir, como algunos
creen; es un modo de vivir más ricamente».
Dejo enlace al vídeo completo:
¿El amor es “cuchi-cuchi”… o puede salvar? (2/2)
Gracia, intercesión y segunda
oportunidad
(Segunda parte
del artículo. Tras recorrer los primeros peldaños del amor —fascinación,
aventura y transformación—, nos detenemos ahora en su forma más alta.)
Si el amor puede
invitar a la transformación pero no imponerla, parecería que todo concluye
donde el hombre decide quedarse.
Así ocurre en el Don
Juan de Tirso de Molina o en el Don Giovanni de Mozart: el que no se
transforma, cae. El juicio es implacable.
Pero Zorrilla se atreve a abrir una puerta que los otros cierran.
¿El amor es “cuchi-cuchi”… o puede
salvar? (I)
De la fascinación a la
transformación
(Primera parte
de un artículo en dos entregas. En esta sección recorremos los primeros
peldaños de lo que podría llamarse “la escalera del amor”. En la segunda parte
abordaremos su forma más alta: la gracia y la salvación.)
Hay una idea del amor
que nos resulta muy cómoda.
El amor como emoción
agradable. Como confirmación del propio valor. Como lugar donde me dicen que
soy suficiente.
El amor como
“cuchi-cuchi”, en suma.
Pero la literatura seria va más allá. En las obras que hemos recorrido en Tinta y Caos aparece otra cosa: una escalera. Un ascenso exigente que va desde la fascinación romántica hasta una pregunta más honda: ¿puede el amor salvarnos?
Acariciar tiene que ver con tocar. Es mucho más, desde luego,
pero empieza por el tacto y el contacto.
A simple vista, el tacto parece el más humilde de los
sentidos. No tiene la distancia luminosa de la vista ni la nobleza del oído,
tan unido a la palabra. Es inmediato, corporal, cercano; algo que compartimos
con los animales. Y quizá por eso mismo sea el más esencial.
Aristóteles lo dice sin rodeos: puede haber seres vivos sin
vista o sin oído, pero ninguno sin tacto. Sin tacto no hay vida animal. Y en
nosotros, cuando el tacto se apaga —cuando ya no hay caricia—, la relación se
enfría, la presencia se debilita y la vida pierde algo profundamente humano.
Sentir, nos recuerda Aristóteles, no es actuar, sino dejarse
tocar. Un color, un sonido, un olor llegan desde fuera y nos alcanzan. Pero no
basta con recibir: el aire y la piedra también reciben colores y sonidos, y no
por eso ven ni oyen. Sentir requiere algo propio del viviente: una respuesta
que transforma lo recibido. En esa transformación ya hay un primer
conocimiento, aunque sea pasivo, receptivo. Porque la pura pasividad no conoce;
sólo sufre. Lo mismo ocurre en el pensamiento. No todo lo que pasa por la mente
se convierte en idea clara. Puede haber intuiciones, presentimientos, algo que
ronda, pero mientras no lo hagamos nuestro, no es todavía saber.
Por eso ni el puro sentir ni el puro pensar alcanzan a
explicar lo que pasa en una caricia.
Acariciar no es sólo tocar para explorar o manipular. En la
caricia el tacto no busca información: busca hacerte sentir que estoy aquí. Y
lo decisivo es que el centro no soy yo, el que acaricia, sino tú, el que
recibe. La caricia puede ser placentera para quien la da, pero no nace de una
necesidad propia, sino de una atención dirigida al otro. No transmite datos;
simplemente comparece. A través del cuerpo, la persona entera se hace presente.
Pedro Salinas lo captó con una precisión que no necesita
explicación: «¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!»
La caricia no compite con el silencio ni con la palabra
clara. Pertenece a otro registro. Dice, sin decir: estoy aquí. Y también: no
estás solo. Por eso no es un contacto funcional ni un resto de instinto.
Es un uso humano del tacto, lleno de reconocimiento y
presencia.
En los animales hay contactos que cumplen funciones vitales
o sociales: aseo, calma, protección. La caricia humana, en cambio, puede
suspender toda función. No sirve para algo; sirve a alguien. No obedece a la
necesidad, sino a la relación. Y se distingue claramente de cualquier gesto
que, bajo su nombre, en realidad apropia, reduce o instrumentaliza al otro.
En el ser humano, la vista y el oído ganan terreno; el
olfato retrocede. La voz y la palabra se vuelven centrales. Por eso la caricia
puede ir acompañada de palabras, y cuando lo hace, tacto y voz dicen lo mismo:
presencia ofrecida.
Conocer, sea con los sentidos o con la mente, siempre
implica cierta apropiación: hacer propio un color, una idea. La caricia
pertenece al orden contrario: no es apropiación, es donación. El otro no es objeto de una acción, sino
destinatario de una entrega. Al acariciar no conocemos: amamos. Y amar es
ponerse entero al servicio del otro, corporal y anímicamente, diciéndole —con o
sin palabras— que estoy aquí, a tu disposición, que no estarás solo.
