Entre la intuición y la claridad.
una lectura de El espiritismo y la creación poética, de Jon Aizpúrua
Leer El espiritismo y la creación poética de Jon Aizpúrua es adentrarse en una obra que, bajo el ropaje de antología literaria, se presenta también como una propuesta de visión del mundo. No se trata sólo de seleccionar textos poéticos vinculados a la sensibilidad espiritista: se trata de reivindicar el espiritismo como clave de lectura, e incluso de producción, de la poesía. En este sentido, el autor, reconocido en el ámbito espiritista por obras anteriores como Los fundamentos del espiritismo, nos ofrece un texto ambicioso, documentado y escrito con evidente entusiasmo.
El libro se estructura
en cinco capítulos, que recorren desde la exposición doctrinal inicial hasta
una selección poética en la que, por una vía u otra, laten temas y formas que
el autor asocia con el espiritismo: desde poetas explícitamente espiritistas
(Cap. II), pasando por los que considera “espiritualistas” (Cap. III), hasta
aquellos cuya obra se ve como fruto de inspiración mediúmnica (Cap. IV), o en
cuyas letras puede rastrearse un trasfondo compatible con la filosofía espírita
(Cap. V). El conjunto se completa con un glosario amplio y útil, especialmente
para quienes no están familiarizados con esta tradición.
Advierto de entrada:
no soy especialista en espiritismo. Mi conocimiento parte exclusivamente de lo
que expone Aizpúrua. Y, por tanto, mi lectura pretende ser respetuosa, pero no
acrítica. Me sitúo como lector que encuentra en esta obra intuiciones valiosas,
pero también límites que no conviene ignorar.
Lo valioso
El libro acierta al
mostrar una de las intuiciones más nobles del espiritismo: la de situar la
poesía en un horizonte no materialista. En un tiempo dominado por la visión
técnica, hedonista o emocionalmente superficial del ser humano, reivindicar la
dimensión espiritual de la creación poética no sólo es pertinente: es urgente.
La poesía y la vida (si es que, al final, no son lo mismo) se entienden aquí
como caminos de acceso a lo invisible, a lo que no se mide ni se pesa, pero
define lo que somos.
El espiritismo, en
este sentido, comparte afinidad con grandes tradiciones filosóficas y
religiosas que han entendido que el hombre no se agota en lo visible ni en lo
inmediato. El hombre como microcosmos, portador de una chispa de eternidad:
esta intuición recorre buena parte del pensamiento antiguo. Que algo en
nosotros participa de lo eterno (y, si es eterno, lo fue siempre y lo será
siempre) es una idea poderosa.
Aun cuando uno no
suscriba la totalidad del marco espiritista, es difícil no sentirse interpelado
por una concepción así, que nos recuerda que lo humano es más que biología y
tiempo. Porque el tiempo (en el que vivimos, sufrimos y elegimos) no es un
ciclo de repeticiones, sino el espacio preciso en el que se juega la libertad y
se define el ser. Un tiempo que puede abrirse a la eternidad, que no es una
prolongación del tiempo, sino otro modo de durar por siempre.
También resulta
sugerente, en términos estéticos, la antología en sí. Hay poemas dotados de una
belleza genuina, momentos líricos logrados, y un intento honesto de mostrar
cómo la poesía puede brotar (o filtrarse) desde dimensiones que no controlamos
del todo. La idea del poeta como canal, como médium, tiene tras de sí una larga
genealogía que no comienza con el espiritismo ni se agota en él.
Lo cuestionable
Ahora bien, una cosa
es la intuición y otra la claridad. Y uno de los problemas que plantea el
espiritismo tal como aquí se expone es que, a veces, parece una reposición de
intuiciones antiguas (válidas en su contexto y en su momento) pero que resultan
un retroceso cuando ya se ha producido una clarificación más plena del misterio
humano.
Simone Weil lo expone
con nitidez en Intuiciones precristianas,
un texto fascinante escrito desde una posición singular: judía por origen,
comprometida con el comunismo pero más aún con la verdad. Su asombro no
nace de la fe revelada (no es cristiana y no vive así su judaísmo), sino de la
razón antigua. Descubre que autores como Pitágoras o Platón, mirados
objetivamente, sin forzarlos desde dogmas ni encorsetarlos en esquemas
ideológicos, pueden prefigurar verdades que en el cristianismo aparecerán con
nitidez, como plenitud. Lo que para ella era una religión ajena empieza
entonces a revelarse como la inesperada culminación de las intuiciones
filosóficas más altas.
