Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?
Vivimos rodeados de
advertencias contra la ilusión. “No te hagas ilusiones”, decimos, como si
ilusionarse fuera, por definición, una forma de engañarse.
Y sin embargo, la palabra ilusión
guarda más matices de los que solemos reconocer. Proviene del latín illudere, que significa “burlarse”
o “engañar jugando” y que, a su vez, deriva del verbo ludere, “jugar”.
De esa raíz se han desarrollado tres sentidos distintos:
el negativo: el iluso, que se engaña,
el lúdico: la imaginación, que juega sin engañar, y
el positivo: la ilusión, como esperanza.
El primero es común a muchas lenguas. El segundo, más ambiguo. El tercero, en cambio, es un fenómeno exclusivo del español: en ninguna otra lengua se puede decir con precisión lo que en español expresa “vivir ilusionado”.
Veamos ahora, uno por uno, estos tres sentidos, sus
implicaciones filosóficas y algunas figuras clave que los representan.
1. La ilusión como error: el iluso (Freud)
En este sentido, la
ilusión es una forma de falsedad. Es ver lo que no es, o desear algo sin base
en la realidad. El iluso no distingue entre sus deseos y los hechos:
cree que algo va a ocurrir simplemente porque lo anhela. Tarde o temprano,
llega la desilusión.
Sigmund Freud empleó
este enfoque en El porvenir de una ilusión (1927), donde analiza la
religión desde el prisma del psicoanálisis. Sostiene que la idea de un Dios
protector nace del rechazo humano al dolor, al sufrimiento y a la muerte. La
religión sería, entonces, una construcción imaginaria para calmar nuestros
miedos más profundos. Una fantasía reconfortante… pero falsa.
Según Freud, una
sociedad madura debería superar esa ilusión y asumir la vida tal como es, sin
tutelas imaginarias.
2. La ilusión como juego: lo lúdico (Huizinga)
Pero hay otra forma de
ilusión que no engaña. El juego. Cuando un niño juega a ser astronauta, sabe
que no lo es. Cuando un actor interpreta a un rey, no pierde de vista que está
en un escenario.
El historiador Johan
Huizinga, en su obra Homo Ludens, mostró que el juego no es sólo
distracción: es creación de mundos posibles, paralelos, pero coherentes y
significativos. Mundos que no se confunden con la realidad, pero que tienen
sentido y reglas propias. En este caso, la ilusión no es mentira ni error: es
forma simbólica, imaginación estructurada.
Lo lúdico actúa como
puente entre el engaño del iluso y la esperanza del ilusionado: una forma de
habitar otros mundos, sin negar el nuestro.
3. La ilusión como esperanza: vivir ilusionado (Marías)
Aquí llegamos al giro
específico del español: esa expresión única que no tiene equivalente exacto en
otras lenguas. Estar ilusionado.
No significa vivir en
un engaño, ni fingir, ni fantasear. Significa ver posibilidades reales en la
realidad. No negar el mundo, sino prolongarlo.
Julián Marías, en su Breve
tratado de la ilusión, lo formula con claridad:
“La ilusión es el lado
luminoso de nuestra condición indigente.”
Somos frágiles,
limitados, vulnerables. Pero precisamente por eso, abiertos a la mejora. Ilusionarse
es descubrir en lo que ya hay al alcance de nuestra mano (pequeño o grande,
fácil o arduo) caminos hacia algo mayor, algo que puede llevarnos a nuestra
plenitud.
Marías habla incluso de
vocación: cuando una posibilidad se cruza con lo que somos en lo más profundo,
es decir, cuando descubrimos en la realidad una posibilidad que nos está
destinada, que debemos realizar para realizarnos. Entonces la ilusión no es una
fuga de la realidad, sino una forma de responder a ella, de hacerla brillar e
iluminar nuestra vida con su luz.
Estas ideas han sido
desarrolladas también en un vídeo del canal Tinta y Caos, donde se
profundiza en estos tres sentidos de la ilusión. Puedes verlo aquí:
👉 Ver el vídeo
completo: Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?
U oírlo en
Spotify:

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