sábado, 21 de febrero de 2026

La trampa del voluntarismo

 




La trampa del voluntarismo

Una conversación sobre acción, disponibilidad y libertad

 

 

En una conversación reciente con Juan Manuel Sara —traductor y profundo conocedor del teólogo Hans Urs von Balthasar y de la mística suiza Adrienne von Speyr— apareció una frase que, más allá de su contexto religioso, tiene un alcance sorprendentemente humano.

La frase era esta:

No se trata de hacer la voluntad de Dios, sino de dejar que en nosotros se haga la voluntad de Dios.

Puede sonar a matiz teológico. Pero en realidad encierra una cuestión que nos afecta a todos: ¿vivimos imponiendo nuestra voluntad… o dejando espacio para que algo verdadero acontezca en nosotros?

Estamos acostumbrados a pensar la vida —también la vida espiritual— en clave de acción. Hacer. Decidir. Ejecutar. Organizar. Tomar la iniciativa. Incluso cuando hablamos de entrega o de obediencia, lo formulamos en términos activos: yo hago la voluntad de Dios. La frase suena fuerte, responsable, incluso heroica.

Pero encierra una trampa sutil.

Porque presupone que la voluntad divina es un encargo externo que yo debo realizar con mis fuerzas. Algo que se me impone desde fuera y que yo, con mayor o menor éxito, logro cumplir.

En esa lógica, la vida se convierte en una tarea que pesa sobre el sujeto. La relación con Dios (y, en el fondo, con la realidad) se vive como una exigencia constante: estar a la altura, responder, no fallar.

Y sin embargo, la frase citada introduce otro movimiento: no hacer, sino dejar que se haga, con toda la fuerza de nuestro corazón.

El centro se desplaza.

Ya no soy yo el que ejecuta un plan. Soy alguien en quien algo puede acontecer.

 

Acción y disponibilidad

La distinción no elimina la responsabilidad. No se trata de pasividad ni de indiferencia moral. Se trata de comprender qué significa actuar desde la verdad.

Hay un modo de vivir que consiste en imponerse a la realidad. Forzarla. Encajarla en mis categorías. Incluso mi relación con los demás puede adoptar esa forma: yo decido, yo marco el ritmo, yo defino lo que es bueno para ti.

Ese modo de vivir produce tensión. Produce rigidez. Produce, tarde o temprano, frustración.

La alternativa no es la inacción, sino la disponibilidad.
Dejar que algo se haga en mí implica reconocer que no soy el origen absoluto. Que la vida no comienza conmigo. Que hay un sentido que me precede y que sólo puede desplegarse si no lo ahogo con mi voluntad cerrada.

En términos filosóficos, sería algo tan sencillo —y tan difícil— como dejar ser a lo que es.

Esta lógica aparece con claridad en la figura de María en el Evangelio: no diseña el plan, no lo controla, no lo calcula. Dice sí. Y en ese sí acontece algo que la supera.

Pero más allá de la referencia explícitamente cristiana, hay aquí una ley antropológica más amplia.

Toda relación auténtica exige dejar espacio. Exige apertura: la disposición a admirarse ante lo que está ahí, antes de apropiárselo, antes de explicarlo, antes de convertirlo en proyecto propio.

No puedo amar si no permito que el otro sea.

No puedo comprender si no dejo que la verdad se me imponga.

No puedo aprender si no acepto que algo me cambie.

 

Hacerlo todo yo es, en el fondo, una forma de defensa.

 

El límite del voluntarismo

La modernidad ha exaltado la voluntad. Y no sin razón: la voluntad nos permite actuar, transformar, construir.

Pero cuando la voluntad se absolutiza, se vuelve ciega. Confunde intensidad con verdad. Confunde decisión con acierto. Confunde esfuerzo con sentido.

Hay momentos en los que uno puede forzar la situación. Y otros en los que forzarla la destruye.

