A propósito de Historias que no
olvidarás, de Eduardo Camino
Hay cosas que olvidamos fácilmente; otras, nunca.
Podemos saber y, por tanto, olvidar fundamentalmente de dos modos. Esto lo expresa de manera hermosa la lengua italiana, que dispone de dos términos para referirse al acto de olvidar: dimenticare, que deriva del latín dementicare (de mens, mentis: mente), y apunta a un olvido racional o intelectual; y scordare, también del latín: ex-cordare, que literalmente significa “sacar del corazón”, refiriéndose a un olvido emocional, que se produce cuando algo que alguna vez ha significado mucho deja de resonar en nuestro interior. En definitiva, si hacemos caso a esta pista italiana, olvidar algo puede deberse a que lo hemos sacado de nuestro pensamiento (dimenticare) o de nuestro corazón (scordare).
El evocador título del
libro de Eduardo Camino promete contarnos o recordarnos historias que aspiran a
no ser olvidadas, que aspiran a permanecer en nosotros, sin ser expulsadas ¿de
la mente o del corazón? Veamos cuál es el contenido y el enfoque.
Algunas de estas
historias son sobradamente conocidas, forman parte del legado cultural
universal y llegan a nosotros a través de grandes obras literarias como Los miserables, de Victor Hugo, que
explora profundamente el sentido de justicia, misericordia y redención; El principito, de Antoine de
Saint-Exupéry, que simboliza la inocencia, la amistad y la necesidad vital de
conexión auténtica; Los Buddenbrook,
de Thomas Mann, una reflexión honda sobre la decadencia y el peso de la
herencia familiar, sobre la pertenencia a la tradición (familiar, en primera
instancia) y el margen de maniobra individual o, lo que es lo mismo, el peso de
las decisiones libres sobre cada persona; o la célebre Apología de Sócrates, de Platón, tan breve como preñada de
significado pues sitúa al hombre ante lo que importa y, por tanto, configura su
actitud ante todo lo demás (la polis, la familia, sí mismo).
Alude también a otras
historias que quizá hemos experimentado visualmente gracias al cine, como
sucede con Cadena perpetua, un relato
intenso sobre la libertad interior, la esperanza y la actitud correcta ante las
circunstancias adversas.
Eduardo Camino presenta
también historias menos conocidas o directamente inéditas para el lector. En
estos casos, será imprescindible primero escuchar con atención, dejar que las
palabras e imágenes propuestas por el autor se asienten lentamente en nuestra
memoria, para que puedan convertirse en parte de esos recuerdos indelebles que
iluminan y orientan nuestra vida.
El enfoque desde el
que Eduardo Camino aborda todas estas narraciones no se limita a un mero repaso
o resumen argumental; al contrario, busca penetrar en los niveles más profundos
del significado humano. Son historias que intentan revelar algo sobre nosotros
mismos, sobre nuestra naturaleza, nuestros anhelos y nuestros conflictos más
íntimos. Se trata de historias sobre “el misterio del ser humano”, y es
precisamente en este misterio donde radica su poder transformador y la razón
por la cual, una vez leídas, difícilmente serán olvidadas. Porque, en última
instancia, recordar y olvidar son actos que definen quiénes somos y en qué
creemos, actos que muestran la huella que las historias han dejado en nuestro
propio camino vital.
Los doce capítulos de
la obra se organizan en tres partes: Distintas maneras de morir,
Descubriéndonos ante las pruebas y Desenmascarando nuestro querer. Estas
tres secciones componen un itinerario existencial completo.
Que a veces desertamos
de la vida que nos corresponde es una evidencia que forma parte del misterio
del ser humano ¿Qué nos impulsa a abandonar nuestra vida (¿y qué otra cosa es
el morir?) y cambiarla por otra? Que se trate, como en alguna de las
obras analizadas, de un alejamiento físico o interior, no cambia lo esencial:
la decisión profunda de abandonar la vida que nos corresponde. No se trata tampoco que la otra vida sea
mejor o peor, se trata de que no es la nuestra, se trata de que si una gallina
eligiese volar, ya no sería gallina. La primera parte aborda diversas obras en
las que el protagonista abandona su mundo, su hogar, a los suyos, es decir, su
vida. El autor nos lleva a acercarnos a esos arquetipos humanos que hacen
precisamente eso, tan extraño y alienante como frecuente. Quizá cada lector
haya sentido alguna vez el extrañamiento respecto a la propia vida y la
tentación, por tanto, de alejarse. Quizá por eso, el texto de Eduardo Camino,
nos atañe, nos revela, nos muestra los caminos que nos han descaminado o que
estuvieron a punto de hacerlo; habla, por tanto, con nosotros y de nosotros.
Nuestra identidad, lo
que somos, no es algo estático. Se configura en lo que decidimos hacer
en momentos decisivos, esos momentos que los griegos llamaron kairós,
es decir, oportunidades o encrucijadas existenciales que destacan frente al
tiempo cronológico, que discurre manso y plano. Cuando se nos presenta (o provocamos) una situación en la que debemos
elegir, también nos estamos eligiendo a nosotros mismos: si, por ejemplo,
alguien tiene la posibilidad de enriquecerse ilícitamente y lo hace, no sólo
está optando por el dinero sino que está convirtiéndose en un delincuente. Lo
mismo sucede en decisiones cotidianas menos dramáticas, como optar por la
comodidad o por el esfuerzo en el día a día: cada elección nos construye y nos
transforma. Esto revela la plasticidad de
la naturaleza humana, nuestra peculiar capacidad de relacionarnos con la
realidad (algo de lo que carecen las gallinas que, precisamente por eso, nunca
se equivocan). Por decirlo en términos clásicos, esto revela la libertad.
Y llegamos así a la
tercera parte de la obra. El hombre, para serlo, tiene que saber en qué
consiste. Tiene que aceptar su mundo y su vida, tiene que elegirlo. Y eso es su
tarea, su misión o su vocación, que por nombres no va a quedar. De ahí que la
última sección se dedique precisamente a clarificar las fuentes y despliegue
vital de la libertad.
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