CUANTO MÁS ELIGES, MENOS LIBRE ERES (1/3)
Sobre la
ilusión de la libertad como elección
Decimos que somos
libres cuando podemos elegir.
Elegir entre opciones,
entre caminos posibles, entre modos de vida. Cuantas más alternativas tenemos
delante, más libres nos consideramos. Y, en efecto, algo de eso hay. No es lo
mismo vivir encerrado en un único horizonte que disponer de múltiples
posibilidades abiertas.
Pero conviene
detenerse un momento.
Esta manera de
entender la libertad —como capacidad de elegir entre opciones— no ha sido
siempre evidente. Es, en buena medida, una conquista de la modernidad, que ha
identificado la libertad con la apertura de posibilidades y la ausencia de
límites. Pensamos así de un modo casi espontáneo, como si no pudiera ser de
otro modo.
Y, sin embargo, cada vez que elegimos, dejamos de poder elegir otra cosa.
Quien decide dedicarse
a la medicina no podrá, al mismo tiempo, ser arquitecto. Quien forma una
familia renuncia a otras formas de vida. Quien se compromete con una vocación
concreta deja atrás otras muchas. Elegir no es simplemente abrir posibilidades:
es, al mismo tiempo, cerrarlas.
Y esto introduce una
tensión que rara vez se piensa.
Si la libertad
consiste en poder elegir, entonces cada elección la reduce. Cuanto más decidimos,
menos margen queda. La vida, en ese sentido, aparece como un proceso
paradójico: comenzamos con un abanico amplio de opciones y, a medida que
avanzamos, ese abanico se estrecha. Cada paso adelante implica una renuncia.
Si esto es así, habría
que concluir algo inquietante: que éramos más libres antes de elegir que
después de haber elegido. Más libres antes de entrar en la universidad que al
terminarla. Más libres antes de comprometernos con una profesión que cuando la
ejercemos plenamente. Más libres cuando todo está abierto que cuando algo se ha
realizado. Más libres mientras ninguna relación nos define del todo que cuando
una sola adquiere forma estable. Más libre el bebé que el anciano.
La libertad quedaría
entonces ligada a una especie de estado previo, a un momento en el que nada
está decidido. Y se entendería, en consecuencia, la tendencia a mantener
abiertas todas las opciones el mayor tiempo posible: cambiar de carrera, de
trabajo, de rumbo vital. Como si la libertad dependiera, en última instancia,
de la posibilidad de deshacer lo hecho.
Pero una libertad que
sólo se mantiene a condición de poder regresar —de poder anular lo elegido—
tiene algo de precario. Depende de que la vida no se cierre nunca sobre una
forma concreta. Depende, en el fondo, de no llegar a ser del todo.
¿Es esto una pérdida
de libertad?
Depende de lo que
entendamos por libertad.
Si la identificamos
exclusivamente con la capacidad de mantener abiertas todas las posibilidades,
entonces sí: vivir sería ir perdiendo libertad. La decisión se percibiría como
una limitación, como una renuncia inevitable que conviene retrasar lo máximo
posible. Bajo esta mirada, la vida buena sería aquella que consigue mantener el
mayor número de puertas abiertas durante el mayor tiempo. Se trataría, en el
fondo, de mantener la vida en un estado de permanente indecisión, como quien
deshoja una margarita sin querer llegar nunca al último pétalo, porque sabe que
decidir es cerrar posibilidades.
No es difícil
reconocer esta actitud.
Aparece en la dificultad
para comprometerse, en la tendencia a aplazar decisiones importantes, en la
idea de que elegir demasiado pronto es cerrarse opciones. Se prefiere mantener
un margen indefinido, una especie de reserva de posibilidades que garantiza —al
menos en apariencia— la libertad.
Pero esa libertad
tiene un problema.
Es puramente
potencial.
Consiste en poder ser
muchas cosas… sin llegar a ser ninguna. Mantiene abiertas las posibilidades,
pero no las realiza. Y, al no realizarlas, tampoco permite comprobar su verdad.
Todo queda en el plano de lo hipotético, de lo que podría haber sido.
Frente a esta
concepción, cabe otra forma de entender la libertad.
No como la capacidad
de elegir entre opciones, sino como la capacidad de realizar una posibilidad
valiosa. En este caso, la libertad no se mide por el número de alternativas
disponibles, sino por la calidad de la elección y por la fidelidad a lo
elegido.