Algo parecido le
ocurre a Agustín de Hipona: desde el hedonismo pasa primero al platonismo y sólo
después al cristianismo, cuando descubre que la verdad no termina en las ideas,
sino en una Persona. En casos como los Weil o Agustín hay un camino de
honestidad intelectual que conduce desde lo fragmentario a la claridad. Lo que
aparece como intuición o vislumbre en los antiguos, se revela como plenitud en
la fe cristiana. Hans Urs von Balthasar lo expresa así: el todo se da en el
fragmento (Das Ganze im Fragment), y
ese todo (que el alma anhela, incluso cuando sólo lo intuye sin saberlo
nítidamente) no se impone por sistema, sino que se deja encontrar.
Las intuiciones
órficas o pitagóricas son bellas, sí, pero oscuras. Su plenitud aparece sólo
cuando la creación es entendida como acto libre de un Dios eterno, que crea al
hombre (este alma y este cuerpo inseparables) en el tiempo. Lo eterno puede
tener origen, porque no todo lo eterno es increado. Esta diferencia afecta
también a la antropología: el hombre no preexiste a sí mismo, sino que es
llamado a ser, y a durar para siempre, por Alguien que lo quiso así.
La idea de
reencarnación, tal como aparece en el libro, rompe esa unidad. Mi yo no sería
mi cuerpo, sino un principio que habita cuerpos de forma accidental. Pero si
puedo ser mujer en una vida, hombre en otra, animal en una tercera… ¿qué
sentido tiene mi historia concreta? ¿qué valor tienen mis decisiones? El mérito
o el fracaso se diluyen como si el examen no tuviera consecuencias: todo se
repite, todo vuelve. ¿Para qué esforzarse?
Tampoco queda claro
quién rige esa rueda de reencarnaciones. ¿Una ley moral cósmica? ¿Una divinidad
impersonal? El texto no lo aclara. Y la falta de respuesta pesa más de lo que
parece.
Algo parecido ocurre
con la mediumnidad poética. Aizpúrua recoge textos que habrían sido dictados
por espíritus desencarnados. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué
solo poemas? ¿Dónde están los tratados, los sistemas filosóficos, los ensayos?
¿Y por qué siempre tan dulces, tan positivos? ¿No hay maldad en el más allá?
¿No hay error, mentira, ambigüedad?
Lo ausente
Sí, hay belleza en
este libro. Sí, hay autores valiosos. Pero falta Juan de la Cruz. Falta Teresa.
Falta Lope cuando escribe:
Ahí no hay una energía
impersonal, ni una ley cósmica. Hay una Persona que ama, llama y espera. Y otra
persona que, en libertad, puede abrir o no. Amor que interpela, que no se
impone. Amor que espera una respuesta libre. Amor que salva.
Epílogo: el juicio del amor
Y falta, por eso, la
seriedad de cada vida humana. Porque el tiempo se acaba. ¿Tiempo para qué? Para
decidir y definir nuestro ser eterno.
Aristóteles diría que
el niño es potencia: una posibilidad que pide realización. Y esa realización se
da a través de nuestras elecciones, nuestras acciones. Al final del camino,
seremos lo que hemos sido. Y seremos examinados en el amor.
Pero no será un juicio
externo. No es que un maestro ponga una nota desde fuera. Es más bien que se
constata lo que hemos hecho con el don recibido. Si hemos sido fieles a la
vocación de nuestra alma, si fuimos (con todos nuestros defectos) aquello para
lo que fuimos creados, seremos acogidos. Y si no… no habrá condena arbitraria,
sino constatación trágica: “No te conozco”. Fuiste creado para ser un roble, y
eres una rosa. Y no era eso. No eras tú.
Y entonces (sólo entonces) podrá integrarse nuestra historia en el gran poema de la creación. Ese que, como decía Tolkien, canta desde el principio el sentido último de todo lo que ha sido. Y que sólo el amor permite escuchar.
Publicado en la Sección "Entusiasmo por la realidad" de la revista Letras de Parnaso, Año XII (II Etapa), nº 96 (Febrero 2026), ISSN 2387-1601, pp. 142-143:
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