No se trata de que yo
conozca algo nuevo sobre ti, sino de que tú sepas, con toda certeza, que te
amo, que estoy aquí para ti, que nunca estarás solo.
En esa entrega se encuentra la forma más sencilla y más
exigente del amor: confianza absoluta, seguridad plena. Vaciarse de uno mismo
para abrirse del todo a quien se ama.
Rubén Darío lo expresó sin necesidad de teoría: «¡Cuánto
calienta al alma una frase, un apretón de manos a tiempo!».
Calentar el alma no oscurece el pensamiento; lo acompaña mientras madura. El silencio sólo empobrece cuando pretende saber más de lo que sabe. Cuando se deja habitar por un gesto que simplemente dice “estoy aquí”, deja de ser vacío. Se vuelve presencia. Se vuelve plenitud.
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 96 (Febrero 2026), ISSN 2387-1601, pp. 46-47:
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Cyrano de Bergerac se estrenó en 1897, en una época
en que el teatro realista dominaba la escena europea. En ese contexto, Edmond
Rostand recuperó el verso, la emoción y el heroísmo, pero no desde una
ingenuidad romántica, sino con lucidez y profundidad. Su obra no ignora el amor
apasionado, pero lo pone a prueba.
No repite el esquema típico del yo enamorado que exige ser
amado. Propone otra figura: alguien que, sin renunciar al amor romántico, lo
habita desde lo hondo… y lo lleva hasta su conclusión lógica: más allá de sí
mismo.
El mundo no sólo contiene
símbolos: es simbólico. Y a veces no hay que mirar demasiado alto para
descubrir lo sagrado. Basta con escuchar a un gallo.
Y quien no percibe la
dimensión simbólica de lo cotidiano, no sólo se pierde los símbolos, sino
aquello a lo que los símbolos remiten: esa parte honda, vibrante y vertiginosa
de la realidad.
El exilio interior: Kafka, Camus y
Kavafis
Un viaje a la
raíz moderna del desarraigo
A lo largo de la
historia, el ser humano ha experimentado la pérdida, el desarraigo, la
sensación de no pertenecer. Pero hay algo radicalmente nuevo en el
desarraigo moderno: ya no se trata sólo de haber sido expulsados de un
lugar físico, sino de haber perdido la estructura entera que daba sentido a
ese lugar.
Durante siglos, las
personas vivieron en un mundo con un orden compartido. Existía un “cosmos” que
daba sentido a las cosas: la familia, la comunidad, la tradición, incluso la
naturaleza tenían un lugar claro en un conjunto mayor. Pero en la modernidad, ese
cosmos se ha disuelto. Ya no sabemos desde dónde mirar ni hacia dónde ir.
Hemos dejado de habitar un mundo lleno de sentido para pasar a vivir en un
espacio neutro, sin dirección, donde el yo se convierte en un sujeto aislado,
frágil, flotante.
Este vídeo es un intento de explorar esa herida a través de tres autores que encarnan distintas formas de ese exilio interior:
Oímos hablar de
autoestima, de cuidarse, de amor propio, pero también de narcisismo y egoísmo.
¿Qué significa realmente quererse a sí mismo? ¿Ponerse por delante, cuidarse
más, exigirse más, consentirse…?
Querer y quererse
suena bien, pero no es algo mágico.
No basta con querer:
ni quererse, ni querer al otro, porque puede ocurrir que queramos mal, que
queramos de modo inadecuado.
La literatura está
llena de personajes que lo hacen bien y que lo hacen mal. Y en ellos podemos
ver con una claridad que a veces la vida no nos permite.
Porque si la
literatura sirve para algo, quizás es para esto: para mirar y vernos con
claridad, para mirar lo humano desde fuera, como quien reconoce las cosas en un
espejo.
El exilio suele pensarse
como una pérdida: de tierra, de lengua, de pertenencia. Pero en la novela Dios
ha nacido en el exilio, el escritor rumano Vintila Horia se atreve a darle
la vuelta. ¿Y si el exilio, más que un castigo, fuese una revelación?
Horia imagina el diario perdido de Ovidio, el poeta romano, durante los ocho años que pasó desterrado en Tomis, una ciudad bárbara situada en los márgenes del Imperio. A través de una prosa íntima y llena de grietas, Ovidio va dejando atrás su nostalgia y su grandeza para enfrentarse, sin máscaras, a sí mismo.
El cuento ha cambiado
con los siglos, las versiones, los intérpretes. Pero el lobo, no.
Una niña se adentra en
el bosque. Lleva una capa roja. En algunas versiones, come carne humana sin
saberlo; en otras, se mete en la cama con el lobo y escapa sola. En otras, la
rescata un cazador. Pero hay algo que se mantiene inalterable en todos los
relatos: el lobo.
¿Qué tiene este cuento que ha sobrevivido a los siglos, que ha sido contado, recontado, censurado, endulzado, y aún hoy sigue inquietándonos?