lunes, 21 de septiembre de 2020

Censura: Gente que quema libros

 


Gente que quema libros

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Quemar libros, como hicieron el cura y el barbero tras la vuelta del atribulado Alonso Quijano, es una tarea de criba, de juicio y selección, de distinción entre lo que es bueno y lo que ha de ser destruido porque es malo y daña al hombre.

Quemar libros es, así, uno de tantos sinónimos de censura.

Censurar supone tener un criterio para distinguir lo que es benéfico y lo que no lo es. Y tener autoridad y deseo de proteger del mal. Así lo vemos en El Quijote: al bueno de Alonso Quijano le han dañado ciertos libros y él carece de la capacidad para sobreponerse. Intervienen entonces (sobrina mediante) unos hombres investidos de autoridad y proceden a dar a la lumbre la causa del mal.

No es mi intención sopesar pros y contras, que los hay, en torno a la censura. Quisiera llamar la atención exclusivamente sobre un aspecto que me parece capital.

Me refiero al hecho de que para echar un libro a la hoguera, criticar, juzgar, censurar… hace falta un criterio que permita distinguir el bien de lo dañino.

Lo que caracteriza a Occidente es, precisamente, que toma como criterio lo que dictamina la razón. No la fuerza (justificada o injusta) ni el capricho del gobernante (benévolo o déspota, tanto da): recordemos, en ese sentido, a Antígona enfrentándose al gobernante porque pretende imponer una ley injusta. Mantener el criterio le cuesta la vida a Antígona, pero prevalece como pilar esencial de Occidente. Porque la razón es un ámbito del que todos participamos y, por eso, aunque haya errores personales pueden ser revisados y rectificados por cualquier otro ser pensante si se remite adecuadamente a la razón, si argumenta.

La modalidad de censura que va cobrando fuerza entre nosotros se articula arteramente sobre la eliminación del criterio racional y consiguiente liquidación de nuestra tradición.

En ese sentido, el protagonista de 1984 expresa sintéticamente la conexión entre razón-verdad y libertad cuando dice: “La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sí solo”. Avanzado el relato, como es sabido, Winston es “reeducado” para que abandone esa idea. Desde parámetros típicamente occidentales, es decir, racionales, Winston duda y pregunta si dos y dos son cuatro y el “educador” le explica: “Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez”.

En definitiva, vivimos tiempos nuevos, tiempos de preeminencia de la ideología sobre la inteligencia. Tiempos de liquidación de la razón como el modo en que el hombre entiende el mundo y su lugar en él, su vida y su sentido. Y eso es precisamente lo que censura la ideología dejándonos, de una sola tacada, sin verdad, sin bien y sin razón para vivir.

Puede parecer que “estar obligado” a sostener que dos y dos son cuatro, y nada más, anula la libertad de poder cambiar (unas veces sí; otras, no). Así juegan la ceremonia de la confusión y la manipulación del lenguaje en la que los “tontos útiles” sucumben por millones y adoran las cadenas con las que la ideología los esclaviza y degrada.

Algunos, ingenuamente, pretenden mostrar la contradicción o “argumentar” el error, sin darse cuenta de que las ideologías, al afirmar que dos y dos a veces puede ser “cuatro, cinco y tres a la vez”, ya han abandonado la razón y avanzan por un camino en cuyo pórtico de entrada colocó Dante el rótulo: Lasciate ogni speranza, o voi che entrate. Por esa vía nos arrastra la censura ideológica que es cada vez más capilar y más férrea.

La ideología no ataca negando que dos más dos sumen (siempre y necesariamente) cuatro o que los cromosomas determinantes del sexo sólo se manifiestan con dos variantes, o cualquiera otra manifestación de lo políticamente correcto sino que impone su terrorismo intelectual actuando oblicuamente, provocando confusión mental mediante presión “ambiental”, generando duda y angustia (recuérdese a Winston o cualquiera de nosotros intentando “argumentar” contra cualquier dogma del pensamiento único), aislando al individuo pensante del rebaño que repite consignas: no provoca convencimiento racional (no puede) sino adhesión afectiva.