En el ámbito espiritual esto es especialmente delicado. Intentar “hacer la voluntad de Dios” puede convertirse en una forma refinada de autoafirmación: yo soy el que cumple, yo soy el que obedece, yo soy el que realiza el plan.

Es, en el fondo, una forma de soberbia. Pero también puede volverse su contrario: cuando la exigencia se vuelve inalcanzable, el mismo voluntarismo engendra culpa, frustración y una silenciosa autodestrucción. Si todo depende de mí, cada fallo me condena.

En cambio, dejar que se haga introduce una dimensión de confianza.

Supone aceptar que el sentido no depende exclusivamente de mi cálculo. Que el bien no nace sólo de mi energía. Que la transformación más profunda no es fruto de una autoingeniería moral, sino de una apertura.

Es un movimiento más cercano a la escucha que a la ejecución.

Algo así como descubrir que no somos un verso aislado, sino un verso dentro de un canto mayor —un poema que no hemos escrito, pero en el que estamos llamados a encontrar nuestro lugar.

 

Disponibilidad y forma

Hans Urs von Balthasar hablaba de “forma”. Adrienne von Speyr insistía en el “sí” de María. No se trata de dos perspectivas que simplemente convergen, sino de una reciprocidad fecunda: la forma nace del sí, y el sí adquiere forma.

No es una anulación de la personalidad. Al contrario. Cuando alguien se deja configurar por algo mayor que su propio capricho, se vuelve más él mismo. Más coherente. Más verdadero.

Como cuando una persona descubre que ha nacido para algo —enseñar, cuidar, investigar, escribir, acompañar—. No lo ha decidido arbitrariamente; más bien lo reconoce. Y al realizar eso que no inventó, sino que recibió como llamada, se vuelve auténticamente quien es.

Hay una paradoja aquí: la identidad no se consolida aferrándose a sí misma, sino abriéndose.

En la conversación mencionada aparecieron muchos otros temas sugerentes: la normalidad luminosa de una mujer mística que ejercía como médica; la relación trinitaria como modelo de trato humano; la idea de que la belleza no es adorno, sino revelación de la gloria.

Pero todos esos temas convergen en este punto: la realidad más honda no se conquista, se acoge.

Dejar que se haga… también entre nosotros

La frase no vale sólo para la relación con Dios. Tiene consecuencias en la vida ordinaria.

En el trabajo, no siempre sabemos distinguir entre conducir y forzar. A veces creemos estar construyendo cuando, sin darnos cuenta, estamos imponiendo.

En la amistad, nos movemos entre el deseo de que el otro responda a nuestras expectativas y la paciencia de dejarlo ser.

En la familia, el equilibrio entre control y confianza nunca está del todo resuelto.

Vivir desde la disponibilidad no significa renunciar a actuar, sino aprender a reconocer cuándo nuestra voluntad ilumina la situación… y cuándo, sin querer, cae en la trampa del voluntarismo.

Dejar que algo se haga en mí no significa renunciar a actuar. Significa actuar en diálogo, desde una apertura que precede.

Es una forma de humildad, pero no en el sentido moralista del término. Humildad como realismo: no soy el centro absoluto.

Quizá por eso esta perspectiva resulta liberadora.

Si todo depende de mi esfuerzo, el fracaso me aplasta. Si la vida es también don, incluso el límite puede convertirse en lugar de aprendizaje.

Un modo distinto de estar en el mundo

No “hacer” o “cumplir” la voluntad de Dios, sino dejar que se haga.

No imponer, sino acoger. No dominar, sino disponerse. No ejecutar, sino escuchar primero.

En un mundo que confunde intensidad con autenticidad y acción con verdad, esta distinción introduce un respiro.

La grandeza no siempre consiste en hacer más. A veces consiste en dejar espacio.

Y en ese espacio, algo puede comenzar.


🎥 Puedes ver el vídeo completo en Tinta y Caos, mi canal de youtube:

▶️ https://youtu.be/IZS8i-1gmMA

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