LO QUE NO ELEGIMOS
Sobre la libertad frente a lo dado
En el artículo anterior examinábamos una idea muy extendida:
identificar la libertad con la capacidad de elegir entre opciones. Veíamos
entonces que esa concepción, siendo verdadera en parte, resulta insuficiente.
Porque elegir no consiste sólo en mantener abiertas posibilidades, sino también
en dar forma a una vida mediante decisiones que cierran otras alternativas.
Quedó así planteada una cuestión que es precisamente la que ahora vamos a
abordar: ¿qué ocurre con aquello que no elegimos?
No todo en la vida se presenta como una opción.
Hay decisiones que tomamos —qué estudiar, a qué dedicarnos,
dónde vivir— y que podemos comparar, sopesar, aplazar incluso. En ese ámbito,
la libertad aparece como capacidad de elegir entre posibilidades.
Pero no todo es así.
Hay aspectos de nuestra vida que no hemos elegido. No
elegimos a nuestros padres, ni el tiempo en el que nacemos, ni la lengua en la
que empezamos a hablar. No elegimos nuestro cuerpo, ni muchas de las
circunstancias que han ido configurando lo que somos. Nos encontramos, desde el
principio, situados en una realidad que no depende de nosotros.
Y, sin embargo, eso también forma parte de nuestra vida. No
es un añadido externo. Es el punto de
partida.
Durante mucho tiempo, esta dimensión de lo dado se vivió con
cierta naturalidad. Formaba parte del horizonte común: uno nacía en un lugar,
en una familia, dentro de una tradición, y desde ahí comenzaba a vivir. No todo
estaba abierto, pero tampoco se percibía como una limitación absoluta. Era,
sencillamente, la condición desde la que la vida podía desplegarse.
Hoy, en cambio, esa experiencia se ha vuelto problemática.
Acostumbrados a pensar la libertad como elección, tendemos a
mirar con sospecha todo aquello que no hemos elegido. Lo dado aparece como algo
que limita, que condiciona, que de algún modo reduce nuestro margen de
maniobra. Y la tentación es clara: tratar de convertir también eso en objeto de
decisión.
No aceptar lo que somos, sino decidirlo.
Se habla entonces de construirse a uno mismo, de definirse,
de no quedar atado a lo recibido. Como si la libertad exigiera empezar de cero,
sin herencias, sin determinaciones previas, sin vínculos que no hayan pasado
por el filtro de una elección consciente.
La aspiración resulta comprensible. Nadie quiere sentirse
prisionero de unas circunstancias que no ha elegido. Sin embargo, esa
aspiración encierra una dificultad.
Porque no todo puede ser elegido sin que algo esencial se
pierda por el camino.
Si todo depende de la elección, entonces también el punto de
partida debería ser elegido. Pero eso es imposible. Siempre partimos de algo
que no hemos decidido. Y pretender ignorarlo no lo hace desaparecer;
simplemente nos deja sin suelo.
La cuestión, entonces, no es cómo elegir lo que no hemos
elegido.
La cuestión es otra: qué hacemos con ello.
Aquí la libertad adopta una forma distinta.
No consiste en abrir posibilidades, sino en responder a una
realidad previa. No se trata de inventarse desde cero, sino de asumir —o rechazar—
aquello que nos ha sido dado. Y esa respuesta no es trivial. De ella depende,
en buena medida, la forma concreta que adquiere una vida.
Cabe, desde luego, el rechazo.
Se puede vivir lo recibido como una carga, como algo ajeno,
incluso como una imposición que hay que superar. En ese caso, ser libre
consiste en desprenderse, desmarcarse, no deber nada a lo que nos ha precedido.
La libertad adquiere así un sentido principalmente negativo: consiste, ante
todo, en liberarse. Pero una vida difícilmente puede sostenerse sólo sobre
aquello de lo que se libera; necesita también algo que pueda acoger y a lo que
pueda entregarse.
Pero hay otra posibilidad.
Aceptar lo dado no significa resignarse ni renunciar a la
libertad. Significa reconocer que la vida no empieza en el vacío, que hay algo
previo que nos sostiene y que puede ser asumido de manera activa. No como una
imposición externa, sino como una realidad que, al ser acogida, se convierte en
propia.
Esta aceptación no es pasiva.
No se limita a conservar lo recibido tal cual. Lo
transforma, lo interpreta, lo continúa de un modo singular. Pero lo hace sin
romper con su origen, sin negar que ese origen forma parte de lo que uno es.
En este sentido, la libertad no desaparece frente a lo dado.
Se desplaza.
Ya no se juega en el momento de elegir entre alternativas,
sino en la manera de situarse ante aquello que no depende de nosotros. No
elegimos el punto de partida, pero sí cómo lo habitamos.
Y eso cambia profundamente el modo de entender la vida.
Porque introduce una idea que resulta difícil de encajar en
una concepción puramente electiva de la libertad: la idea de que no todo es
intercambiable. De que hay realidades que no están ahí para ser comparadas con
otras, sino para ser asumidas o rechazadas. Y que esa decisión —más silenciosa,
menos visible— tiene un alcance mayor que muchas de las elecciones que solemos
considerar importantes.
Quizá por eso, cuando se pierde la relación con lo dado, la
vida tiende a volverse más inestable. Todo queda abierto, disponible, revisable.
Pero, al mismo tiempo, falta un punto de apoyo. Algo que no dependa de la
decisión constante, que no tenga que ser revalidado una y otra vez.
La libertad, entendida sólo como elección, necesita un campo
de posibilidades para desplegarse. Pero ese campo no se crea solo. Descansa
sobre una realidad previa que no hemos elegido.
Olvidarlo tiene un precio.
Porque al intentar convertirlo todo en objeto de elección,
corremos el riesgo de quedarnos sin aquello que hace posible elegir.
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XIV (II Etapa), nº 99 (Agosto 2026), ISSN 2387-1601, pp 54-55:
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