Desde lejos, una playa paradisíaca parece perfecta. Arena blanca, mar azul, una suave brisa. Pero cuando llegamos descubrimos los mosquitos, el calor excesivo, las quemaduras del sol o la arena que aparece donde menos la esperamos. La playa sigue siendo maravillosa. Lo que ocurre es que ahora es real.
Algo parecido sucede con muchos de los bienes que deseamos. Vemos el ascenso, pero no las preocupaciones añadidas. Vemos la casa, pero no las reparaciones. Vemos la meta, pero no el camino. Casi todo lo valioso tiene un precio. No necesariamente económico: a veces consiste en tiempo, esfuerzo, responsabilidad o renuncia.
Quizá la madurez comience cuando dejamos de buscar bienes perfectos y aprendemos a aceptar el precio de las cosas buenas.
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