El ámbito de la afectividad, exacerbada por los “minutos de odio” y la pertenencia al grupo (el hombre masa, la actitud gregaria) consuma la derrota sentimental (que no racional) del individuo.

Ray Bradbury señala un proceder distinto para “desactivar” el criterio racional: “no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe”. Si la comprensión racional requiere concentración, bastará con habituar al hombre a distraerse, a ser espectador de las cosas y la vida, en definitiva, a la dispersión. Y algo de eso estamos viendo como uno de los efectos de la sociedad del espectáculo, el móvil, internet: mente saltarina, le llaman.

No es mala cosa, en cualquier caso, entender lo que pasa (porque a entender nos mueve la inteligencia). Saber dónde estamos permite orientarnos. Y pudiera ser verdad que donde está el peligro surge también la salvación.

 

 

Publicado en Aleteia el 7 agosto 2020:

https://es.aleteia.org/2020/08/07/si-hay-libertad-de-expresion-por-que-la-gente-sigue-quemando-libros/


sábado, 5 de septiembre de 2020

Fahrenheit 451, el desafío moderno

 Fahrenheit 451 – Pep Boatella


Fahrenheit 451, el desafío moderno

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Ray Bradbury (1920-2012) se define a sí mismo como un “un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales”.

En Fahrenheit 451 (1953) se transparenta el carácter de su autor: es una narración ágil, viva, se dirige de un modo raudo y vibrante hacia las cuestiones esenciales. Vale la pena leer el Postfacio a Fahrenheit 451 donde transmite la trepidación con que la escribió: alquilando una máquina de escribir por horas, yendo y viniendo a la biblioteca para localizar citas,… Hay también un trabajo previo, de maduración, pero el texto final, el relato que nos ha llegado, surge a borbotones.

Se trata de una novela distópica o, lo que es lo mismo, una descripción de una sociedad sometida a un poder total, totalitario. Un Estado que es fin y, por eso, reduce a los individuos a meros engranajes. La tensión entre Estado e individuo y el preocupante surgimiento de la masa como categoría social ha cristalizado en el auge de distopías. Ejemplos de ello son 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley.

Lo que distingue a las sociedades distópicas citadas es el mecanismo que emplea el Estado para anular al individuo.

En el caso de Fahrenheit 451 los libros juegan un papel central. Cuando el progreso técnico ha logrado hacer imposible los incendios, los bomberos reorientan su actividad y se dedican a perseguir a los a-sociales que tienen la osadía de esconder libros.

Estamos ante una sociedad cuyo objetivo es, como ocurre literalmente en la obra de Huxley, hacer felices a sus ciudadanos: “¿Qué queremos en este país por encima de todo? Ser felices, ¿no es verdad? ¿No lo has oído centenares de veces? “Quiero ser feliz”, dicen todos. Bueno, ¿no lo son? ¿No los entretenemos, no les proporcionamos diversiones? Para eso vivimos, ¿no es así? Para el placer, para la excitación. Y debes admitir que nuestra cultura ofrece ambas cosas, y en abundancia”. Felicidad como sinónimo de diversión, placer y excitación. Quien lee libros rompe la satisfacción global ya que podría cuestionarse esa idea de felicidad, podría descubrir que no es eso lo que él quiere, podría descubrir otras ideas (¿mejores?) de felicidad.

No se trata (sólo) de que quien lee objeta a la marcha general de la sociedad. Se trata de que recobra algo que ese modelo totalitario de sociedad le ha quitado al individuo: el contacto con la realidad, el reconocimiento de sí mismo. Así lo descubre el protagonista: “La felicidad importa mucho. La diversión es todo. Y sin embargo allí estaba yo diciéndome a mí mismo: “No soy feliz, no soy feliz” […] Tenemos lo necesario para ser felices y no lo somos. Algo falta”. Ese es el momento en que el individuo descubre que, aunque el Estado le dice que tiene todo lo necesario para ser feliz, él descubre que su auténtica realidad no puede establecerse ni comprenderse desde esas categorías.

