Admiración:
por qué unos ven maravilla… y otros no
1. ¿Por qué admiramos?
¿Verdad que te ha pasado alguna vez? Algo te llena de
admiración, te fascina, te atrapa, te ilusiona… y da igual que sea una
hormiguita, el cielo estrellado, una idea, un acontecimiento, una persona. Pero
también te das cuenta de algo curioso: hay gente a la que eso mismo que a ti te
entusiasma, a ellos les da absolutamente igual. Y a la inversa, vemos a gente entusiasmada con asuntos que a
nosotros no nos llaman la atención, no nos dicen absolutamente nada.
Esto plantea una dificultad. La admiración ¿depende del objeto que admiramos o del sujeto que admira?
2. ¿Depende del objeto… o del sujeto?
Si algo es verdaderamente admirable, ¿por qué no lo admira
todo el mundo? Y si depende del sujeto —de que uno sea más propenso a
entusiasmarse— ¿por qué no admiramos todo, sino sólo algunas cosas?
Nos movemos así en un terreno resbaladizo donde muchas veces
usamos las palabras sin pensar en lo que realmente dicen. Pero si nos detenemos
a pensar, a mirar dentro del lenguaje, entonces aparece la perplejidad… y la
filosofía.
3. La admiración como acto de atención
Admirar es una
palabra compuesta. El prefijo ad-
indica dirección o aproximación hacia aquello que se mira, intensifica la idea, el contenido del
verbo al que acompaña, en este caso mirar. Ocurre lo mismo, por ejemplo, con la
palabra adentrarse. Adentrarse significa entrar, pero más profundamente.
De ahí que admirar
haga referencia a mirar con intensidad, mirar con atención. Es decir, para que
algo nos cause admiración, tenemos que empezar con mirarlo con atención.
Ortega lo expresa bellamente: «Cada cosa es un hada que reviste de
miseria y vulgaridad
sus tesoros interiores» (Meditaciones del Quijote). Toda cosa
esconde un tesoro, pero necesita ser tocada —cariñosamente— para mostrarlo. Como
el sapo del cuento: necesita el beso de la princesa para revelarse como lo que
de verdad es: un príncipe.
Toda cosa es
verdaderamente impresionante, admirable. Pero hay que mirarla con atención y
con cariño. Hay que besarla y entonces se manifiesta su auténtica realidad.
En ese
sentido, dice Gracián: «no hay mayor
alabanza de un objeto que la admiración» (El criticón). Realmente admirar algo es descubrir su auténtica realidad. Darse
cuenta de que, como todo, es algo maravilloso.
4. La mirada infantil y la pérdida de asombro
Eso se ve muy bien si pensamos en los niños. Se entusiasman
con cualquier cosa nueva: una piedra, un insecto, una palabra rara… eso también
nos ocurre a nosotros, porque la
novedad nos hace girar la cabeza, nos hace atender, nos hace mirar y eso es lo
que hemos dicho que es admirar: mirar con atención.
Pero los niños disfrutan también con la repetición. Nosotros,
con el tiempo, vamos perdiendo esa capacidad y nuestra mirada “resbala” por
encima de las cosas, nos quedamos en la superficie, esa superficie que dice Ortega que es miserable y vulgar. Ya
no las tocamos con los ojos.
Y esto nos da
una pista esencial. Antes nos planteábamos si la admiración dependía más del
sujeto o del objeto. Volvamos a ello.
5. Una disposición activa
Admirar exige una disposición activa del sujeto. No es que
algo nos “impacte” y, sin más, necesariamente nos coloca en un estado de
admiración. No: tenemos que mirarlo, prestarle atención. Admirar es abrirse,
atender, querer ver. Es un acto de reverencia y de justicia (como señala
Gracián): dar a la cosa la oportunidad de mostrarse en su verdad.
6. Admiración, filosofía y eternidad
Platón y Aristóteles afirmaron que la admiración es el
inicio de la filosofía. Porque en
la base de la admiración está la curiosidad y la curiosidad es un rasgo típico
de la inteligencia. Cuando
esa curiosidad por lo que son las cosas se encauza por la vía intelectual acaba
haciéndose filosofía.
Pero incluso con curiosidad y apertura, hay cosas que no nos
dicen nada.
Quizá ocurre
que la admiración cuaja cuando tenemos la predisposición para admirar y
encontramos en las cosas que son maravillosas, encontramos algo que resuena en
nuestro interior. Quizá porque encontramos una cierta afinidad.
Quizá admiramos lo que secretamente se parece a nosotros. Cuando admiramos algo es porque hemos
descubierto en ese algo la misma infinitud, la misma eternidad, que nos
caracteriza y nos define.
De ahí que sólo
quien tiene alma de princesa descubre que el sapo en el fondo, realmente, es un
príncipe. Entonces lo besa, lo hace brillar y lo admira. Porque en el fondo nos
admiramos de lo que secretamente se parece a nosotros.
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