miércoles, 13 de julio de 2016

Solimán ante las urnas







Solimán ante las urnas




Manuel Ballester


La historia pone ante nuestros ojos, entre otras cosas, los problemas que han ocupado a quienes nos precedieron. Y cómo los han afrontado. Unas veces torpemente, otras con brillantez. El repertorio va desde grandes desastres a éxitos rotundos pasando, que de todo hay, por victorias pírricas. Y es así como la historia se convierte en magistra vitae, maestra de la vida que enseña sin moralizar ni adoctrinar porque, a diferencia de los modernos holligans de la educación en valores, se limita a ofrecer su testimonio. Y el que quiera escarmentar bastante tiene con la cabeza ajena. Y quien quiera ignorar la historia, volverá a tropezar con la misma piedra.

Hay un pasaje de la historia europea que me ha venido a la cabeza estos días, a raíz de las recientes elecciones. Recordarán que el emperador Carlos estuvo enzarzado prácticamente toda su vida en contiendas diversas. A las guerras con el francés Francisco I (al que logró hacer prisionero) hay que añadir mil conflictos esparcidos por toda Europa y norte de África por no mencionar algunos asuntillos en el Nuevo Mundo que no vienen ahora al caso. Sí es el caso, si queremos que esta página de la historia arroje luz sobre las últimas elecciones, señalar que todas las trifulcas en que anduvo tienen el común telón de fondo de lo que podríamos denominar la Europa cristiana. El paradigma cultural que comparten los distintos reyes, los príncipes alemanes aliados en torno a Lutero incluidos, es un mismo modo de concebir el hombre y el mundo, la vida, la muerte y el sentido de todo el más acá y el más allá. Dentro de ese paradigma cultural cabe disputar con Francisco sobre el Milanesado, y luchar (con tiento, no vayamos a topar con la Iglesia) con ese señor feudal que reina en Roma; en fin que, como lanza el pirata desde su temido bajel: ahí mueven "feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra". Pero cuando el sultán otomano Süleyman I asoma la coleta por oriente no estamos ante un ciego rey más: se pone en cuestión el marco compartido mismo. Solimán no pretende jugar una buena mano: quiere romper la baraja. Es enemigo de todos a la vez. De ahí que no faltase quien propusiera la conveniencia de unir fuerzas frente al adversario común, salvar la civilización occidental y luego ya a lo nuestro, a ver quién se queda con el palmo de tierra en Flandes o Milán.

Diré ahora mi tesis relativa a las elecciones del 26J. En mi opinión, y refiriéndome sólo a los cuatro grandes partidos, las han perdido tres pero no las ganado el PP. Y ahora me explico, por si interesa.
Todos recordamos que en las elecciones de 2015 irrumpieron con fuerza dos partidos: Podemos y Ciudadanos. Intentaron convencernos de que el viejo bipartidismo PP-Psoe rezumaba corrupción y estaba anquilosado. Los partidos jóvenes venían a regenerar la vida política y la democracia, en suma.

jueves, 4 de junio de 2015

El político y la opinión pública



«la política activa en la democracia no deja mucho tiempo para informarse y pocos deseos de hacerlo. Nos sorprendemos a menudo de la ignorancia o de las lagunas que ciertos grandes dirigentes muestran en conversaciones privadas, o incluso en manifestaciones públicas, porque la deformación profesional, los excesos de trabajo, el tiempo creciente devorado por los medios de comunicación los llevan a interesarse cada vez menos por el contenido de los informes y cada vez más por lo que piensa la opinión, es decir, por lo que dice la prensa»,

Jean-François Revel, El conocimiento inútil

sábado, 30 de mayo de 2015

La mano que mece la urna



La mano que mece la urna




Manuel Ballester


Vivimos una semana mágica. Todo el mundo es feliz. Todos han ganado. Absolutamente todos. Menos Rosa Díez, pero eso estaba cantado. Una fiesta en la que uno siente serias tentaciones no ya de auxiliar a los vencedores, como es habitual, sino de ser uno de ellos: que no es que todos hayan ganado sino que todos “hemos” ganado: yo, tú, nosotros y ellos, la democracia y el orbe mundial. ¡Una pasada!

miércoles, 13 de mayo de 2015

Rasgos de la ideología



«la ideología es una mezcla de emociones fuertes y de ideas simples acordes con un comportamiento. Es, a la vez, intolerante y contradictoria. Intolerante, por incapacidad de soportar que exista algo fuera de ella. Contradictoria, por estar dotada de la extraña facultad de actuar de una manera opuesta a sus propios principios, sin tener el sentimiento de traicionarlos. Su repetido fracaso no la induce nunca a reconsiderarlos; al contrario, la incita a radicalizar su aplicación»,

Jean-François Revel, El conocimiento inútil

viernes, 8 de mayo de 2015

Ideales y concreciones



«En sus comienzos, una ideología es una hoguera de creencias que, aunque devastadora, puede inflamar noblemente los espíritus. A su término, se degrada en un sindicato de intereses»,

Jean-François Revel, El conocimiento inútil

lunes, 4 de mayo de 2015

Ideología



«¿Qué es una ideología? Es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La primera consiste en retener sólo los hechos favorables a la tesis que se sostiene, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos. La dispensa práctica suprime el criterio de la eficacia, quita todo valor de refutación a los fracasos. Una de las funciones de la ideología es, además, fabricar explicaciones que los excusan. A veces la explicación se reduce a una pura afirmación, a un acto de fe: “No es al socialismo al que se deben imputar las dificultades encontradas en su desarrollo por los países socialistas”, escribe Mijaíl Gorbachov en su libro Perestroika, publicado en 1987. Reducida a su armazón lógica, esta frase equivale a esto: “No es al agua la que se deben imputar los problemas de la humedad que se plantean en los países inundados”. La dispensa moral abole toda noción de bien y de mal para los actores ideológicos; o más bien, el servicio de la ideología es el que ocupa el lugar de la moral. Lo que es crimen o vicio para el hombre común no lo es para ellos. La absolución ideológica del asesinato y del genocidio ha sido ampliamente tratada por los historiadores. Se menciona menos a menudo que santifica también la malversación, el nepotismo, la corrupción. Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella, en vez de ser ella la que empaña su virtud cuando sucumben ante la tentación»,

Jean-François Revel, El conocimiento inútil