El debate es amplio. No enfrenta sólo al individuo frente al Estado. También atañe a la realidad, la verdad, la experiencia, la felicidad. Por eso, el garante de ese Estado, el jefe de los bomberos “pertenece al grupo de los más peligrosos enemigos de la verdad y de la libertad, el sólido y terco rebaño de la mayoría. Oh, Dios, la terrible tiranía de la mayoría”.

No es que cualquier idea, por el simple hecho de estar publicada en un libro, merezca la pena. Hay que tener criterio para encontrar los buenos libros de los buenos autores porque “los buenos escritores tocan a menudo la vida. Los mediocres la rozan rápidamente”.

El tono de la obra es optimista. Señala los grandes problemas, las grandes tensiones, el riesgo de totalitarismo que se cierne sobre Occidente desde el siglo pasado. Pero indica también líneas de escape, vías de resistencia, orientaciones y sugerencias que merecen ser atendidas.

Porque, aunque un sistema impulsado por gentes sin alma o con “almas tristes” persiga la sumisión de las voluntades, el sometimiento de la libertad y la personalidad, “eso es lo maravilloso en el hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa”.

 

Publicado en Aleteia el 24 de Julio de 2020:

https://es.aleteia.org/2020/07/24/fahrenheit-451-el-desafio-moderno/


viernes, 4 de septiembre de 2020

Enseñar deleitando, El conde Lucanor

 DFABULA: El conde Lucanor. Características

Aprender deleitándose con el Conde Lucanor

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

En plena Edad Media en España, Don Juan Manuel (1282-1348) usando esa lengua de frontera que era ya el castellano, acomete la escritura de diversos tratados de fondo didáctico y ejemplarizante. Entre ellos es especialmente célebre El conde Lucanor (1335) o, más precisamente, Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio.

Juan Manuel fue miembro de la casa real, sobrino del rey Alfonso X, el sabio y, entre otros títulos ostentó el de adelantado mayor de Murcia (de lo cual deja constancia en el prólogo de esta obra), lugar donde compuso El conde Lucanor entre los años 1331 y 1335, concretamente en el castillo de la localidad de Molina Seca (actual Molina del Segura).

Su objetivo explícito es enseñar deleitando, “al modo de los médicos que, cuando quieren preparar una medicina para el hígado, como al hígado agrada lo dulce, ponen en la medicina un poco de azúcar o miel, u otra cosa que resulte dulce, pues por el gusto que siente el hígado a lo dulce, lo atrae para sí, y con ello a la medicina que tanto le beneficiará”.

La obra consta de cinco partes de desigual estructura y dimensiones. La más conocida y extensa es la primera, que se desarrolla “imaginando las conversaciones entre un gran señor, el Conde Lucanor y su consejero, llamado Patronio” quien ejerce de maestro y mentor que orienta a su señor ante las diversas dificultades que éste va planteándole. Esta primera parte consta de una serie de enxiemplos, ejemplos o relatos morales en forma de historias breves que Petronio cuenta con el fin de ilustrar algún problema de índole moral que Lucanor le había propuesto.

Cada historia es independiente del resto y sólo la trama argumental los sitúa junto al resto. Al final de cada cuento toman nuevamente la palabra Petronio y el conde y se cierra con unos versos que ayuden a fijar la enseñanza. Se trata, en definitiva, de una historia con moraleja explícita.

El lector interesado encontrará fácilmente ediciones con lenguaje actual, aunque quien sea capaz de leer en castellano antiguo también podrá hacerlo. Veamos la moraleja del exemplo V en ambas versiones:

 

Qui te alaba con lo que non es en ti

sabe que quiere levar lo que as de ti

Quien te encuentra bellezas que no tienes,

siempre busca quitarte algunos bienes

 

Los cuentos reflejan el universo medieval pero lo transcienden en cuanto alcanzan lo humano y universal. Buena parte de los relatos ha servido de inspiración a obras posteriores; se trata de historias que, para quien no conozca El conde Lucanor, le habrán llegado por otras fuentes; así, por ejemplo, el cuento de la lechera o La fierecilla domada de Shakespeare, que se inspira en el enxiemplo 40.

