Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?
Vivimos rodeados de
advertencias contra la ilusión. “No te hagas ilusiones”, decimos, como si
ilusionarse fuera, por definición, una forma de engañarse.
Y sin embargo, la palabra ilusión
guarda más matices de los que solemos reconocer. Proviene del latín illudere, que significa “burlarse”
o “engañar jugando” y que, a su vez, deriva del verbo ludere, “jugar”.
De esa raíz se han desarrollado tres sentidos distintos:
el negativo: el iluso, que se engaña,
el lúdico: la imaginación, que juega sin engañar, y
el positivo: la ilusión, como esperanza.
El primero es común a muchas lenguas. El segundo, más ambiguo. El tercero, en cambio, es un fenómeno exclusivo del español: en ninguna otra lengua se puede decir con precisión lo que en español expresa “vivir ilusionado”.

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