Elegir entonces no es
perder libertad. Es darle forma.
La decisión no aparece
como una limitación, sino como una configuración. No empobrece la vida; la
determina. Hace que una posibilidad deje de ser mera posibilidad para
convertirse en realidad.
Esto no elimina la
renuncia. Toda elección sigue implicando dejar cosas atrás. Pero esa renuncia
cambia de sentido. Ya no es una pérdida de libertad, sino la condición para que
algo llegue a ser.
No se puede vivir
todas las vidas posibles. Pero se puede vivir una de ellas de verdad.
Quizá el problema de
fondo no sea que tengamos pocas opciones, sino que entendemos la libertad de un
modo insuficiente. La reducimos al momento de la elección y olvidamos lo que
viene después: la construcción de una vida.
Elegir bien no
consiste sólo en comparar alternativas. Consiste en reconocer qué merece la
pena ser realizado. Y eso exige algo más que capacidad de elección.
Exige criterio.
Pero también exige una
cierta confianza en que la vida no se agota en lo que dejamos atrás. Que lo
decisivo no es conservar todas las posibilidades, sino acertar con aquellas
que, una vez elegidas, hacen que las demás pierdan relevancia.
Desde esta
perspectiva, la libertad no disminuye con la vida. Se concentra. Se vuelve más
concreta, más determinada, menos dispersa. Y, precisamente por eso, más real.
La alternativa es
clara: o entendemos la libertad como la posibilidad de no cerrarnos a nada —y
entonces la vida queda suspendida en un “todavía no”—, o la entendemos como la
capacidad de comprometernos con algo que merezca la pena —y entonces la vida
adquiere forma.
No es una cuestión
teórica. Es la diferencia entre vivir en la expectativa… o vivir de verdad.
Quizá por eso se
percibe en nuestro tiempo una cierta dificultad para sostener las decisiones
cuando adquieren forma definitiva. No se trata simplemente de error o de
fracaso. En muchos casos, lo que pesa es la sensación de haber quedado fijado
en una elección que excluye otras posibilidades. Y entonces aparece la
tentación de deshacer lo hecho, no tanto para corregirlo como para recuperar la
apertura perdida. No es extraño, en ese contexto, que la ruptura se experimente
—al menos en parte— como un retorno a la libertad entendida como posibilidad.
Pero una libertad que depende de poder volver atrás difícilmente puede sostener
una vida que, para ser algo, necesita precisamente lo contrario: mantenerse en
lo elegido.
* * *
https://n9.cl/hj6yk6

Interesante como siempre Manuel porque nos haces pensar. Creo que tu planteo inicial sería según Aristóteles una libertad en ‘ potencia’ no ‘ n acto ‘ donde todo sería posible. Ahora no elegir es elegir? Tener todas las chances es ser más libre? Sin estudiar, hacer arte, viajar, etc? Se parece más a una persona alienada q a una persona libre. La libertad es poder elegir el tipo de vida q uno desea hacer’ ( crf Desarrollo y libertad, 1998) y en ese sentido se cuestiona se el pobre es libre? Y redefine el
ResponderEliminarConcepto. No depende del dinero cuya falta sería pobreza de renta. El pobre para Sen es el q carece de la posibilidad de cocinarse algo simple como la complejidad de vivir en comunidad. La posibilidad de elegir no restringe ( a mi juicio) sino q permite ejercer la libertad. Saludos cordiales
Muchas gracias por el comentario.
EliminarLa referencia a Aristóteles me parece especialmente pertinente. Sin embargo, creo que precisamente ahí aparece una cuestión interesante.
La potencia nunca existe aislada: siempre es potencia de una realidad ya existente. Y cuando una posibilidad se actualiza, no sólo ocurre algo externo, sino que cambia también quien actúa. La elección no consiste simplemente en perder unas opciones y conservar otras; consiste en convertirse en alguien distinto.
Por eso me pregunto si la libertad puede identificarse únicamente con la cantidad de posibilidades disponibles. Cada realización modifica a la persona y abre nuevas capacidades, nuevas posibilidades y también nuevas responsabilidades. Un músico que dedica años a estudiar pierde muchas opciones inmediatas, pero adquiere posibilidades que antes ni siquiera existían para él.
En ese sentido, quizá la cuestión no sea cuántas posibilidades tenemos delante, sino qué tipo de persona vamos llegando a ser mediante las elecciones que realizamos.
Un saludo y gracias por enriquecer la reflexión.