El lado aterrador del amor
¿Por qué el amor puede parecernos un monstruo?
Hay pocas cosas que deseemos tanto como amar y ser amados, encontrar a alguien, ser importantes para alguien, poder cuidar y ser cuidados, tener un lugar al que volver y alguien que espere nuestra llegada. El amor parece algo maravilloso y seguramente lo es.
Por eso resulta extraño que desde hace siglos contemos historias en las que el amor tiene un rostro monstruoso, una apariencia que nos repugna.
Una de las más antiguas la contó Apuleyo en el siglo II después de Cristo: la historia de Eros y Psique. Siglos después volvemos a encontrar algo muy parecido en La Bella y la Bestia.
¿Qué tiene el amor para que aquello que tanto deseamos pueda parecernos aterrador?
Creo que Apuleyo tiene una respuesta. Lo que no sé es si resulta tranquilizadora.
La lámpara y la navaja
La historia comienza con una muchacha de extraordinaria belleza llamada Psique. El nombre es importante: psyché significa alma. Psique somos, de algún modo, todos nosotros.
Es tan hermosa que los hombres dejan de adorar a Venus para admirarla a ella. La diosa, enfurecida, ordena a su hijo Eros que la castigue haciendo que se enamore perdidamente de alguien miserable. Pero ocurre algo inesperado: Eros, el dios del amor, se enamora de Psique.
Comienza así una extraña historia de amor. Psique vive en un palacio maravilloso donde todas sus necesidades son atendidas por sirvientes invisibles. Por la noche llega su marido. No puede verle el rostro, pero es feliz.
Hasta que alguien le dice que no debería serlo.
Sus hermanas siembran la sospecha: ¿cómo puede vivir con alguien a quien no conoce?, ¿por qué se oculta?, ¿y si fuera un monstruo?
Y consiguen algo extraordinario. Eros no cambia. Lo que cambia es la mirada de Psique. Desde la sospecha y la desconfianza, aquel que era su marido amado se convierte en un desconocido y finalmente recibe otro nombre: el monstruo.
Las hermanas no se limitan a despertar la sospecha. Le proporcionan también un método: una lámpara para contemplar el rostro de su marido y una navaja para matarlo si descubre que efectivamente es un monstruo.
El plan parece razonable: comprueba, asegúrate, controla.
Pero ahí comienza el verdadero problema.
Amar es quedar expuesto
Amar tiene algo de fantástico, pero también algo profundamente inquietante. Puedo quererte, cuidarte, hacerme responsable de ti, permanecer a tu lado cuando llegan las dificultades. Todo eso depende de mí.
Pero hay algo esencial que no puedo hacer.
Cuando amo, una parte de mi felicidad queda en manos de una libertad que no controlo.
Quizá por eso Ulises, después de volver de Troya y haber vencido mil batallas, llega a su hogar como un mendigo. Puede derrotar enemigos, pero no puede obligar a Penélope a recibirlo. Puede conquistar palacios, pero no puede conquistar su hogar. Tiene que recibirlo de manos de Penélope como un regalo. No es una conquista, es una gracia.
Ahí empezamos a entender qué puede haber de aterrador en el amor. Queremos amar, pero querríamos hacerlo sin ser vulnerables. Queremos el amor y, al mismo tiempo, controlar aquello que por definición no podemos controlar: la libertad del otro.
Psique enciende finalmente la lámpara y descubre algo extraordinario. No hay ningún monstruo. Su marido es un dios. Ahora puede verlo y queda fascinada ante la grandeza de aquel a quien ama.
Pero entonces ocurre el desastre. Una gota de aceite cae sobre Eros y lo despierta. Eros descubre la lámpara y la navaja y huye.
No ha sido la claridad la que ha destruido la relación. Querer conocer al otro no es el problema. El problema es la mirada que encendió aquella luz. Porque junto a la lámpara estaba la navaja.
Psique no quería solamente contemplar. Quería controlar.
Aprender a recibir
A partir de ese momento, Psique busca a Eros por todas partes, pero ya ha descubierto algo decisivo: aquello que más desea no puede exigirlo.
Venus le impone entonces una serie de pruebas imposibles. Podría parecer que hemos regresado a la lógica inicial: si quieres recuperar a Eros, gánatelo. Supera las pruebas y obtendrás el premio.
Pero no es eso exactamente lo que sucede.
En la primera prueba, Psique debe separar y clasificar una montaña de semillas. Es imposible. Las hormigas acuden en su ayuda.
Después tiene que conseguir lana de unos animales salvajes. También recibe ayuda, aunque ahora ella debe hacer algo: esperar el momento adecuado y recoger la lana que ha quedado enganchada en las hierbas.
Escucha, espera, actúa y recibe.