Tras los cincuenta y un enxiemplos da comienzo la segunda parte. Ahí cuenta que Don Jaime, señor de Jérica, le había pedido que los siguientes libros no fuesen tan “llanos y declarados” como los enxiemplos. Siguiendo el consejo de Don Jaime, la escritura de los siguientes es “más oscura”.

Si la primera parte consta de cincuenta y una historias de extensión breve pero variable (oscilan entre dos y 20 páginas), en las partes segunda a cuarta nos encontramos con dichos breves, “proverbios” o refranes sobre los más variados asuntos del estilo siguiente: “Quien tiene amigos sólo por lo que les da, poco le durarán”. De manera que, afirma Patronio, “cualquier hombre que todos estos proverbios y ensiemplos supiese y los guardase y se aprovechase de ellos tendría suficiente para salvar el alma y guardar su hacienda y su fama y su honra y su estado”.

La quinta y última parte es muy distinta de las anteriores: se trata de una especie de tratado para indicar qué hay que hacer para ganar la gloria del Paraíso.

Escrito en la madurez personal de su autor, se trata de una obra clásica de literatura sapiencial. Desde la altura de su experiencia y su visión de la vida, intenta transmitir al lector las enseñanzas adquiridas a lo largo del tiempo. La gran diversidad de historias y proverbios logran una obra de lectura entretenida, amena, y que invita a la reflexión.


Publicado en Aleteia el 13 de Julio de 2020:

https://es.aleteia.org/2020/07/13/aprender-deleitandose-con-el-conde-lucanor/

jueves, 3 de septiembre de 2020

Adán y Eva según Mark Twain

Adán y Eva - Colección - Museo Nacional del Prado

 

Adán y Eva según Mark Twain

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

En torno a la vida cotidiana de Adán y Eva, desde que se conocen en el Edén, Mark Twain (1835-1910) compone una serie de textos breves (Diario de Adán, Diario de Eva, Autobiografía de Eva, Diarios anteriores al diluvio, Pasaje del diario de Satanás) que suelen publicarse con el título genérico de Diarios de Adán y Eva o denominaciones cercanas.

Con distintas fechas de composición y publicación, son relatos breves, humorísticos que, con el trasfondo del relato del Génesis ilustra las relaciones entre un hombre y una mujer. Asistimos en diversas ocasiones al relato del mismo acontecimiento desde la perspectiva femenina y masculina (a las que, a veces, se añade un cierto contrapunto tomado del Diario de Satanás), que arrancará más de una sonrisa al lector.

Así se ven inicialmente. Adán sobre Eva: “Esta nueva criatura de pelo largo me está estorbando mucho”; ella sobre él: “Me doy cuenta de que siento más curiosidad por él que por ninguno de los otros reptiles. Si es un reptil, y supongo que lo es, porque tiene el pelo desaliñado y los ojos azules y parece un reptil. No tiene caderas y remata en punta como un loro”.

Sin pretender quitar el placer de descubrir por sí mismo los múltiples pasajes que ilustran lo indicado, vale la pena reparar en algunos fragmentos:

“Le ha dado por suplicarme que deje de ir a las cataratas ¿Qué tiene de malo? Dice que le dan escalofríos. No sé por qué. Lo he hecho siempre… siempre me gustó la zambullida, la excitación y el frescor. Suponía que para eso estaban las cataratas. No sirven para ninguna otra cosa que yo sepa, y para algo debieron de hacerlas. Ella dice que sólo las hicieron para decorar…

Pasé las cataratas en un tonel… No le gustó. Lo hice en una bañera… siguió sin gustarle. Nadé en el remolino y en los rápidos cubierto con una hoja de parra. Quedó muy deteriorada. Eso me valió aburridas quejas por mi extravagancia. Aquí me encuentro con demasiados inconvenientes. Lo que necesito es cambiar de ambiente”.

