martes, 25 de agosto de 2026

Lo que no elegimos




 

LO QUE NO ELEGIMOS

Sobre la libertad frente a lo dado

 

En el artículo anterior examinábamos una idea muy extendida: identificar la libertad con la capacidad de elegir entre opciones. Veíamos entonces que esa concepción, siendo verdadera en parte, resulta insuficiente. Porque elegir no consiste sólo en mantener abiertas posibilidades, sino también en dar forma a una vida mediante decisiones que cierran otras alternativas. Quedó así planteada una cuestión que es precisamente la que ahora vamos a abordar: ¿qué ocurre con aquello que no elegimos?

No todo en la vida se presenta como una opción.

Hay decisiones que tomamos —qué estudiar, a qué dedicarnos, dónde vivir— y que podemos comparar, sopesar, aplazar incluso. En ese ámbito, la libertad aparece como capacidad de elegir entre posibilidades.

Pero no todo es así.

Hay aspectos de nuestra vida que no hemos elegido. No elegimos a nuestros padres, ni el tiempo en el que nacemos, ni la lengua en la que empezamos a hablar. No elegimos nuestro cuerpo, ni muchas de las circunstancias que han ido configurando lo que somos. Nos encontramos, desde el principio, situados en una realidad que no depende de nosotros.

Y, sin embargo, eso también forma parte de nuestra vida. No es un añadido externo. Es el punto de partida.

Durante mucho tiempo, esta dimensión de lo dado se vivió con cierta naturalidad. Formaba parte del horizonte común: uno nacía en un lugar, en una familia, dentro de una tradición, y desde ahí comenzaba a vivir. No todo estaba abierto, pero tampoco se percibía como una limitación absoluta. Era, sencillamente, la condición desde la que la vida podía desplegarse.

Hoy, en cambio, esa experiencia se ha vuelto problemática.

Acostumbrados a pensar la libertad como elección, tendemos a mirar con sospecha todo aquello que no hemos elegido. Lo dado aparece como algo que limita, que condiciona, que de algún modo reduce nuestro margen de maniobra. Y la tentación es clara: tratar de convertir también eso en objeto de decisión.

No aceptar lo que somos, sino decidirlo.

Se habla entonces de construirse a uno mismo, de definirse, de no quedar atado a lo recibido. Como si la libertad exigiera empezar de cero, sin herencias, sin determinaciones previas, sin vínculos que no hayan pasado por el filtro de una elección consciente.

La aspiración resulta comprensible. Nadie quiere sentirse prisionero de unas circunstancias que no ha elegido. Sin embargo, esa aspiración encierra una dificultad.

Porque no todo puede ser elegido sin que algo esencial se pierda por el camino.

Si todo depende de la elección, entonces también el punto de partida debería ser elegido. Pero eso es imposible. Siempre partimos de algo que no hemos decidido. Y pretender ignorarlo no lo hace desaparecer; simplemente nos deja sin suelo.

La cuestión, entonces, no es cómo elegir lo que no hemos elegido.

La cuestión es otra: qué hacemos con ello.

Aquí la libertad adopta una forma distinta.

No consiste en abrir posibilidades, sino en responder a una realidad previa. No se trata de inventarse desde cero, sino de asumir —o rechazar— aquello que nos ha sido dado. Y esa respuesta no es trivial. De ella depende, en buena medida, la forma concreta que adquiere una vida.

Cabe, desde luego, el rechazo.

Se puede vivir lo recibido como una carga, como algo ajeno, incluso como una imposición que hay que superar. En ese caso, ser libre consiste en desprenderse, desmarcarse, no deber nada a lo que nos ha precedido. La libertad adquiere así un sentido principalmente negativo: consiste, ante todo, en liberarse. Pero una vida difícilmente puede sostenerse sólo sobre aquello de lo que se libera; necesita también algo que pueda acoger y a lo que pueda entregarse.

Pero hay otra posibilidad.

Aceptar lo dado no significa resignarse ni renunciar a la libertad. Significa reconocer que la vida no empieza en el vacío, que hay algo previo que nos sostiene y que puede ser asumido de manera activa. No como una imposición externa, sino como una realidad que, al ser acogida, se convierte en propia.

Esta aceptación no es pasiva.

No se limita a conservar lo recibido tal cual. Lo transforma, lo interpreta, lo continúa de un modo singular. Pero lo hace sin romper con su origen, sin negar que ese origen forma parte de lo que uno es.

En este sentido, la libertad no desaparece frente a lo dado.

Se desplaza.

Ya no se juega en el momento de elegir entre alternativas, sino en la manera de situarse ante aquello que no depende de nosotros. No elegimos el punto de partida, pero sí cómo lo habitamos.

Y eso cambia profundamente el modo de entender la vida.

Porque introduce una idea que resulta difícil de encajar en una concepción puramente electiva de la libertad: la idea de que no todo es intercambiable. De que hay realidades que no están ahí para ser comparadas con otras, sino para ser asumidas o rechazadas. Y que esa decisión —más silenciosa, menos visible— tiene un alcance mayor que muchas de las elecciones que solemos considerar importantes.

Quizá por eso, cuando se pierde la relación con lo dado, la vida tiende a volverse más inestable. Todo queda abierto, disponible, revisable. Pero, al mismo tiempo, falta un punto de apoyo. Algo que no dependa de la decisión constante, que no tenga que ser revalidado una y otra vez.

La libertad, entendida sólo como elección, necesita un campo de posibilidades para desplegarse. Pero ese campo no se crea solo. Descansa sobre una realidad previa que no hemos elegido.

Olvidarlo tiene un precio.

Porque al intentar convertirlo todo en objeto de elección, corremos el riesgo de quedarnos sin aquello que hace posible elegir.

 

Este texto forma parte de una serie de tres artículos sobre la libertad.

Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XIV (II Etapa), nº 99 (Agosto 2026), ISSN 2387-1601, pp 54-55:


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