Es una lógica completamente distinta de la lámpara y la navaja. Allí se trataba de comprobar, controlar y asegurarse. Ahora la regla parece ser otra: haz todo lo que puedas, acepta que no puedes hacerlo todo y aprende a recibir.
No es pasividad. Psique tiene que esforzarse, y mucho. Pero tampoco es autosuficiencia.
El amor no se merece
Las pruebas se hacen cada vez más difíciles. Psique llega incluso a descender al Hades y regresar con una caja que contiene una gran belleza. Parece que por fin ha aprendido todo lo necesario.
Y entonces vuelve a equivocarse.
Le han prohibido abrir la caja y, por supuesto, la abre. Encuentra en ella un sueño mortal que la derrota y la deja tendida en el suelo.
Cuando parecía haber superado todas las pruebas, todo parece acabado.
Y aquí Apuleyo introduce algo decisivo. Psique se ha esforzado, ha aprendido, ha cambiado y, sin embargo, vuelve a fracasar. El alma —Psique, nosotros— no es perfecta.
Por eso no puede comprar el amor mediante sus méritos.
Si para ser amados tuviéramos que alcanzar la perfección y superar todas las pruebas, el amor sería un salario, algo que hemos conseguido y que, por tanto, nos corresponde. Volveríamos a tener el control.
Pero el amor no funciona así.
Psique yace como muerta y ya no puede hacer nada. Entonces aparece Eros y la salva. El amor que ella quiso controlar la rescata precisamente cuando ya no controla nada.
Psique tenía que hacer todo cuanto estuviera en su mano, pero eso no bastaba. No somos amados porque hayamos culminado nuestro proceso de perfeccionamiento.
Quizá ocurra precisamente al contrario: podemos transformarnos y mejorar porque primero somos amados.
Respirar el mismo aire
Todavía queda un problema que ni Eros ni Psique pueden resolver. Él es un dios; ella, una mortal. Se aman, pero no pueden compartir plenamente la vida. No respiran el mismo aire.
Dos personas pueden quererse y descubrir, sin embargo, que eso no basta para construir una vida juntos. Necesitan también habitar de algún modo un mundo común, compartir aquello que consideran valioso, esencial o sagrado.
Eros y Psique llevan ese problema hasta el extremo.
Entonces interviene Júpiter y hace algo que Psique jamás habría podido conseguir mediante ninguna prueba: la hace inmortal.
Psique no asciende por sus propios medios a la divinidad. La divinidad le es concedida. Solo entonces Eros y Psique pueden compartir un mismo mundo.
¿Quién es la bestia?
Quizá así podamos comprender por qué siglos después seguimos contando esta historia.
Vuelven a aparecer una muchacha, un palacio, una bestia, el miedo, la confianza, la pérdida y la transformación: La Bella y la Bestia.
Pero existe una diferencia fundamental. En La Bella y la Bestia, parece que es la bestia quien debe transformarse. En Apuleyo ocurre algo distinto: Eros nunca fue una bestia. Siempre fue un dios. Era Psique quien tenía que aprender a verlo.
El amor puede parecernos monstruoso porque nos pide algo que choca directamente con nuestro deseo de seguridad y control. Nos hace vulnerables. Nos obliga a salir de nosotros mismos, a cuidar sin garantías y a reconocer que algunos de los bienes más importantes de nuestra vida no podemos producirlos por nosotros mismos.
Y cuando queremos tener nuestra vida bajo control, eso da miedo.
Siglos después, C. S. Lewis volvió a contar la historia de Eros y Psique en Mientras no tengamos rostro. El título contiene ya una pista. Quizá el problema no sea qué rostro tiene Eros, qué rostro tiene el amor, sino cuál es nuestro rostro, cuál es nuestra mirada, con qué rostro nos presentamos nosotros ante el amor.
Del amor nace el gozo
Apuleyo termina su historia de una manera extraordinaria.
Eros y Psique tienen una hija y la llaman Voluptas. No debemos entender aquí «voluptuosidad» en su sentido peyorativo. Significa placer, deleite, gozo.
Como si Apuleyo quisiera decirnos que de la unión del amor y el alma nace el gozo.
Y el orden importa.
Psique no persigue primero el gozo para encontrar después el amor. Encuentra el amor, aprende dolorosamente a amar y a recibir aquello que no puede conseguir por sí misma, y entonces nace el gozo.
Quizá por eso llevamos casi dos mil años contando esta historia. El amor puede ser maravilloso, incluso divino, pero mientras queramos seguridad absoluta y control sobre nuestra vida puede aparecernos como algo antinatural, monstruoso, como una bestia.
Y quizá el asunto no sea si conseguiremos dominar a la bestia.
Quizá el asunto sea si seremos capaces de descubrir su belleza.
🎥 El vídeo completo de Tinta y Caos puede verse aquí: https://youtu.be/iWDrQHm0pIk

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