sábado, 29 de noviembre de 2025

Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?

 




Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?

 

Vivimos rodeados de advertencias contra la ilusión. “No te hagas ilusiones”, decimos, como si ilusionarse fuera, por definición, una forma de engañarse.

Y sin embargo, la palabra ilusión guarda más matices de los que solemos reconocer. Proviene del latín illudere, que significa “burlarse” o “engañar jugando” y que, a su vez, deriva del verbo ludere, “jugar”.

De esa raíz se han desarrollado tres sentidos distintos:

el negativo: el iluso, que se engaña,

el lúdico: la imaginación, que juega sin engañar, y

el positivo: la ilusión, como esperanza.

El primero es común a muchas lenguas. El segundo, más ambiguo. El tercero, en cambio, es un fenómeno exclusivo del español: en ninguna otra lengua se puede decir con precisión lo que en español expresa “vivir ilusionado”.

Veamos ahora, uno por uno, estos tres sentidos, sus implicaciones filosóficas y algunas figuras clave que los representan.

1. La ilusión como error: el iluso (Freud)

En este sentido, la ilusión es una forma de falsedad. Es ver lo que no es, o desear algo sin base en la realidad. El iluso no distingue entre sus deseos y los hechos: cree que algo va a ocurrir simplemente porque lo anhela. Tarde o temprano, llega la desilusión.

Sigmund Freud empleó este enfoque en El porvenir de una ilusión (1927), donde analiza la religión desde el prisma del psicoanálisis. Sostiene que la idea de un Dios protector nace del rechazo humano al dolor, al sufrimiento y a la muerte. La religión sería, entonces, una construcción imaginaria para calmar nuestros miedos más profundos. Una fantasía reconfortante… pero falsa.

Según Freud, una sociedad madura debería superar esa ilusión y asumir la vida tal como es, sin tutelas imaginarias.

2. La ilusión como juego: lo lúdico (Huizinga)

Pero hay otra forma de ilusión que no engaña. El juego. Cuando un niño juega a ser astronauta, sabe que no lo es. Cuando un actor interpreta a un rey, no pierde de vista que está en un escenario.

El historiador Johan Huizinga, en su obra Homo Ludens, mostró que el juego no es sólo distracción: es creación de mundos posibles, paralelos, pero coherentes y significativos. Mundos que no se confunden con la realidad, pero que tienen sentido y reglas propias. En este caso, la ilusión no es mentira ni error: es forma simbólica, imaginación estructurada.

Lo lúdico actúa como puente entre el engaño del iluso y la esperanza del ilusionado: una forma de habitar otros mundos, sin negar el nuestro.

3. La ilusión como esperanza: vivir ilusionado (Marías)

Aquí llegamos al giro específico del español: esa expresión única que no tiene equivalente exacto en otras lenguas. Estar ilusionado.

No significa vivir en un engaño, ni fingir, ni fantasear. Significa ver posibilidades reales en la realidad. No negar el mundo, sino prolongarlo.

Julián Marías, en su Breve tratado de la ilusión, lo formula con claridad:

“La ilusión es el lado luminoso de nuestra condición indigente.”

Somos frágiles, limitados, vulnerables. Pero precisamente por eso, abiertos a la mejora. Ilusionarse es descubrir en lo que ya hay al alcance de nuestra mano (pequeño o grande, fácil o arduo) caminos hacia algo mayor, algo que puede llevarnos a nuestra plenitud.

Marías habla incluso de vocación: cuando una posibilidad se cruza con lo que somos en lo más profundo, es decir, cuando descubrimos en la realidad una posibilidad que nos está destinada, que debemos realizar para realizarnos. Entonces la ilusión no es una fuga de la realidad, sino una forma de responder a ella, de hacerla brillar e iluminar nuestra vida con su luz.

 

 

Estas ideas han sido desarrolladas también en un vídeo del canal Tinta y Caos, donde se profundiza en estos tres sentidos de la ilusión. Puedes verlo aquí:

👉 Ver el vídeo completo: Ilusión: ¿autoengaño o motor de vida?

U oírlo en Spotify:

https://n9.cl/qjbhq


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