No es esa la única ocasión en que Adán amenaza con largarse. Así, por ejemplo, escribe en su diario: “Le aconsejé que se mantuviera alejada del árbol. Dijo que no lo haría. Preveo problemas. Emigraré”.

La tarea de dar nombre a las cosas también es abordada de modo diverso. Así lo ve Adán: “No consigo poner nombre a nada. La criatura nueva [Eva] pone el nombre a todo lo que se acerca antes de que pueda ni protestar”. Eva ve, por el contrario, que Adán es un poco lento, le cuesta dar con el nombre apropiado y, por eso, ella se adelanta, hace como que no se da cuenta de su torpeza y así lo saca del apuro: “Siempre que se presenta por ahí una criatura nueva le pongo un nombre antes de que él tenga tiempo de ponerse en evidencia con su torpe silencio. De esta manera le he ahorrado muchos bochornos”.

Todo es inédito en ese mundo: nuevos nombres (“¿Nosotros? ¿Dónde conseguí esa palabra?”), nuevas realidades, nuevas situaciones como cuando Eva, tras cambiar el nombre a “Jardín del Edén”, decide poner el letrero “No pisar el césped”.

Tras el bien y el mal, llegará también la muerte. ¿Quién será el primero en morir, cómo se vivirá esta novedad? Y los hijos ¡Qué ilusión el primer hijo! Y la educación de Caín: “Ella le contenta persuadiéndole y dándole cosas que previamente había dicho que no le daría”.

Y el final conecta con el principio cuando se lee en la lápida (y no es el único logro de Twain):

“Dondequiera que ella estaba, allí estaba el Edén

Wheresoever she was, there was Eden”

En síntesis, se trata de una relación normal de un hombre y una mujer o, lo que es lo mismo, una deliciosa historia de amor narrada con humor, en la que se funde sueño con realidad. Y los sueños revelan la nostalgia del paraíso.

 

 

 

Publicado en Aleteia, 28 Junio 2020:

https://es.aleteia.org/2020/06/28/adan-y-eva-segun-mark-twain/


 


miércoles, 17 de junio de 2020

Verne y Defoe frente a Robinson


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Verne y Defoe frente a Robinson



Manuel Ballester



La imagen del hombre moderno es la del individualista, la del hombre que se enfrenta solo a la tarea de sobrevivir y construir un hogar confortable. ¿Y qué otra cosa es esto que la historia de un náufrago en una isla?

La metáfora no es baladí y quizá sea eso lo que explique el interés en el género de novelas de náufrago. Entre ellas, destaca con nombre propio Robinson Crusoe (1719), a raíz de la cual ha habido diversas versiones para el cine y la literatura. Destacan dos: Der Schwizerische Robinson (El Robinson suizo o, también, Familia de Robinsones, 1812) de Johann David Wyss y Escuela de Robinsones (1882) de Julio Verne (1828-1905).

lunes, 15 de junio de 2020

Elitismo para todos

Ciertas ideologías se empeñen en dar el primer premio a todos.
Por el contrario, parece esencial a la realidad, que en toda competición sólo uno sea el primero, el mejor. Cuando hay una meta, un objetivo, es inevitable que uno lo alcance antes que otros y que haya una escala, una gradación: unos pocos en la cumbre, el pelotón y unos pocos rezagados.
Algo de esto le entiendo a Cervantes cuando dice que
«nunca lo bueno fue mucho»

viernes, 12 de junio de 2020

Acción, responsabilidad y grandeza

Dice D. Quijote que «Cada uno es hijo de sus obras». Y es muy claro lo que afirma.

Pero los hijos no son mera repetición de los padres: a veces los superan, a veces decaen.

¿Somos, a veces, mejores que nuestras obras? Cuando actuamos por debajo de nuestra personal grandeza y, así, nos empequeñecemos.

Como no somos autómatas, la libertad tiene eso: que también podemos ponernos de puntillas, aspirar a lo bueno y lo mejor. Así es como la tensión no hace buenos hijos de nuestras acciones.