Puedes
vivir… y no entender tu propia vida
Puedes vivir muchos
años… y no entender tu propia vida.
No basta con que te
ocurran cosas.
La cuestión es qué
haces con lo que te ocurre.
No basta con vivir
Imagina que dentro de
20 años te preguntan qué tal ha sido tu vida y tú solo puedes responder: “han
pasado muchas cosas”.
Y es verdad. A la
mayoría de la gente le pasan muchas cosas.
Pero tu vida no es lo
que te ha pasado.
Tu vida es la historia
que eres capaz de contar.
Aquí aparece un
problema más serio de lo que parece: puedes vivir 40, 50 o 80 años y no
entender tu propia vida. Porque la vida no viene explicada. No hay un manual de
instrucciones. Es algo desordenado, confuso, a veces doloroso.
Si no elaboras todo
ese material, si no le das coherencia, queda como un conjunto de recuerdos
dispersos. Y no es lo mismo recordar lo que ha pasado que comprenderlo. Si no
entendemos nuestra vida, ¿qué más da lo que sepamos?
Dos modos de perder la vida
Desde aquí aparecen
dos modos de perder la vida.
El primero: que lo que
ocurre permanezca como algo confuso, sin forma, sin sentido. Acumulamos
experiencias, pero no las elaboramos.
El segundo: recordar,
pero quedar atrapados en el recuerdo. Entonces nos convertimos en prisioneros
de lo que ocurrió. Algo externo, algo que nos hicieron, pasa a definirnos… y
dejamos de avanzar.
En ambos casos, la
vida se pierde.
La vida necesita ser narrada
Por eso lo importante
no es lo que te ha pasado.
Lo importante es cómo
elaboras lo que te ha pasado.
La vida necesita ser
comprendida.
Dicho de otro modo:
necesita ser narrada.
Tenemos una estructura
narrativa. Y eso se manifiesta de dos formas: en la lectura y en la escritura.
La lectura es
importante porque nos muestra cómo otros han dado forma a lo que les ocurrió.
La escritura es
importante porque nos obliga a hacer ese mismo trabajo con nuestra propia vida.
Escribir no es solo
desahogarse, ni simplemente expresarse. Es un trabajo: sacar lo vivido fuera
para verlo y darle forma.
A veces esto se ve con
claridad en situaciones límite. Etty Hillesum, una joven judía en Ámsterdam durante
la ocupación nazi, no se limitó a registrar el horror en sus diarios. Intentó
comprenderlo, integrarlo, darle forma.
Eso es narrar de
verdad.
No repetir lo que
ocurre con una determinada emoción, sino elaborarlo.
Pero esto no está
reservado a situaciones extraordinarias.
Lo importante no es la
magnitud de lo que ocurre, sino la profundidad con la que somos capaces de
mirarlo.
Rilke lo decía con
sencillez: recurrir a lo que la propia vida nos ofrece cada día, describir lo
que sentimos, lo que anhelamos.
No se trata de buscar
grandes temas. Se trata de entrar en la propia vida y aprender a darle forma.
Lo que decide la calidad de tu vida
Porque al final no
vivimos solo en los hechos.
Vivimos en las
historias que construimos al elaborarlos.
Y esas historias
pueden encerrarnos o liberarnos.
No podemos cambiar lo
que ha pasado. Pero sí podemos cambiar cómo eso sigue viviendo en nosotros.
Y eso es lo que decide
la calidad de nuestra vida.
Si quieres ver este
planteamiento desarrollado en otro formato, puedes hacerlo aquí:
https://youtu.be/KjroZAaf2Gs

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