Vivimos rodeados de estímulos, opiniones y reacciones inmediatas. Nunca fue tan fácil emitir opiniones inmediatas; y quizá nunca fue tan difícil sostener una discusión racional auténtica. Las redes sociales muestran con frecuencia este fenómeno: la velocidad sustituye al examen, la pertenencia reemplaza a la discusión y el impacto emocional ocupa el lugar del argumento. No se pide comprender; basta reaccionar.
Y, sin embargo, el ser humano sigue necesitando otra cosa. Necesita comprender lo que le ocurre, integrar sus heridas, distinguir entre un fracaso concreto y una condena total sobre sí mismo, aprender a escuchar antes de caricaturizar. Quizá por eso siguen teniendo fuerza las grandes obras y las conversaciones verdaderas: porque nos obligan a abandonar la reacción inmediata y entrar en el ámbito más exigente —y más humano— del logos.
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