Unamuno, la fe y las buenas obras
Manuel Ballester
El hombre es un ser complejo. Estamos interiormente
divididos. A veces deseamos lo que no nos conviene. No hace falta referirse a
los principios morales, basta mirar la experiencia de que nos apetecen ciertos
alimentos que nos perjudican. Y lo sabemos.
Esta complejidad interna se complica aún más cuando nos
fijamos en lo que, finalmente, hacemos: no siempre somos coherentes, no siempre
somos capaces de obrar de modo acorde con lo que pensamos. De antiguo viene la
sentencia video meliora proboque,
deteriora sequor (veo lo mejor, y lo apruebo; pero sigo lo peor).
Por eso producen admiración las personalidades en las que
todo parece armonizar. Se trata de personas asombrosas en las que brilla la
coherencia entre el pensar y el hacer, entre la interioridad y la acción. Su
autenticidad y firmeza inspiran confianza
Miguel de Unamuno (1864-1936) pinta un hombre así en su
novela San Manuel Bueno, mártir
(1930). Don Manuel es un sacerdote de un pequeño pueblo en la diócesis de
Renada, nombre que al repetir la nada recuerda la sentencia de Teresa de Jesús
(«todo es nada y menos que nada…»)
o remite a una minucia. Que los buenos escritores gustan de jugar al doble
sentido.